Información para todos aquellos desinformados o poco interesados en lo que sucede en las salas del museo (y no miro a nadie). Ya tenemos la persona ganadora de la oposición para asistente de sala. Y el ganador o ganadora es (¡qué nervios!)… ¡Esther! Resultado del todo lógico, y que hará que algunos compañeros hayan ganado la porra que se hizo a tal efecto. Un consejo de amigo: si alguien quiere desayunar gratis esta semana, sólo tiene que acercarse y felicitarla por haber aprobado. Por si acaso, no digáis que os he comentado nada. La chica se ha ganado a pulso la plaza después de haber conseguido la mejor nota en el segundo examen. Mérito tiene, desde luego, si fue capaz de responder con coherencia a una pregunta que generó gran polémica en este blog.
Y como parece que la dirección le ha cogido el gustillo a este tipo de preguntas, no se descarta que se siga en esta línea tan ingeniosa para la prueba práctica que deberá decidir el ganador de la plaza de técnico superior en derecho que se disputan dos personas. Por un lado, tenemos a la defensora del título, peso pluma, de gran pegada, conocida como Gemma “mano de piedra” (por las del museo, digo yo), que gozará del favor del público local. Y, al otro lado del cuadrilátero tenemos a un desconocido para casi todos, pero que viene dispuesto a dar la sorpresa, sabedor, eso sí, que no gozará del favor arbitral, pues de todos es conocida esa línea casera en los arbitrajes del museo. Así pues, poco tiene que hacer este púgil, peso medio y de nombre eterno, en un ambiente tan hostil, un auténtico infierno, donde ningún púgil local conoce la derrota (los arbitrajes caseros se han dejado notar).
Al cierre de esta edición, las casas de apuestas no aceptan otro resultado que la victoria local. Sólo se admiten resultados sobre la ventaja de puntos que le sacará “mano de piedra” a su adversario, sabedores de su amplio repertorio de golpes bajos (¡qué dolor sólo de pensarlo!). Para este gran combate, el comité organizador del evento (Diputación Rocky Productions ) ha nombrado como árbitro de la velada al famoso promotor Roger “Don King”. Se está en negociaciones con la organización para ver quién será la persona encargada de enseñar con cierta gracia el número de cada pregunta. No se descarta que tanto José Luis como Dolors, por tema de su altura y prestancia física, les toque ese gran honor. La cobertura mediática correrá a cargo de los enviados de este blog, medio no oficialista que ha pagado un alto precio por la exclusiva (en Italia lo llaman “silenzio stampa”. Vamos, que no repartiremos mucha estopa en un tiempo).
El combate está programado este jueves a las nueve de la mañana, por motivos de televisión, para no hacerlo coincidir con los programas del corazón volcados en la Pantoja. Y mientras llega ese gran momento, nuestro fantástico equipo de investigación puede adelantar la pregunta estrella del combate. En un afán por innovar, las grandes mentes (por tamaño, se supone) de este museo han decidido plantear un caso a resolver por los dos contrincantes. En esta ocasión sólo lo podrán resolver aquellos que estén trabajando en el museo. ¡Qué raro! Trato de favor, sí, pero aún sería peor si el examen fuese en un museo griego, porque encima allí te caerían piedras (pocas porque los ingleses se llevaron la mayoría), te insultarían y el arbitraje sería mucho más casero (igual debería dejar de ver tanto deporte). Sin más preámbulos vamos a revelar la pregunta que marcará el devenir del combate, pelea, disputa, lucha, trifulca, como le queráis llamar (es que me acabo de comprar un diccionario de sinónimos), así que tomad buena nota: A principios del 2000 hubo una gran plaga en el museo. En ese tiempo se produjeron un gran número de separaciones o divorcios entre el personal del museo (no se contabilizan como tales las dos disidentes que se marcharon este verano del departamento de comunicación). Sin entrar en valorar sobre si te alegras o entristeces por tales fenómenos, cita al menos seis casos reales de separaciones (no cuentan los rumores), señala los problemas y los daños materiales y morales que provocaron a la empresa (tampoco vale contabilizar todo el tiempo de trabajo perdido en cotilleos) y aporta sus posibles soluciones a corto (por ejemplo, más “chatis” libres) y a largo plazo (aquí se pueden citar las nuevas uniones entre compañeros del mismo departamento).
