ESTRENO
Las nuevas audioguías del Museu Marítim de Barcelona son una maravilla. De hecho, han sido tildadas de «ejemplo supino de convergencia». Que nadie se lleve las manos a la cabeza todavía; con “convergencia” no queremos decir que Trias y Mas vayan a hacer acto de presencia el día de su instauración. ¡Dios nos libre! No, no es eso. “Convergencia” es un término que, en tecnología de entretenimiento doméstico, se aplica a los aparatejos, cachivaches, chismes o comoquiera llamárseles, que aúnan dos o más funciones en un único módulo. Es el caso de un móvil: sirve para llamar por teléfono, pero también para hacer fotos, navegar por Internet o escuchar música en MP3, por ejemplo.
El MMB, siempre a la vanguardia de las nuevas tecnologías aplicadas al «gaudi cultural», instaurará a partir del 5 de junio un nuevo ingenio para realizar la visita al Museu. Se trata de un fantástico PDA de prestaciones altisonantes y, sobre todo, muy «convergente».
Con el nuevo PDA, el visitante tendrá acceso a su buzón de correo electrónico: podrá mirar los mensajes que haya recibido y, así mismo, enviar a su vez mensajes a otras personas merced al teclado sobreimpresionado que aparece en la pantalla de gran nitidez del aparatillo. ¡Cuán grande es Vodafone!
Con el nuevo PDA, el visitante podrá navegar por Internet. Gracias a su conexión telefónica inalámbrica, el cacharro se conecta a la red y permite al usuario consultar en Wikipedia el significado exacto de “construcción de tingladillo”, repasar las últimas novedades incorporados a este maravilloso blog, bajarse fotos en top-less de Paz Vega o incluso contratar un vuelo con Easy-jet para pasar un magnífico fin de semana en Cracovia, siempre y cuando lleve la tarjeta de crédito encima.
Con el nuevo PDA, el visitante podrá sacar la tarjeta de memoria de su cámara fotográfica, insertarla en el susodicho PDA y ver sus fotos en una pantalla de tamaño considerable. No sólo eso. Por obra y arte de la conexión a Internet anteriormente citada, el usuario podrá incluso editar dichas fotos; pongamos por ejemplo que en la tarjeta hay la típica foto de pareja que te hacen en la mesa de invitados a una boda. Tan sólo tendrás que descargar una imagen de Julia Roberts en la entrega de los Oscar, recortar su silueta, y sustituir a tu mujer, ya algo entrada carnes, por este bellezón Hollywoodiano. ¡Anda que no vas a fardar ná!
Con el nuevo PDA, el visitante podrá escuchar su propia música mientras visita el museo. Para ello, bastará con introducir una tarjeta de memoria cargadita con archivos en MP3 de Dovrak, Linkin Park, El Arrebato o cualquiera que sea su género musical preferido.
Con el nuevo PDA, el visitante podrá, evidentemente, llamar por teléfono (imaginamos que el coste de las llamadas correrá a cargo del Museu). Aunque a priori parezca contraproducente para las arcas de la entidad, que nadie se llame a engaño, ya que no habrá turista que no marque rápidamente el número de sus allegados para recomendarles fervientemente la visita al Museu en la mayor brevedad posible. ¡Es la técnica de marketing definitiva!
Con el nuevo PDA, el visitante recibirá de regalo un práctico lápiz de color azul (sin mina, claro está), con el logo del Museu, y unos estupendos auriculares Made in Hong Kong, pertrechos ambos que podrá llevarse a casa y que le serán de gran utilidad en el futuro para, por ejemplo, extirpar tapones de cera de las orejas, hurgarse la nariz, o no tener que pagar en el avión que le conduce a Cracovia por unos auriculares para poder escuchar la banda sonora y los diálogos de la película «Aeropuerto 78» que pasarán durante el vuelo.
Lo único que, de momento, no podrá hacer el visitante con el nuevo PDA, es escuchar las explicaciones sobre los objetos depositados con sumo cuidado en las salas del edificio. Por más que se está intentando durante el periodo de pruebas, no hay forma humana de conseguir que el programa que da acceso a los contenidos se abra.
Mi pregunta es: ¿acaso importa? ¿Alguien cree que, vistas las posibilidades del nuevo PDA, algún visitante en su sano juicio se va a dedicar a escuchar la voz afectada de un tipo diciendo cosas tales como «AVIAT SORTIRÀ EL SOL…»?
Yo lo tengo clarísimo. Dentro de muy poco, el Museo estará plagado de marroquíes, pakistaníes, ecuatorianos, chilenos, rumanos y demás inmigrantes aprovechando las capacidades de la PDA para comunicarse con los seres queridos que han dejado en sus países; de estudiantes de la ESO descargándose contenidos que puedan aprovechar para sus “Crédits de Síntesi”; de ejecutivos y brokers que conectarán la máquina a sus portátiles para cerrar negocios con Taiwán; de jubilados que ocuparán todos los bancos del recinto para repasar tranquilamente la versión electrónica del Sport, el Mundo Deportivo, el Marca y el As; de, en definitiva, un montón de gente a la cual la cultura marítima se la trae al fresco, pero que saldrá contentísima de este «Museo a la vanguardia de la tecnología».
