Diciembre 2007
Hacía muchísimo calor. Eran las ocho y cuarenta de una noche de diciembre, pero hacía muchísimo calor. Era una de aquellas noches de riguroso invierno en que, cuando salías del trabajo y te encontrabas con el panorama casi desolador de la calle, te abrigabas tanto que sólo se te veían los ojos. Entonces resultaba todo un suplicio llegar a casa, a tu casa.
Veinte minutos antes caminaba Passeig de Gràcia arriba recordando que, antes de irse de casa para volver al trabajo, había conectado la calefacción. Aún no sabía del todo bien como funcionaba, pero al coger el mando, pulsó un par de botones y se fue. Por fin vivía sola y, según todo el mundo, después de tanto de tiempo de tener el piso -una herencia de un tío segundo- ya tocaba. Aunque no acababa de estar cómoda, sobretodo por la soledad y esta extraña sensación –nueva para ella- de tener tanto tiempo para sí misma, ya que todo se alargaba hasta el infinito de una manera lánguida y silenciosa. Por esto subirá tantísimo la factura del móvil, porque dependo, en estos momentos, de este aparato de comunicación en medio de esta solitaria vivienda. Sí, mi hermano vive dos pisos más abajo, pero es como si viviera en otro mundo; él tiene su vida y no quiero incordiarlo cada noche con mis cosas. Además, él acabaría enviándome a la mierda rápidamente. Pero ahora hacía mucho calor. No sabia qué había tocado, pero no podía reprogramar este maldito aparato nipón ni desconectarlo. Fuera la ciudad estaba a dos grados y dentro de casa a veintinueve. Comenzó a quitarse la ropa de invierno, fue a su habitación más bien minimalista y hurgó dentro de uno de los armarios para sacar una camiseta de manga corta de Tintín, regalo de un amigo del colegio.
Y como siempre, sola, no sabía qué hacer. La noche se le haría eterna. Tenía ganas de volver al trabajo: increíble. No quería abrir ningún libro en inglés; tenía un poco de dolor de cabeza y el calor no hacía más que aumentarle la sensación del martilleo. ¡Hacía bochorno y todo! Por la tele no hacían nada potable, como siempre; ya no hacían aquella serie que tanto le gustaba, así que pensó en llamar a alguien, pero se contuvo. ¿Y un sms? No, tampoco; debía ahorrar. ¿Una bañera? No, hacía mucho calor. ¿Y una ducha templadita? Esto ya la tentaba más, pero antes quería beber alguna cosa bien, bien helada…
Fue a la nevera, pero sólo había agua y sobras de la semana anterior. ¡Había olvidado hacer la compra! Prefería pasar calor y sobrevivir, almenos un día más, a base de algún producto, supuestamente alimenticio y nutritivo, que descongelaría. El bochorno hacía que la ropa se le enganchara al cuerpo, húmeda por sudor, como una segunda piel; una piel viscosa que se arrapaba y la ahogaba, dejándola sin aliento, como en pleno verano dentro del museo.
Tenía la casa a oscuras. Estaba sentada en el suelo de madera, aquel que – junto con el resto del piso - le gustó tanto a Germán. Germán, vaya uno… Nunca lo había acabado de entender del todo, pero le hacía gracia y sentía por él una simpatía y un aprecio que no creyó, diez años atrás, que llegaría a sentir nunca. ¿Qué era lo que lo hacía tan especial pero, a la vez, tan, tan… amigo solamente? Se puso a considerar por qué no lo había atraído nunca como hombre, pero lo dejó de lado… tenía tanta pereza encima… Hizo que no con la cabeza con una ligera sonrisa y se dedicó a mirar, a través de los cristales de la ventana - hacía siglos que no los limpiaba – el campanario y el reloj iluminados de una plaza cerca de su casa. La hacían sentir bien… serena y tranquila, en paz, haciéndole olvidar que estaba sola en un piso.
La temperatura era terrible dentro de casa; cada vez hacía más calor y ya se había bebido una botella de Font Bella. Parecía que el aparato nipón quisiera fundir el piso tan poco occidental, como dijo Germán. ¿Qué quería deshacer su cuerpo el maldito calefactor? En el aire, esencia de rosas artificiales del nuevo ambientador que le había regalado su madre y en la tele, que conectó accidentalmente de nuevo con el culo cuando se ha sentado encima del parquet, sólo un presentador absurdo. No le interesaba.
Se levantó. Se quitó los calcetines y fue hacia el dormitorio. Aún en el pasillo, se desabrochó los pantalones cortos y los dejó caer al suelo. Los alejó de un puntapié... ya los recogería mañana. Suerte que nadie ve el desorden de aquí dentro…, pensó. Antes de quitarse la camiseta dudó; quizás podía coger frío estando sudada. Dejó de lado la idea y no se preocupó por un hipotético golpe de aire que no llegaría nunca, ya que todo estaba cerrado a cal y canto. La ropa interior también voló por los aires después de quitársela. Después, se puso encima de la cama, sobre las sábanas, sin ropa.
Sólo habían pasado veinte segundos, pero no lo soportaba. Se levantó, sacó el forro polar y la manta y vacío la cama de todo lo que le podía aportar más calor. Sólo dejo las sábanas. No pasaba ni una gota de aire refrescante. ¡Qué extraño esto del aparato! Suerte que hoy no había quedado con nadie. No Creo que pueda aguantar demasiado esta temperatura. ¿Y si saco la luz? No, no puedo; tengo en la nevera aquellas muestras de biocultivos bacteriológicos que me dejó Germán para su estudio sobre los efectos de los microorganismos sobre la madera. ¡Qué mierda! ¿Por qué se lo olvidó después de la cena de la semana pasada?
Intentó distraerse un poco… pero no lo consiguió, así que intentó dormir un poco antes de cenar. No, no tengo hambre con este calor. Me estallará la cabeza si no hago nada. Miró por la ventana de la habitación…
¡Joder, está nevando! ¡Nevando fuera y yo, aquí dentro, muriéndome de calor! El teléfono… Por fin, alguien.
- ¿Siii? No, no es aquí. Te equivocas. No, no pasa nada. Adiós.
Que palo. Esta llamada me ha recordado donde estoy, donde pertenezco, y me hace sentir muy vulnerable, consciente de lo que es mi existencia, de lo que podría haber sido y de lo que podría llegar a ser. Me espanta.