Desde este pequeño y humilde rincón de la información, queremos desear el mejor de los combates; un auténtico espectáculo que nadie debe perderse. Te lo contaremos este jueves en “Arriba y Abajo”. A partir de las ocho estaremos en directo para haceros llegar todos los detalles, con entrevistas, documentos inéditos, y todo un gran despliegue de medios sin parangón en la bloggia mundial. Tenéis una cita este jueves en este blog. Esto es to, to, todo amigos…
Estoy enamorado. Sí, es verdad, no son ni los efectos primaverales ni una adolescencia tardía. Los granos de la cara son el efecto de una desmesurada afición por el chocolate. Hoy quiero salir del armario y confesarlo. Mis huesos están locos por el Museu Marítim de Barcelona, para más señas. No se trata de un flechazo sino de una decisión meditada desde hace tiempo. Debo reconocer que en los últimos años había algo que me iba haciendo tilín pero no le daba mucha importancia. Lo atribuía a esos pajarillos que revoloteaban por los tejados del museo. Los que habéis estado alguna vez enamorados supongo que sabréis de lo que os estoy hablando.
Todo surgió hace unos cinco años. Llevaba pocos meses trabajando en el museo. Era todo un “pardillo”, en el estricto sentido del término. En aquellos momentos no daba un duro por permanecer más tiempo del estrictamente necesario. Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses y un año tras otro. Miraba a mis compañeros y no acertaba a comprender esa fidelidad casi enfermiza en algunos casos (bueno, la nómina tenía mucho que ver). Como todo enamoramiento clásico (la típica ñoñez de toda la vida), la catarsis fue lenta y casi sin darme cuenta. Ya noté algo raro cuando dejé de interesarme por mis compañeras (aquí el efecto des-erotizador de los uniformes tuvo mucho que ver). Y más aún cuando no prestaba atención a esos grupos de estudiantes nórdicas que, de tanto en tanto, visitaban nuestro museo. ¡Qué me estaba pasando! A cada examen que me presentaba notaba que mi corazón se aceleraba. Noté que tenía falta de apetito (la comida en el bar de Juanito tampoco ayudaba). Como diría Alaska: Mil campanas suenan en mi corazón...
Y la cosa a fue a peor. Cada vez que se convocaba una bolsa u oposición notaba que se me disparaba el corazón. Llegué incluso a la paranoia más absoluta. Intentaba suspender cada convocatoria para seguir disfrutando de cada pregunta, de cada respuesta. Tenía adicción por los exámenes del museo. Era todo un círculo vicioso. Me enganché a todo tipo de encuesta telefónica o del Círculo de Lectores. Pero sólo me servían como metadona para paliar en parte mi dependencia a esa droga que me daban en el museo. Me puse en manos profesionales. Planteé mi problema a la doctora que me visitaba en cada revisión médica. La única solución que me daba era inviable para mí: Aprobar de una puñetera vez.
Pensé en cambiar de trabajo pero me dijeron que los exámenes eran muy lógicos, carentes de toda emoción y muy vulgares. No había nada comparable a poder responder algunas perlas tan maravillosas, y que ya forman parte de la cultura popular, como tener que recordar una y otra vez, por ejemplo, el nombre del Sebastià Gumà o saber qué es la “Malacología”. El temario del museo era lo de menos, porque al final sabías que todo pasaba por conocer esas preguntas que se repetían año tras año. Pero lo que de verdad me tenía enganchado era la prueba de cultura general. Y caí rendido a sus encantos. Supe en esos momentos que nunca podría serle infiel a estas paredes que me rodeaban y atrapaban por igual. No tengo solución, ni corazón, me repetía una y otra vez. No era para menos. Era empezar a leer la primera pregunta y notar un temblor por todo mi cuerpo. Una sensación de vértigo producida por un exceso de adrenalina. Me ponía el vello de punta pensar que mi puesto de trabajo dependía de conocer el lugar de nacimiento de Charlie Rivel; o la actriz que se casó con el Príncipe Rainiero; o si recordaba qué actriz había protagonizado Pretty Woman y en qué película aparecía Gene Kelly; o si tenía conocimientos musicales y sabía el nombre del cantante de los Rolling Stones; o si conocía de qué deporte procedían algunos términos tan “populares” como melée o penalty corner. Por no hablar de aquella vez que pensé que me iba a explotar el corazón cuando en un examen me preguntaron: Si en una caja grande hay tres cajas más pequeñas y dentro de cada una de ellas caben tres más pequeñitas. ¿Cuántas hay en total? Por último, aún recuerdo aquella vez que nos preguntaron por un especialista médico, el Tocólogo (no confundir con el vulgar pulpo-discoteca). Y ningún chico fue capaz de acertar con la respuesta. Sin comentarios.