El museo será un locutorio, una biblioteca online, una extensión de la bolsa y un “casal d’avis” todo en uno y el patrimonio marítimo se irá al garete, pero como los cuadres de caja serán espectaculares y por las salas se verá pulular cuales muertos de vivientes en una peli de George A. Romero a un montón de personas, los responsables de la buena salud económica de la institución podrán presentar informes inmejorables a Consorci i Fundació y todo el mundo estará más contento que unas pascuas.
¡VIVA LA CONVERGENCIA!
Por si alguien aún no se ha enterado, se ha convocado una promoción interna entre los asistentes de sala para conseguir la plaza de supervisor. Vamos, para sustituir a Carmen cuando ella no esté. Viene a ser algo así como un ayudante del sheriff. A mí me recuerda más a mis tiempos del colegio. ¿Quién no se acuerda del “delegado de clase”? Todos tenemos un pasado, que ya tenemos una edad. Es el momento de confesarlo, ahora que está de moda salir del armario, y más si sacamos pecho por haber visto Heidi y Marco. Por cierto, esos dibujos animados que veíamos de pequeños eran unos auténticos dramones. En Heidi tenías a Clara, una niña paralítica, y en Marco, a ese niño italiano que se pasa toda la serie buscando a su madre. No, si ahora entiendo esa cara de amargado que tiene alguno en el trabajo.
Como me tocó vivir la época gloriosa de la EGB os hablaré de la figura del delegado de clase para los que estudiaron en los ochenta. Imaginad la acción y poned música del tipo “Cuéntame cómo pasó”. Pensad en esos antiguos compañeros de clase (esos que conocíais por los apellidos) y en ese año que el profesor llega un día a clase y dice la frase mágica: “Hay que escoger un delegado de clase”. Era la oportunidad de hacer algo que nos hiciese parecer a nuestros padres. Y a todos nos apetecía el tresa elección popular. Después de ser aclamado en votación, el futuro delegado pasaba a ser muy popular. Debía reunir una serie de características: Ser buen estudiante, de notables (si sacaba sobresalientes estaba peor visto), vestía como todos (según nos disfrazaban nuestras madres) y lo más importante, hacer la vista gorda cuando le tocaba vigilar a la clase. Incluso avisaba cuando volvía el profesor y tocaba disimular. Además, las chicas se lo rifaban para hacer los trabajos y siempre era escogido entre los primeros cuando se hacían los equipos de fútbol (un día explicaré auma que provocaba ser escogido en última posición). Nunca nadie les podía pegar ni insultar porque se movían por el recinto del colegio con su propia guardia pretoriana. Con el tiempo, estos delegados fueron invitados a todas las fiestas, porque eran los más enrollados de la clase. Esa sí que era buena vida...
Pero no siempre se elegía de forma democrática. Pronto descubrimos que ser escogido por el profesor como delegado no tenía ni una sola cosa buena. Bueno, sí, a alguno le sirvió para chivarse de algún compañero al que le tuviese ganas (es hoy y todavía te acuerdas de ese “angelito” que te delató y por su culpa visitaste al director). En esos casos el elegido tenía un perfil muy marcado. O sea: Tipo delgado, con gafas, cara de empollón repelente y repeinado. Con esa imagen, tenía todos los números para ser uno de los más odiados de la clase. Además, la mayoría de esos delegados de clase se ganaban el rechazo de los compañeros de manera justificada. ¡Qué le costaba hacer la vista gorda cuando el resto de la clase hablaba o jugaba con avioncitos de papel! (y pensar que ahora juegan en clase con la Game o el móvil). Pues nada, se pasaba un buen rato apuntando en la pizarra los nombres de los compañeros que se habían portado mal. Y claro, después tocaba castigo y visita de los padres (antes de la ESO, que fuesen tus padres te “acojonaba” un montón). En aquel momento te aguantabas, pero jurabas venganza contra ese “capullo” (futuro empleado de Recursos Humanos de alguna empresa) y esperabas tu oportunidad, que llegó sobretodo en el “recreo” (para los más jóvenes, la media hora que se tenía para zampar unos bocadillos enormes). Bueno, antes el delegado ya había sufrido la pérdida del correspondiente bocata (de ahí que la mayoría fuesen tan delgados). Si había un lugar donde nadie podía estar tranquilo ese era el patio. Ahí sólo se sobrevivía si no te metías con nadie o tenías algún padrino que te protegiese (por eso era bueno tener por amigos a los matones de la clase). Y como si de la mafia se tratase, se buscó una forma de hacer pagar al delegado sus chivatazos de forma que “pareciese un accidente”. Y es ahí donde aparece un juego ideado con muy mala idea: “El burro”. Para los menos puristas, os estoy hablando del “Churro, mediamanga, mangotero”. El nombre del juego no sé de dónde viene pero seguro que el creador ahora trabaja en una empresa de publicidad ideando frases ñoñas para anuncios de compresas. Por si alguien estuvo estudiando en el extranjero, sólo tiene que mirar la foto de más abajo y pensar de la que se libró.