Dio muchas vueltas y no consiguió hacer nada bueno. Todos los poros de su piel parecían haberse puesto de acuerdo para convertir la cama en una especie de zona acuática, donde el lodo de las sábanas se le enganchaba a las piernas. Me estriñe e intenta llevarme hacia dentro…
Se levantó. Fue hasta la cocina donde cogió de la nevera un poco de agua. Continua nevando. Hizo un par de sorbos. Abrió el congelador e hizo una cosa que nunca habría pensado que haría (ni en pleno verano); sacó un montón de cubitos que dejó sobre la cocina. Se puso uno en la boca hasta sentir un dolor frío que le entumeció las muelas. Probó de masticarlo pero fue imposible, era muy grande. Lo escupió en la pica. Cogió otro y se lo pasó por el cuello, el pecho, el vientre. Sintió como se le endurecían los pezones, se contrajeron. Los pelitos de la nuca se le erizaron cuando pasó por encima el cubito. Un pequeño, mínimo escalofrío, le recorrió el cuerpo cuando se pasó las manos, húmedas de frío, por la cara, bajándolas después por el cuello hasta a la espalda.
Los cubitos se deshicieron y no tenía más. Fue hasta el lavabo y se mojó los cabellos hasta la raíz. Con las manos los escurrió. La espalda se le llenó de agua y un par de gotas corrieron espalda abajo. Ni tan solo me viene de gusto fumar con este calor… Increíble. Llegó a la habitación y se tumbó sobre de la cama. Humedeció el cojín y las sábanas de hilo blanco. Estoy mejor, pero si vuelvo a tener tanto calor me ducharé. Miró la pared translúcida que da al baño. A Germán le pareció muy poco occidental también… no sé qué dijo de Tadao Ando, un arquitecto japonés…
Aburrimiento. Pienso en el trabajo… aquel que no soporto, pero que me ingresa el sueldo a finales de mes y las pagas extras dos veces al año. ¿Qué le vamos a hacer? OH, vaya, pero si con el cabreo de las audio guías de hoy me he llevado la vaselina Estel sin querer... ¿La devuelvo mañana? No, que se jodan y que el Cruz ese compre otro tubo. Estoy aburrida... Me gustaría hablar con alguien… Se puso a un lado de la cama, sobre el lado izquierdo del cuerpo. Miró los armarios. ¡Qué bonitos! Se me cierran los ojos. Qué bien. Estoy cansada. Estaba entrando en aquel ligero estado de somnolencia tan agradable que te conduce al descanso. A la paz. Cerró los ojos, pero antes volvió a mirar la vidriera gruesa del lavabo…
Me estoy duchando. Noto la agradable sensación de masaje del agua más bien fría sobre mi cuerpo. Desde la ducha oigo como él se pone encima de la cama, que chirría bajo su peso. Sé que me está mirando mientras me estoy duchando. Me gustaría que viniera ahora, pero sé qué me esperará después… y me excita pensarlo. Minutos después de intuirme más que de mostrarme, salgo de la ducha, caliente y excitada y voy hacia la habitación. No está. ¿Dónde se ha metido? Miro por toda la casa y no lo encuentro. ¿Me lo he imaginado? Se estiró, decepcionada, en la cama y acabo durmiéndome.
Siento como se pone sobre de la cama, que se hunde y chirría bajo su peso. Abro los ojos. Me giro… y nada. No está. ¿Será posible? Vuelvo a estar en los preámbulos del jardín de la somnolencia, del reino de Morfeo…
Siento como se pone sobre la cama, que se hunde y chirría por su peso. Se me acerca hasta que siento el calor abrumador de su piel, de su contacto. Ha venido sin avisar y se ha introducido sobre la cama sin pedir permiso. Impunemente, porqué sí. Me gusta que haga esto porqué yo no me atrevería.
- Te deseo.
Me lo susurra a ras de oreja. Noto como su aliento caliente se me mete entre los cabellos aún mojados. Sus palabras me acarician el lóbulo de la oreja y me hacen sentir deseo.
- Quiero hacer el amor contigo, Raquel.
Insiste. Todo él en tensión. Acerca su sexo hacia a mí, endurecido, indecente, y me dice que me necesita, que hace mucho tiempo que lo sé, que la excito, que se excita, que me quiere. Yo no puedo evitar ponerme toda roja y que también me excito.
- Tengo ganas que me sientas dentro de ti.
Me lame. Me pasa la lengua por el interior de la oreja, muy suavemente, acariciándome, humedeciéndome. Me besa el cuello y me muerde. Ya no noto el calor del piso, pero el mío sí.
Intento ignorarlo y, sin mirarlo a los ojos, me estiro de cara a la cama. Él aprovecha y se me pone encima. Noto su miembro entre mis muslos, abriéndome, buscándome. Me hace un masaje, muy suavemente, acariciándome, insinuándose. Continua besándome en el cuello, bajando cada vez más hasta llegar a las nalgas.
Me llena el cuerpo con los labios que me buscan, me sorben sin compasión. Me muerde, clavándome los dientes muy poco, justo insinuando una punta de dolor.
Me coge los brazos y me los tira hacia adelante, haciéndomelos apoyar sobre los cojines, y entonces inicia las caricias en las axilas, en el pecho, en la cintura.
Se excita cada vez más y yo también me excito cada vez más. Lo siento respirar pesadamente sobre mi espalda. Me acaricia todo el cuerpo y yo me dejo hacer. El calor que provocan nuestros cuerpos se confunde con el ambiente tórrido del verano de mi piso en pleno invierno. El sudor nos une, nos humedece y nos hace resbaladizos, como un par de peces intentando aparearse.
Me lame la espalda, salada, y se me bebe de un solo sorbo. Nos agitamos. Él conduce sus manos hacia mi sexo y me lo aprieta con fuerza, haciéndome sentir el latido de nuestros corazones, la sangre que corre acelerada hacia el placer.
Se lame la palma de la mano y me la pasa por los pechos, que lame seguidamente, bajando y bajando, hasta llegar a mi sexo. Yo me estremezco de placer. Más, quiero más. Estoy muy húmeda. ¡Tengo ganas de sentirlo dentro de mí, tengo ganas de que sea mío, que me penetre, que me abra como una sandía, que me parta de placer, que me profane de gozo! ¡¡¡Tengo ganas que me penetre de una vez por todas!!!
Me giro y le beso en la boca. Nuestras lenguas se encuentran. Le muerdo el labio inferior un poco cortado por el frío invernal. Le chupo la lengua, le lamo la cara, las orejas, el cuello. Querría comérmelo. Acaricio su pecho, lleno de un ligero vello oscuro. Su cuerpo me acerca hacia él y me clava los dientes en la yugular. Me vampiriza.