¿Qué alguien me diga si existe algún trabajo donde poder disfrutar tanto? Porque yo no lo conozco. Pasado un tiempo, las cosas parecieron tranquilizarse y creía tenerlo todo olvidado, incluso parecía interesarme de nuevo por esas estudiantes nórdicas antes ignoradas. Y en esas estaba cuando hoy volví a notar ese mismo cosquilleo. Por lo visto, alguna mente iluminada había decidido innovar en la segunda prueba realizada esta mañana para dilucidar el ganador de la plaza fija de asistente de sala. Se había decidido dar carpetazo a las preguntas tipo test, con varias respuestas a escoger (explicación para todos aquellos enchufados que no pasan exámenes). En este examen sólo había una única pregunta a desarrollar: Dado que han aumentado el número de grupos y de escuelas que visitan el museo, con los consiguientes problemas que eso acarrea, explica cuáles son esos problemas y aporta posibles soluciones. Es lo más original que he oído nunca. Alguno habrá suspendido pero aportando, eso sí, su grano de arena para la mejora del museo. El padre de la idea ya tiene en mí todo un admirador. Propongo que para cerrar el círculo, en una próxima convocatoria se hagan los tan temidos exámenes orales (no seáis mal pensados). Y si es posible los graben en vídeo, al menos en Youtube sacaríamos unas perras (expresión empleada por nuestras abuelas para referirse al dinero). A ver si otros departamentos toman ejemplo y en las próximas convocatorias se plantean, por ejemplo, preguntas similares del tipo: Dado el exilio voluntario (o disidencia) de varias de las componentes del Departamento de Comunicación, señala posibles problemas y da soluciones para su mejor funcionamiento.
¿Es o no para enamorarse de este museo? Hubiese pagado por ver la cara de los atónitos compañeros. Esa capacidad para la improvisación y la sorpresa es la que me tiene ganado. En otro lugar pagarán más, pero es imposible que me divierta más que aquí. A veces el dinero no lo es todo. Yo lo llamo enamoramiento; otros, masoquismo. El caso es que os quería hablar del amor y de mis ganas por salir del armario. Claro que, ahora que la puerta está abierta, me gustaría tener más compañía...
Estic espès, espès i amb son. M’acaben de treure sang (el colesterol pels núvols!), acabo de fer un mos (de fet, només una cervesa ben freda) després de més de dotze hores sense menjar res i estic esgotat de caminar per tot Barcelona.
Tres fets aparentment inconnexes m’han mantingut expectant durant dues setmanes. El primer: fa deu dies, per fi, vam aconseguit fer el primer examen després de mesos i mesos d’incertesa i un parell de setmanes estudiant (estudiant què?). El segon: ahir va començar a TV3 una nova sèrie, Herois. Les trames es van anar desenvolupant de manera esperada i, tot i ser –de moment- una sèrie previsible, va aconseguir enganxar-me (sóc un addicte, ho reconec). El tercer:... què cony ha estat això què hem fet avui? Anys i anys de tradició se n’han anat a norris en menys temps que hom diu Què ha estat això?!! Què ha passat amb l’encant d’haver d’escollir una resposta entre quatre i, com a molt, justificar-la-hi-los-en adhuc?

Senyor@s, competidor@s, company@s... sabem que la cosa és més subjectiva que mai, sabem que, depenent de l’humor dels correctors, les poques hores dormides pels mateixos o el fet d’haver mullat o no anit, la correcció i, per tant, la puntuació, seran tant més estranyes que sorprenents... així doncs, serenitat.