La excitación es máxima. Me pongo de cuatro patas y acerco la boca a su sexo. Él, aún de rodillas encima de la cama, se deja hacer. Fuera sigue nevando. Mañana Barcelona se levantará blanca y yo no sé si lo haré para ir al trabajo. Llevo mi boca hacia su pene, normal y duro, que se alza desde el vientre señalando las estrellas más allá del techo, del suelo, de las nubes preñadas de nieve… Yo, muy poco a poco, me lo pongo entre los labios, entre los dientes, que clavo muy poco, justo para hacerle saber que están allí.
Gime de placer. Sé que le agrada, sé que le excita. Inicio el vaivén muy lentamente. Primero, sólo chupando el glande y, después, tragándomelo entero. Lo saboreo, hago pasar mi lengua por cada uno de sus rincones, por cada una de sus intimidades. Está tenso, el cuerpo al límite.
Me retiene la cabeza suavemente con una mamo mientras con la otra aguanta su cuerpo tirado hacia atrás. Me libero fácilmente de la prisión y, sin dejar de acariciarle el pene, le lamo los testículos que están duros, con el pelo erizado. Le araño los muslos.
Lo dejo y me estiro, con la espalda un poco levantada, apoyada en los cojines. Ahora soy yo la que ofrece su sexo para recibir atenciones. Él no lo duda ni un momento –sé que le encanta darme este tipo de placer- y acerca la cabeza a mis muslos. Primero me lame la ingle, de manera sutil, intentando desviar la atención de lo que será su objetivo, pero no se entretiene. Mejor. La excitación es demasiada y el destino no se puede retardar mucho más. Se me pone en la boca. Me chupa y me lame hasta hacerme olvidar quien soy y por qué estoy allí.
La cosa va rápida ahora. Ya no estamos por tonterías y los preliminares resultan excesivos.
- Quiero estar dentro de ti, ser tuyo.
Me giro y me pongo de cuatro patas, con las manos en la cabecera de la cama. Tengo ganas de sentirlo dentro y que se vacíe dentro de mí. Sigue acariciándome el sexo, el cuerpo. Sabe cómo me gusta y no lo olvida. Su sexo es un vicio y él es un adicto. Yo me estoy convirtiendo.
Lo siento resoplar detrás de mí. Por última vez sus labios húmedos se acercan a mi sexo y lo acarician, lo besan con ternura. Después, es su mano la que se pasa por el pene, casi masturbándose, para excitarme más. No puedo más, él tampoco. Me giro, lo estiro y me pongo encima de él. Le cojo el pene –esto lo excita aún más- y, poco a poco, lo conduzco hacia mi sexo. El acoplamiento nos hace estremecer casi al borde del orgasmo. La piel se nos pone de gallina y una sonrisa maliciosa se dibuja en su cara. Los ojos le brillan y parecen agujerearme de amor.
Está dentro de mí y yo empiezo a moverme. Gotas de saliva me caen por la comisura de los labios y van a parar al cuello. El sudor resbala abajo yendo a parar a la unión de nuestros cuerpos. Nos agrada sentirnos hasta el extremo. Disfrutamos y gozamos al máximo. Nos movemos y nos agitamos, sonreímos y gemimos. Nos lo estamos pasando increíblemente bien. Estamos a punto de llegar, pero decido esperar un poco más. Hago un gesto que interpreta correctamente y nos separamos. Ahora es él el que quiere coger las riendas. Se pone sobre de mí y me penetra. Casi nos perdemos en otro espasmo y un largo escalofrío nos recorre a la vez, pero se detiene a tiempo. Una de sus manos me coge el cuello y me hace alzar el cuerpo, que tiembla a cada embiste. Con cada embestida me destroza un poco más; se me mete más adentro buscándome el alma, aquel espíritu que me hace gozar con la desazón de este momento. Con la otra mano me acaricia los pechos con violencia, pero no me hace daño. Nunca me ha hecho daño. Lo que quiero es sentirlo cada vez más intensamente. Más fuerte. Más salvaje.
Me acaricia el cuello, el vientre firme que tanto le gusta y me muerde la oreja. La acción no pierde velocidad y se acerca al precipicio del final de la carretera. Sé que, cuando estemos allí, la única solución será apretar el acelerador, mirar hacia delante y agarrarse con fuerza al volante para intentar no perder la conciencia. Acerca su boca a mi otra oreja y, cuando espero que también me la muerda me dice:
- Te deseo tanto...
Esto me excita aún más y me hace sentir por él el amor más profundo. Quiero su leche. Estoy a punto de llegar al orgasmo y él lo sabe. También está a punto. Nos agitamos. Nos movemos. Sólo unos segundos más y viajaremos hacia este nuevo imperio de los sentidos. Ya está, se acerca, se acerca. Todo lo de antes ha sido un paréntesis, un oasis de placer que no tiene nada que ver con lo que vendrá. Nuestra respiración está acelerada. No para de acariciarme, de hacerme sentir la mujer más deseada. Ya empiezo a notarlo; un hormigueo que nace a la altura de los riñones y me los deja como doloridos, después pasa hacia arriba, recorre el sexo, los genitales y sigue por el resto del cuerpo. Se para. ¿Por qué se para?
¡No! Sigue otra vez... Avanza hasta al final; la carrera llega a la meta y explota. ¡¡¡Ya está aquí!!! Por fin, por fin. Me corro y noto como él lo hace poco después. Nos vamos juntos. ¡Genial, realmente estremecedor! Estamos satisfechos, cansados y complacidos. Hemos tenido el orgasmo casi a la vez. Nos dormimos abrazados…
Abro los ojos. Miro a mi alrededor y él ha desaparecido. Vuelvo a estar sola. ¡No ha sido más que un sueño, que mierda!
Escucho un ruido conocido, pero se me hace extraño en aquellos momentos. Es el del agua que corre… Me giro y miro en dirección a la pared del lavabo. Una figura, la de él, se intuye más que se percibe, desdibujada a través de los cristales translúcidos. Se está duchando. No ha estado ningún sueño. Esto me hace sonreír y una nueva excitación recorre mi cuerpo, poniéndome la piel de gallina. No sabe la que le espera cuando salga de la ducha o… mucho mejor, me voy a meter yo también en ella.
Se levantó, miró por la ventana una ciudad blanca, blanquísima y salió de la habitación. Ya no hacía aquel calor sofocante de hace unas horas. Tenía frío. Entró en el lavabo y lo sorprendió debajo del agua caliente… Vaya, ha reprogramado el dichoso aparato… Quizás ahora sí usaremos la vaselina...
Com podia sortir d'aquest infern calorós? La xafogor era intensa dins d'aquesta mena de mono que li havien donat. Estava suant, cansada i amb gana, però encara estava viva, encara no l'havien eliminada. Potser no guanyaria el seu equip (tant sols en quedaven dos), però se’n sortiria, segur... allò semblava estar fet per a ella. La seva vida no tenia cap mena de sentit, era la rutina personificada. Dia rera dia veia i feia les mateixes coses, sentia parlar a la mateixa gent, gent que havien perdut tot l’interès per ella. Però, com trencar amb tot? Realment volia trencar amb tot allò que li donava una mica de seguretat, amb allò que l'arrelava d'alguna manera a la terra que trepitjava? El seu cercle era tan reduït que no existia cap petita esquerda per on poder filtrar-se al exterior. Hauria de començar de nou, deixar aquella parella que tot i estimada potser ja havia esdevingut fins i tot avorrida. El que tenia ben clar, però, era que ara havia de deixar de banda aquells pensaments i concentrar-se en els enemics; ja n’havia mort vuit i, tot i que ella era la penúltima del seu equip, tenia la senyera amb ella i encara no l’havien trobada.
Mira, què és allò què es mou? Un altre que serà abatut amb un sol tret. No sabia qui era, però feia tant soroll que, fins i tot ajupit com estava era un blanc fàcil... massa fàcil. Però no es confià, així que va esperar a que s’acostés una mica més. A dotze passes li dispararia.
Mentre esperava que això passés –no més d’uns quants segons-, la seva ment tornà a vagarejar. De vegades, potser semblava que fugia. D’altres, semblava que busqués… com ara, solcant per dins dels seus pensaments una resposta que l’alliberés de la presó en que s’havia convertit la seva vida.
Va aixecar-se un moment les ulleres de protecció per assecar-se les gotetes de suor que li perlaven el front. Pensà en Tristany; encara no l’havia vist pel bosc. L’hauria abatut algú altre? No sabia què feia en el museu creient que potser s’interessaria en ella; no sabia per què se li insinuava de vegades si tampoc li feia cas... Va tornar-se a col·locar les ulleres protectores just en el moment en què aquell pobre imbècil passava a menys de deu metres d’ella sense adonar-se que li quedaven menys de cinc segons de vida.
Apuntà, gaudint de la tranquil·litat que li proporcionava aquell anonimat, aquell poder que feia tant sols una hora no sabia que posseïa. Ja el tenia a tret, però no disparà. Decidí esperar una mica més... donant a la presa l’oportunitat de veure-la i intentar disparar. Però just en aquell moment va sentir un altre soroll, aquest cop a uns cinc o sis metres a la dreta de l’objectiu. Seria el vent o un altre enemic que aviat cauria sota els seus precisos i mortals trets. En un tres i no res sortí de dubtes: era un de l’altre equip. Quina sort, dos ocellets de cop. Les dues persones es van veure es van apuntar nervioses i espantades, ja que no s’havien ni sentit. Moments després van abaixar les seves armes i van preguntar-se l’una a l’altra si havien vist Raquel. Va ser en el moment en què ambdós s’encongien d’espatlles quan ella aprofità per disparar. Només dos trets, pff, pff, i dues taques vermelles com la sang van aparèixer en els pits dels enemics.
Es va sentir un joder seguit d’un me cago en la puta, però ella ni es va moure. Sumà mentalment les dues baixes més caigudes en combat a la seva llista particular: deu. Només quedaven cinc persones en el bàndol contrari. I una d’elles és en Tristany, pensà.
Mentre els dos morts marxaven sense haver d’amagar-se entre el boscam i parlant poc animadament sobre quin lloc els tocaria passat demà en el museu, na Raquel s’esmunyí sigilosament cap a una zona més propera al camp base enemic, per tal d’abatre algun contrincant més i, de passada, esbrinar si podria apoderar-se de la seva senyera.
Arrossegant-se encara en direcció nord, pensant en com de fàcil havia estat abatre aquell parell d'estaquirots, s’adonà –de sobte- que allò l’havia excitat. S’aturà un moment per concentrar-se més en aquella agradable i sorprenent sensació. Ha, ha, ha, qui m’ho hauria dit això abans de començar? I si em faig una festa aquí mateix. Estic ben amagada. Només hauria de fer-ho en silenci. Mirà el rellotge; restaven encara vuitanta minuts per cloure el joc.
Dubtant es trobava quan una imatge creuà pels seus pensaments. Un munt de calces i sostenidors desordenats. La seva habitació a ca els pares. Els calaixos de l’escriptori: oberts i amb el secrets descoberts. Era com una visió. Qui coi li estava regirant les coses? Notà com naixia una guspira d’ira dins d’ella, però que s’ofegà ràpidament en un petit llac de frustració. Crac, crac... un trepitjar de branques seques darrera seu la va treure de la seva visió, irreal o no. El què sí era real, però, era que algú s’acostava. Això era el més important ara. Tot i que sabia que no l’havien pogut veure es va enfadar amb ella mateixa per haver perdut la concentració. En quin moment havia deixat que els esdeveniments la controlessin? Quan havia deixat de tenir el control?
Allà, sentint com algú caminava vers la posició on estava ella, notà com tornava l’excitació, sentia com creixia dins seu, engolint-ho tot. Raquel, cony, estigues al cas!! La suor l’estava amarant dins del mono de camuflatge, fet que no servia precisament per minvar l’excitació creixent que sentia recorrent-li el ventre. Fes bé això, almenys, Raquel!! I en aquell moment, a quatre metres d’ella hi havia un altre dels contrincants. També estava acalorat, ja que es va treure un mocador i se’l passà per la seva cara suada i amb barba. Aquest any s’endarrereix en afaitar-se-la, ja estem a maig. Com s’havia tornat un no-estrany en Tristany? Com s’havia arribat a diferenciar dels éssers que el rodejaven? Raquel, concentra’t d’una vegada, collons !!