Celebrarem l’atorgament de la plaça (després de les revisions d’exàmens i protestes rutinàries) amb alcohol casolà i brindarem a la salut del nou ocupant.
Estic espès, espès i amb son. I a més, plou. Si la cosa continua, ja se sap què significa això, oi? Em sap greu pels companys que avui treballen!!!
Per cert, heu establert les connexions dels tres fets aparentment inconnexes?
El mundo del deporte, de tanto en tanto, nos deja alguna sentencia que se puede aplicar a otros ámbitos de la vida. En este caso, nos vamos a centrar en el ciclismo. A las puertas de la primera gran etapa de alta montaña, siempre decisiva por su dificultad, se suele decir que no servirá para decidir el ganador pero sí para saber qué ciclista se ha quedado sin opciones a la victoria final. Este ejemplo nos sirve como excusa para hablar de los resultados obtenidos en la primera prueba de la oposición para asistente de sala realizada por algunos de nuestros compañeros.
Después de publicarse los resultados del primer examen, no hay nada decidido, al menos para los principales aspirantes. Los seis máximos favoritos -Pipo, Pilar, Esther, Elvira, Artur y Ricard- se mueven en una horquilla muy pequeña, con un margen de un sólo punto y dos décimas. Queda, pues, todo pendiente para la segunda vuelta, donde ya no hay espacio para el error ni para las excusas. Aquel que tenga un día más inspirado y temple más los nervios habrá puesto una pica en Flandes.
Quizás aquí no tengamos el glamour que se vive en las elecciones generales francesas, con el mano a mano entre Nicolas Sarkozy o Ségolène Royal, pero seguro que es mucho más divertido e interesante para el resto de los compañeros. Habrá que esperar hasta el jueves de la próxima semana para conocer al vencedor final. Mientras tanto, esperemos que los nervios no acabe con la salud de más de uno. Desde aquí nuestro ánimo para todos estos valientes. Lástima que sólo haya premio para uno de ellos.
El próximo martes es una fecha muy especial para muchos de nuestros compañeros. Están citados a las nueve de la mañana en el salón de actos del museo. Está en juego una plaza de asistente laboral fijo. Y no es cosa esta para tomarla a broma, pensará más de uno. Durante años siempre se pensaba que te quedaban más balas en la recámara. Si no era ahora, habría más oportunidades. Sin embargo, poco a poco se han ido completando las plazas de asistente y las oportunidades van escaseando. Los más veteranos creen llegada su hora, pero no se fían porque ya han vivido otros fiascos. Normal. Los que llevan menos tiempo trabajando en el museo esperan tener también sus opciones como las tuvieron otros que entraron a pesar de no contar entre los máximos favoritos. Ya sea por la tensión que se vive o por su forma de ser, los aspirantes viven las horas previas con cierta tensión pero sin estridencias ni aspavientos que denoten nerviosismo. Cabe suponer que la procesión va por dentro. Y mientras tanto las casas de apuestas echan humo. ¿Quién será el afortunado o afortunada?

Lo peor de todo este proceso selectivo es que sólo habrá un vencedor, si se puede decir así, y muchos los vencidos. Y es de estos últimos de los que más te acuerdas cuando llega el momento de examinarse. Ya lo dijo Kennedy: "La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana". Aunque, personalmente, nos quedamos con una más castiza y futbolera: "Lo malo no es perder, sino la cara de tonto que se te queda". Más de uno podemos dar fe de ello. Durante todos estos años hemos visto a compañeros llorar de la emoción o rabia por aprobar, pero también por haber suspendido, con todo lo que eso podía significar para su vida personal (casados con hijos, separados con hijos a su cargo, hipotecas que pagar...). Los que se llevaban el gato al agua mostraban su alegría, en algunos casos de forma contenida por respeto a esos otros compañeros con menos fortuna. Son recordadas las posteriores celebraciones en forma de piscolabis que organizaban y pagaban los que habían conseguido una plaza fija. ¡Qué menos! Tampoco nos olvidamos de esos roces entre compañeros. Alguna palabra más alta que la otra también se ha oído. Queremos creer que fue más fruto de la tensión que de otra cosa, por decirlo con suavidad y sin acritud.