Ell seguia assecant-se la cara; no l'havia vist. Ni tant sols l'intuïa. Esperaria que desés el mocador i li dispararia un tret ben dirigit enmig de les ulleres de protecció. Ha, ha, ha... quin ensurt tindrà! Però què maco que és. I resulta excitant amb aquest uniforme! Raquell, hòstia, fot-li ja el tret. Per què no s’atrevia a donar el pas? Per què dubtava ara? Ja n’he mort deu... només n’és un més, oi? Però no, sabia que no n’era un més. Sabia que aquella era la seva oportunitat, però no d'eliminar-lo del joc, sinó precisament de fer-lo entrar en un altre molt més interessant i expeditiu. Decideix-te, ja!!
En Tristany s’havia desat ja el mocador i es decidia a continuar caminant a la recerca dels dos darrers jugadors enemics quan, tot d’una, vibrà un telèfon mòbil.
- Collons!! –digué ell mirant en totes direccions. Creia que l’havia desconnectat feia una hora i no que estigués pas en vibració. Va mirar qui era.- Merda! Però què...
En Tristany deixà la frase inacabada. La persona que l’havia trucat estava participant en aquell joc. I sabia que no havia estat eliminada. La Raquel ja havia tornat a apagar el seu mòbil. Tot just el desava a la seva butxaca quan en Tristany, que seguia mirant arreu, a la recerca de la persona que l’havia trucat, la va veure.
Els seus ulls es trobaren amb els d'ella i l'únic que la seva boca va poder pronunciar va ser un estúpid "Hola, que t'has quedat sense munició?"
Ella va somriure, li va treure la llengua i li disparà dos trets, un a cada part de les ulleres de protecció on estaven els seus ulls.
- Porca, això és fer trampes! – digué ell força emprenyat. O això semblava, ja que llavors, rient, va apuntar a cegues amb la seva arma en la seva direcció. Disparà tantes boles de color que es quedà sense munició. D’aquell rosari de trets verds ni tant sols un havia fet diana. Ràpidament es netejà la pintura vermella de les ulleres amb la màniga dreta del mono.
- Ja no tens munició, maco... i ni t’has arribat a acostar... I ara què?
- Ara m’has fotut! Et volia neutralitzar jo. S’ha fet una porra entre tots els que han estat eliminats per a veure qui t’eliminava. O si podíem fer-ho... I ara mateix, amb la meva mort, les apostes estan més interessants que mai, Raquel. Bé, fins després. Que tinguis sort!
Na Raquel no es podia creure que en Tristany estigués fent mitja volta i es disposés a tornar-se'n. Ara que s’havia decidit no permetria que aquella excitació quedés en un no res. El joc tant li era ja.
- A la merda! – digué, disparant-li tres boles de pintura seguides per l’esquena.
- Ei, que ja sé que estic eliminat!
- Ets un imbècil, ho sabies?
- De què vas tu ara? Tot està al teu favor; només en queden tres dels nostres. Quina mosca t’ha picat?
Com a tota resposta ella disparà tres trets més, aquest cop al pit.
- Vols parar! - digué tot acostant-se a ella.
- Intenta impedir-m’ho, patós!!
Ell es va treure les ulleres de protecció i es llançà damunt d’ella amb la intenció de treure-li la refotuda arma de les mans! Una cosa era que l’haguessin eliminat, però una d’altra de ben diferent era que se li riguessin a la cara d’aquella manera. Com molts homes, però, no estava entenent res de res...
Ella seguí disparant fins el darrer moment, en el que ell s’abraonà damunt seu. Van estar lluitant per l’arma mentre aquesta seguia disparant trets a l’aire, als troncs dels arbres, a un niu amb tres cries de pardal... Quan mig minut després ella es quedà sense munició, els dos es van aturar en sec, esbufegant i suant de valent. Na Raquel deixà l’arma, es va treure les ulleres de protecció i es descordà el mono uns centímetres.
- Ets ximple o què?
- Per què ho dius això? Ets tu que s’ha trastocat?
Veient que no captava, na Raquel s’abaixà un pam més la cremallera del mono. Aquesta vegada en Tristany se la mirà sorprès, però no acabava d’entendre què pretenia ella. Desesperada, la noia agafà en Tristany pel cap, se l’acostà al seu i el besà llargament.
Un petó càlid que explorà la boca d'ell i provocà una esgarrifança per tota la seva pell. La ment d’en Tristany demanava que s'aturés -doncs sabia que ella tenia aprella-, però el desig del seu cos era superior i clamava pel contacte d'ella.
No podia aturar aquell cos seu que cada cop es movia a més celeritat. Però, de fet, volia realment aturar-lo?
Cada vegada estaven més excitats. La calor i la humitat que ambdós desprenien ocults entre tota aquella vegetació i sota aquell sol de justícia els duia, cada cop més vertiginosament, cap un remolí de passió i luxúria desenfrenades. En Tristany recordà que, feia uns cinc anys, ja va sentir quelcom semblant, un desig intens el dia que els van presentar a la botiga del museu en seu primer dia de feina…
Rodolaren per terra, esclafant el follatge i trencant petits branquillons al seu pas. Na Raquel no s’hauria imaginat pas mai, només un parell d’hores abans, que aquell matí bèl·lic s’hauria acabat desenvolupant d’aquella manera. Però volia gaudir de sexe amb ell. No hi havia cap compromís o, millor dit, la seva llarga amistat i estimació mútua eren prou garanties com per saber que, després del que estaven a punt de fer, tot en sortiria reforçat, amistat i estima. S’oferien l’un a l’altre donant-se obertament, fruint amb cos i ànima.
- Et desitjo tant que estic espantat, Raquel- li digué en Tristany a l’oïda.
- Jo també, jo també…- Ambdós tremolaven de passió i anhel en braços de l’altre.
Continuaven rodolant pel terra, havent recorregut ja mitja dotzena de metres, deixant un senyal d’herba esclafada, abraçant-se, llepant-se i besant-se, deixant uns rastres de pintura verda i vermella en pètals, tiges i fulles junt amb els monos que s’havien anat traient mútuament. Cap dels dos duia samarreta, ja que l’havien deixat en els vestuaris abans de començar el joc.
Malgrat la suor que desprenien, s’adonaren que tenien un olor fresc que els feia sentir cada vegada més a prop. No sabien si eren les seves suors combinades o la primavera esclatant que els envoltava, però l’aroma de flors els inundava cada vegada que respiraven, excitant-los més i més. Els dos creien que era l’altre qui desprenia aquella fragància.
- Ara veig que no es pot aturar el que es inevitable.- digué algú d’ells.
Havien recorregut uns deu metres i ella començà a obrir-li la bragueta dels texans. Ell li descordà els sostens. Es van treure l’un a l’altre la poca roba que els quedava i així, només amb la part inferior de la roba interior, arribaren rodolant a un petit clar de gespa poc frondosa on hi havia un tronc caigut. El cop els va fer cridar, però alhora això els excità encara més. Quan ell la penetrà el plaer que sentiren fou tan intens que no varen poder evitar que els seus cossos s’inflessin amb unes vibracions fins llavors mai experimentades. Quan ella va arribar al primer orgasme no pogué evitar deixar escapar uns gemecs d’intensa emoció. Com era que no ho havien fet abans? Una hora més tard, esgotats i encara abraçats després de tres orgasmes més, van sentir crits llunyans. Crits que els cercaven. Ells no ho sabien, però l’equip de na Raquel havia guanyat. Mentrestant feien sexe l’altre membre del grup vermell havia neutralitzat els que custodiaven la senyera verda i la va agafar.
Era dijous al matí, el mateix dia del segon examen per una plaça fixa en el museu. Aquell assistent, de trenta i tants estius, i que la setmana anterior havia decidit no presentar-se a les proves, va començar el darrer dia de feina estrenant -irònicament- la peça de l’uniforme del museu que durant tants anys se li havia resistit; el pantaló blau fosc (ja no el blau texà). Aviat, molt aviat, deixaria enrere la seva vida d’assistent de sala i tornaria a la d’artista.
Com algunes –no totes- les coses dignes de conservació, els tresors del Museu Marítim omplien les velles drassanes –en part restaurades-, que conservaven tot l'esplendor passat i una estructura elegantment altiva.
Anys enrere i ja des del primer dia va quedar entre sorprès i decebut per tot el que allà s'exhibia: quadres de naus que semblaven més aviat cromos gegants per canviar al cole que olis seriosos; la ciutat portuària, maquetes, canons, cartes de navegació, ex-vots i demés obres d'art... Quedà, però, especialment interessat per la zona dels mascarons (traslladada varies vegades) que, tot i que ser relativament modesta i carent d'una estètica englobadora i coherent, no deixava de transportar-lo a una època passada que li hauria agradat viure.
Recordava la visita al mateix museu quan era molt, molt petit però, com passava amb els records d'un nen, aquests canviaren tant dins d'ell que, una vegada reviscuts en el mateix espai -i tant mateix diferent- deixaren de tenir validesa i, quedà (com passa sovint) decepcionat per aquella realitat. Recordava el lloc més fosc, més gran i havia arribat a imaginar que la major part dels objectes i curiositats exposats els constituïen les peces de grans i sagnants botins de les guerres guanyades (no sabia pas si pels catalans, ja que les guerres perdudes mai o només rarament acostumen a proporcionar als museus peces de botí).
Fins llavors, l’orgull del museu era la Blanca Aurora... En canvi, per a ell, sa orgull consistia en un mascaró femení sense nom (que ell anomenava Lígnia hetera). Se sabia que havia format part d'un gran bergantí que havia pertangut als mercaders Rogere Pastaganza i Pietro Macarroni, barcelonesos d’origen Venecià. De camí a la colònia cubana, uns corsaris anglesos aconseguiren capturar-lo el dia 11 de setembre de 1714. Immediatament després de la captura, assassinaren l’escassa tripulació que havia sobreviscut a l’abordatge, excepte al capità, al que sodomitzaren una dotzena d’homes abans d’abandonar-lo en un petit illot del Carib, tant petit que ni se’n recorda el nom.
El vaixell anglès havia quedat tan malmès que s’enfonsà poc després de la batalla. Així doncs, el bergantí i llur contingut anaven cap a Londres quan, pel camí, un altre vaixell corsari que no pertanyia a la Corona Anglesa, l’abordà. No hi deixaren ningú viu (no se sap si el capità corsari també patí el mateix destí...). El bergantí ancorà, una nit, a mitja milla prop de Jamaica. Desembarcà tota la tripulació amb el capità, les llanxes carregades amb els tresors per enterrar-los. Milers de joies, monedes, or i meravelles indescriptibles arrencades de milers de mans mortes foren amagades en algun indret. No se sap ben bé com, però només tornà el capità; els homes havien desaparegut.
Un vaixell mercant trobà el bergantí a un dia de l’Havana, totalment desert. No hi havia rastre de vida, o això creien, i les provisions s'havien podrit llevat de les que estaven en sal. Dues hores després de regirar-ho tot, descobriren al capità, delirant, foll i ple de ferides, abraçat al mascaró de proa. Poc després morí dessagnat, però no sense parar de repetir com una lletania que la dama de fusta estava maleïda. Tampoc se sap com succeí, però just després de morir el corsari, la nau començà a cremar pels quatre costats…
Pel que fa al mascaró de proa del bergantí, va aparèixer inexplicablement un segle després, el 25 d’octubre de 1854, en la cripta soterrada d'un mercader, curiosament venecià, a Balaclava. No tenia ni una sola cremada. Representava una sensual i perfecta dona de fusta, nua i sense pintar, que, per sota d'uns braços lànguidament aixecats com en una abraçada, i per sobre d'uns pits altivament provocadors, mirava de fit a fit amb els seus ulls indi encastats en la fusta. Aquesta dona, el mascaró de proa, duia la desgràcia. El comerciant Pastaganza encarregà la figura, retrat fidel d'una noia verge transilvana de la que estava follament enamorat, a un escultor grec que gaudia de molta fama en la talla d’escultures. Gairebé fixada la figura sota el bauprès, es va acusar a la noia en qüestió de bruixeria. La noia, després del llarg i minuciós interrogatori (conforme als usos i costums de l'època) i d’abans de cremar a la foguera, maleí els homes que la desitgessin i sa hipocresia. Dies més tard, a l'escultor li van tallar ambdues mans, falsament inculpat de robatori. I encara estaven fumejant les brases on l’havies cremat quan en Pastaganza, que no havia gosat ajudar la noia, morí en estranyes circumstàncies en uns banys turcs i, es diu, sense ulls. Il signor Macarroni, el segon mercader, sucumbí –no se sap com ni on- sota una destral anglesa, tocant-li després el torn, a tots els que van tenir relació tant amb la talla com amb la noia.