De lo que si estamos seguros es del nerviosismo que se pasa el día que te examinas. Son pocos los que se muestran tranquilos ante una prueba tan importante. Da igual que te hayas examinado durante años y que tengas a tu espaldas cientos de exámenes realizados. Todo eso no sirve cuando Roger o Pere entregan las hojas con las preguntas. Ahí dudas de tu nombre y hasta de tu condición sexual. De haber un médico en la sala diagnosticaría más de un caso de Parkinson o de tics nerviosos de todo tipo. Y a decir verdad tampoco ayuda mucho a tranquilizar los ánimos que algún compañero haga ruiditos motivados por los nervios, o lo que es peor aún, alzar la vista y observar que alguien entrega el examen. "No puede ser", te dices a ti mismo, "si sólo he respondido diez preguntas y ese c... ya se ha ido de la sala". Es ahí cuando una gota de sudor empieza a caer por tu frente. La verdad, eso "jode" y desmoraliza. Y si eres un lince por haber respondido doce preguntas en poco tiempo, la sorpresa llega cuando vas a entregar tu prueba y Pere, con cierto tono de reprobación, te advierte que te has dejado la mitad del examen por responder. Y que nadie se ría porque más de uno y de dos han pasado por esa situación.
Muchos pensarán que ese nerviosismo viene motivado por la falta de práctica a la hora de examinarse pero nos llevaremos una gran sorpresa si indagamos en este aspecto un poquito. Alguien ha pensado alguna vez en la cantidad de exámenes que una persona realiza a lo largo de su vida. Es una simple pregunta retórica, por lo que espero que nadie haya perdido el tiempo ni lo pierda pensando en esto. Aquellos que estén muy aburridos y calculen ese número llegarán a la misma conclusión: Se cuentan por cientos. Hagamos un breve repaso a lo largo de nuestra vida, desde los inicios como estudiantes. Como todos ya tenemos una edad, hay algunos datos que están adaptados a épocas pretéritas (LOGSE). Durante la enseñanza obligatoria tuvimos que examinarnos en EGB, BUP, COU o FP. Los que siguieron estudiando en la Universidad tuvieron ración extra de tres a cinco años más como mínimo. Es de suponer que a los dieciocho años más de uno tenía "mono" de gasolina y se examinó del carnet de conducir (que levanten la mano los que tuvieron que pagar tasas). Todo esto sin contar que tus padres te llenasen las horas libres de actividades extraescolares: Judo (examen para subir de cinturón, aunque alguno no pasamos del blanco-amarillo), natación (examen para subir de color en el caballito), música (¡cuántas flautas tiradas a la basura!), mecanografía y taquigrafía (¡todos tenemos un pasado!), ballet o clases particulares en academia de inglés, con sus correspondientes pruebas de nivel. Vamos, que a los dieciocho ya eras todo un profesional.

Una vez llegados a la actividad profesional, ya te crees salvado para siempre de esa tortura. Error. Si te animas a trabajar en la empresa privada tienes que volver a pasar por más pruebas o tests de todo tipo. Si en tus años mozos competías casi exclusivamente contra ti mismo, ahora lo haces para ser mejor que otros candidatos (Ver la obra "El Método Gronholm"). Acción que se se puede ir repitiendo cada vez que cambies de empresa. Por el contrario, si eres de los que aprecian el sector público no te escapas de pasar por más pruebas, incluso los "recomendados", aunque sólo sea por disimular. Es aquí donde ya da igual la edad que tengas porque no te libras de pasar nervios.
Si nos centramos en el caso del Museu Marítim de Barcelona, los asistentes de sala se examinan én más ocasiones porque tienen que pasar al menos dos pruebas para alcanzar la categoría de laboral fijo: Bolsa y Oposición. Casi que lo dejemos aquí porque estamos cerca de la jornada de reflexión y no queremos poner aún más nerviosos a nuestros compañeros. Es de admirar que todos ellos mantengan la sonrisa y la amabilidad ante el visitante a pocas horas de jugarse un puesto de trabajo. Ya sabemos que te pagan por eso pero no siempre es fácil. Sea quien sea el ganador final, todos tienen el mayor de los reconocimientos. Sólo cabe esperar que gane el mejor. Suerte a todos.