Els vaixells als que, després de trobar-lo a Balaclava, se'ls ajustà el mascaró, cremaren ja en el mateix port, poc després d'haver-los-hi adaptada la figura , incendiant altres vaixells, amb excepció, es clar, del mateix mascaró, que semblava a prova de desgràcies i de foc i, en gràcia a llurs formes harmonioses, seductores i provocadores, tornava sempre a trobar nous pretendents entre els propietaris de vaixells. Però gairebé quan la dona passava a ocupar el seu lloc tradicional, les tripulacions que abans eren pacífiques començaven a delmar-se a la seva esquena... Un fet curiós, fou que tots els capitans o amos dels vaixells quedaven impressionats quan s’adonaven que la talla mai havia estat pintada, però cap d’ells donà a aquest fet cap interpretació supersticiosa o forassenyada.
A principis del segle XX, el mascaró tornà a canviar de vaixell sempre sobrevivint a l'anterior. El mercant naufragà prop de les costes d’Egipte, però el mascaró fou trobat en perfecte estat en una platja de l'illa de Lesbos. Allà passà a decorar una paret de la sala de visites d'una vila propietat d'un arqueòleg francès passat de voltes. No trigaren les desgràcies a visitar al visionari alemany i, de retruc, a la mateixa família. Tota ella va morir de la nit al dia i el mascaró anà a parar a mans del cònsol gal que, precisament es feu càrrec del procés de repatriació dels cadàvers gavatxos. Aquest, no fent cas de la llegenda, es va endur el mascaró al seu poble natal, Le village de la vache en rient. I, és clar, les desgràcies caigueren sobre la vil·la fins que, després que els vilatans intentessin cremar-la en públic, un músic occità es va endur el mascaró. Però morí sobtadament, diuen, perquè havia intentat compondre una partitura dedicada a la talla.
La figura tornà a desaparèixer fins que aparegué a Madrid el 18 de juliol de 1936. Molta gent morí a partir de llavors. Se li va perdre la pista fins el 9 d’agost de 1945, dia que fou descoberta en una base aèria militar nord-americana del pacífic. La següent notícia sobre el mascaró data dels anys cinquanta; aparegué en el soterrani d’una taverna de la Barceloneta i el propietari decidí que fos el símbol del local. No cal dir que la mateixa nit i arran d’una baralla entre mariners borratxos, la taverna cremà totalment salvant-se, però, el mascaró. Llavors algú cedí la maleïda lígnia al Museu Marítim i aquest decidí promoure el mascaró com a símbol del Museu Marítim.
Poc després, el director del museu morí amb el coll trencat quan seria ell mateix qui penjava el cartell de propaganda en el que es llegia que, sota al nom del Museu Marítim, s'exposava un misteriós mascaró de proa en forma de dona. El seu successor, per prudència o paüra, allunyà la talla al magatzem del port del museu. Allà, amagada, no ocasionà desgràcies. Oblidats els fets, un dia la redescobriren. Treta la pols, la figura fou recuperada i tornada a la llum; no havia patit cap desperfecte. I, en el transcórrer de vint anys mal contats ocasionà la mort de dos directors (no del prudent o poruc, que ràpidament demanà el seu trasllat a un altre museu), la defunció als seus peus d'un ancià que visitava les instal·lacions, el suïcidi d’un alumne de primer curs universitari de Belles Arts, i la fi de tres assistents de sala, casats tots ells. Se'ls trobà a tots amb un somriure a la cara i travessats els cossos amb objectes punxant i tallants del tipus dels que només podrien trobar-se en el prestatge d’eines de mestres d’aixa. Uns anys després, un altre alumne de primer curs -en aquest cas d’arquitectura tècnica- se les va haver d'ingenyar només amb el seu compàs, ja que, poc abans de la seva mort, tots els objectes tallants del museu havien estat fixats amb cadenes, cordes o desats en vitrines o en el magatzem.

Les investigacions parlaren en tots aquests casos de suïcidis tràgics, però persistia el rumor de que allò ho havia fet "la Puta de fusta amb les seves pròpies mans". S’atribuïa al mascaró la mort d'homes i nois. Es discutí l'afer; fins i tot els diaris sensacionalistes d’aquells anys setanta crearen pel “Cas del Mascaró” una secció especial en la que els lectors exposaven les seves opinions. Fatals coincidències, superstició anacrònica, quelcom inquietant... S’intentà fer donació del mascaró a altres museus marítims de l’Estat, però tots refusaren acollir entre els seus murs a aquella devoradora d'homes. "La Puta de fusta", doncs, restà en el Museu Marítim.
Hi havia escassetat d’assistents de sala masculins en el museu. I no només eren aquests els que es negaven a entrar a les Drassanes Reials. També els visitants eludien la zona de mascarons en veure la figura dels ulls indi. Per espai d'algun temps regnà el silenci rera les finestres que proporcionaven a l'escultura modelada al viu la indispensable il·luminació zenital. La pols s'anava acumulant. Les dones encarregades de la neteja ja no anaven a l’àrea que la vox populi de la ciutat designava com la “sala de la Puta”. Es decidí arraconar la figura dins d’una caixa i, altre cop, fou enviada al magatzem del port. Alguns treballadors supersticiosos destruïren totes les fotos del mascaró que hi havia en els arxius i, estranyament, en tots els microfilms dels diaris que havien publicat la imatge de la talla en qüestió, es van cremar degut, segons la versió oficial, a un deteriorament químic de les pel·lícules. Passaren els anys i l’afer acabà oblidant-se un altra cop. Ningú no recordava res. Morí el segle XX, començà el XXI i passaren sis anys del nou mil·leni. I així fou fins que el nostre assistent, que aviat tornaria a fer d’artista, ocupà el seu lloc, amb reglamentaris pantalons blaus nous i polo del museu, en un dels tamborets de les sales del museu, aquell matí de 2007. Uns dies enrere, degut a la desafortunada acció d’una rata, en el magatzem del port es descobrí una caixa mig podrida amb un mascaró en perfectes condicions dins seu. La tarda del dia següent la direcció del museu decidí exposar la figura femenina del mascaró en el museu en un lloc privilegiat.
L’últim dia laborable en aquell museu, el primer dijous de maig, fou agradable i tranquil, sense visitants i sense massa controls. De tant en tant l’assistent treia un sudoku que es resistia a ser acabat. Hetera, que així l’anomenava ell, mirava de front amb els seus ulls indi i mostrava els seus dos pits provocadors que, però, a ell no el provocaven. No es fixava en ella tot i que no era un mascaró com els altres, plens de plecs de fusta corcada figurant vestits, carn, papades o animals mal tallats, sinó més aviat al contrari; semblava una atractiva femella, una puteta amb cara de nina, felina i atlètica.
Acabat per fi el sudoku, decidí separar-se del seu incòmode tamboret del costat de la plataforma de l’elevador per discapacitats i fer un tomb. Sota el pretext d’estirar les cames, s'apropà al cos de fusta. Si hem de ser totalment francs, no és que Hetera el deixés totalment fred. Tirava endavant de manera voluptuosament temptadora la seva bellesa, fins i tot exuberant. Però no la mirava amb ulls aspirants a la possessió, sinó més aviat com experts objectius que aprecien cada detall en el que val. Recordant les classes de dibuix de nus a la universitat, l’assistent verificava en ella, servint-se del polze, les proporcions femenines, i trobava en els vuit caps clàssics una mesura a la que Hetera, s'adaptava perfectament. No, no era un mascaró corrent... Semblava tenir quelcom... I, sense adonar-se, es trobà pensant en veu alta: aquesta es comportaria de manera molt activa al llit. Segur que em buidaria completament. Segur que sabria fer unes bones mamades.
Arribat el cas, tampoc hagués tingut res a objectar contra Hetera i el seu atletisme eròtic. Sabia perfectament que la passivitat o l'activitat que ell desitjava o no desitjava de les dones (nues o vestides) no són qualitats exclusives de les esveltes i atractives, i que poden també tenir-les les grassonetes; les hi ha tendres que no saben estar-se quietes, i passives, en canvi, que, el mateix que un toll adormit, no arriben a revelar cap mena de corrent. Decidí ofendre el mascaró expressament i de manera cada vegada més imperdonable. Així, per exemple, amb el parell de bolígrafs Bic, tamborinava lleugerament damunt dels pits, fins que sorgien uns ridículs nuvolets de pols i no de partícules de serradures de túnels i forats de xilòfags foragitats, ja que, per il·lògica realitat, la figura estava en unes condicions real i sorprenentment immillorables, com acabada de tallar. Mentre canviava de ritme amb els bolígrafs mirava aquell indi que simulava els ulls. Però res en ells es va moure o pestanyejà. Res amenaçava. Les dues gotes polides, més aviat turqueses que marines, reflectien íntegrament, encara que en distorsió convexa, la seva cara, els altres mascarons (tant diferents) i una part dels finestrals il·luminats pel sol. Continuava, doncs, amb la seva limitació masculina el repartiment entre actiu i passiu de tot el femení, i interpretà la indiferència manifesta de la fusta al seu favor. Amb una rialleta sarcàstica, li clavà el bisturí d'una de les restauradores del quadre gegant enmig del pitram. La marca era més que visible, però estava segur que fins d’aquí uns anys (amb poca sort, mesos) ningú s’hi fixaria tal i com anaven les coses en aquell museu. Va pensar a fer-li més coses. Sense ningú per aquella zona, fins i tot pensà en masturbar-se i tacar el mascaró amb el seu líquid, ja que era el seu darrer dia... però decidí tornar al seu incòmode tamboret.
En el seu darrer dia volia treballar poc, volia que la resta del seu servei en el Museu Marítim passés de manera tranquil·la. Seguia assegut fent sudokus. Mirava, de tant en tant, les arcades, les bigues resseques del sostre, les noies estrangeres que fitaven des de l’exterior (la cara entre les seves mans) l’interior del museu, somiant amb la nova vida que l’esperava i desitjant perdre de vista els vaixells que semblaven, tots ells dins de vitrines, esperar uns vents propicis que mai arribarien. Hauria donat el què fos per sentir activitat xilòfaga dins d'algun mascaró, especialment dins de l'Hetera, sabent, així, per fi, que el seu interior era penetrat i violat lentament, sens dubte, i que Hetera era simplement una fusta. Però cap cuc feia tic tac. De sobte, un raig de sol rebotà en una finestra de l’edifici de duanes i donà de ple en el mascaró, encenent de sobte els seus ulls indi.
Aquella il·luminació sobtada ho hagués hagut de sorprendre'l, ja que coneixia les hores de sol en aquella part del Museu Marítim i sabia quina hora era o seria quan, caient de dalt, la llum prenia una o altra tonalitat o inclinació. Què tenia de particular que el sol adquirís relleu, fent madurar els ulls indis de l'Hereta?
Aquell darrer dia en el museu però, estava d'humor i es sentia amb ànims per a jocs i provocacions, així que al il·luminar-se la mirada de la fusta, en general inert, el torbà agradablement. Mirà el rellotge del mòbil i decidí esperar a que transcorregués el temps. A les dues en punt marxava. Encara podria fer un desena de sudokus més...
El matí s'arrossegava per la façana descolorida de l'edifici de duanes. S'alçava, es retallava contra el Baluard, penetrava les finestres, cavalcava sobre motllures, engolia esgrafiats i donava als coloms perseguits per les gavines un color a fruita madura o podrida, depenent de l'ocell.
Poc temps més tard, a tres quarts menys cinc de dues, un parell d’assistents de sala que anaven a dinar al menjador de dins quedaren estorats i un d'ells vomità al costat mateix d'on ho havia fet el gerent del museu. El nostre protagonista estava enganxat a Hetera pel davant: havia volgut follar la fusta. Els seus llavis besaven els d'ella. Els seus braços abraçaven els d'ella. No duia l'uniforme... ni samarreta ni res, estava completament nu. No es va trobar la roba... La seva esquena regalimava sang. Als sanitaris, després de la visita de la jutgessa, no els resultà gens fàcil separar-los. En sa febrada eròtica havia entrat al magatzem i havia despenjat una destral de doble tall, li havia clavat a Hetera una de les fulles entre pit i pit, clavant-se l'altre en ell mateix al saltar damunt la dona en aquella abraçada sexualment mortal. Si per la part superior havia aconseguit abraçar-se completament a ella, en canvi, en la zona de l’engonal treia el cap quelcom totalment rígid encara i carent sentit, quelcom que no havia trobat cap fons per penetrar.
Estranyament, el museu no tancà les portes als visitants. Estranyament triplicaren les vendes aquella tarda. Estranyament, separats els cossos, ningú es fixà que no hi havia rastre de la sang vessada ni de la violència de la destral entre els pits...
El personal del Museu, encara ara, al recordar aquest intent d'amor entre fusta i carn, han de fer veritables esforços per oblidar les imatges i la sang de la zona dels mascarons.