Los niños ya no iban al pediatra, ahora el que les daba las piruletas era el traumatólogo. Seguro que hay algún documento sobre la Inquisición donde se cita un tipo de tortura parecida al “burro”. No hace falta que os diga a quién se colocaba en la última posición. Habéis acertado, el delegado de clase era el “afortunado”. El que haya jugado alguna vez sabrá lo que se sentía cuando tres de los niños más gordos de tu clase se te caían encima y te clavaban las rodillas en tus tiernos riñones. Pues eso, que a más de uno se le quitaron las ganas de presentarse a la reelección. Generalmente, los mandatos eran de sólo un año. Solían dimitir por temas de salud. Así que si un día veis que los asistentes de sala están jugando al “burro”, mirad al último de la fila y sabréis donde está el nuevo supervisor...
Teniu temps lliure i no sabeu què fer amb ell?
Enyoreu les emocions fortes?
Teniu el cuquet de viatjar i no sabeu on?
Us agrada el bon teatre i no sabeu què anar a veure?
Creieu amb les propostes compromeses, però passeu de la política?
No patiu... aquí teniu la solució!!!
Cliqueu en aquesta direcció http://www.interacttheatre.org i comenceu a paladejar d'una de les millors obres del moment!!! Se us farà la boca d'aigua!!!
No em creieu? Hi ha companyes assistents que ja han experimentat aquesta injecció d'adrenalina... i la seva vida no ha tornat a ser la mateixa!!!
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LA JUNGLA DE CRISTAL 4.0
John McLane, una vez recuperada su estabilidad familiar y reintegrado con honores en el cuerpo de policía de Nueva York, decide tomarse unas bien merecidas vacaciones y elige como destino a la cosmopolita e integradora Barcelona.
El destino, no obstante, parece empeñado en involucrarlo en situaciones siempre peligrosas. Su visita al Museo Marítimo no empieza con buen pie, ya que mientras baja la escalinata asiste a un espectáculo cuando menos extraño; un tipo ataviado con la camiseta del Athletic de Bilbao huye despavorido de las instalaciones al grito de ¡¡¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA!!!. Sin embargo, John no es hombre que se arredre fácilmente y, a pesar de las protestas de su mujer y su hija, decide entrar. Lo que no sabe McLane es que el pasado siempre regresa.
La compañía naviera italiana Qué-Grima-Ledí, socia de la Fundació cuyo objetivo no parece ser otro que el de recaudar fondos para la conservación del patrimonio marítimo, está dirigida por Al Badtime Goodface (personaje interpretado en el film por Jeremy Irons), y sus intenciones no son muy halagüeñas. En realidad, Al planea boicotear al Museo con la intención de llevarlo a la ruina, de tal modo que finalmente pueda comprar el edificio y transformarlo en un inmenso Mercadona con el que espera obtener pingües beneficios.
Para hacer realidad sus sueños, ha infiltrado en el museo a una serie de trabajadores/as (espías en realidad) que tienen la difícil misión de hacer imposible la visita a los turistas, con la esperanza que al final nadie se atreva a acudir a tan magna institución. Dichos infiltrados entregan audioguías en alemán a los turistas portugueses, apagan las luces de la zona de “De la barca a la Companyia” para que la gente se dé de narices contra las cajas de madera que salpican el recorrido, precipitan a los colegiales desde la pasarela situada sobre la Galera Reial de Juan de Austria y obligan a los Amics del Museo a utilizar cinceles, sierras de marquetería y demás pertrechos ruidosos a todo trapo mientras los guías intentan, inútilmente, adocenar a los estudiantes.
Qué-Grima-Ledí cuenta también con varios topos en las oficinas, y de ellos depende que los mailings no lleguen nunca a tiempo, que la información que se ofrece a la prensa contenga siempre errores o que las preguntas de los exámenes de acceso a una plaza de trabajo en el museo sean incongruentes.
Al Badtime no cuenta, sin embargo, con la perspicacia de John McLane quién, al descubrir que su audioguía está en arameo, empieza a sospechar. A partir de aquí dará inicio una auténtica odisea por todo el museo, plagada de acción, explosiones, persecuciones y situaciones al límite. No se la pierdan. Incluye cameos de Jordi Hereu, el Neng de Castefa y las chicas Chupa-Chups.
En el capítulo anterior...
Un frío, crudo y lluvioso día de invierno, un, en un principio, afable turista vascongado acude al Museo Marítimo de Barcelona con la intención de pasar un rato agradable en un entorno cálido que le permite saciar sus ansias culturales y, de paso, secar los ropajes que han quedado empapados por culpa de la lluvia. Tras la traumática experiencia vivida en el mostrador de taquillas, dónde perdió sus buenos diez minutos únicamente para adquirir una entrada, y una vez dejados sus pertrechos en una de las consignas de a 50 céntimos, pone rumbo decidido hacia la entrada, dónde aguarda impertérrito el auxiliar de sala encargado del control de entradas…
- Su entrada, por favor.
- (“Me parece que este pavo de la barba blanca me está diciendo algo, pero cojones, no oigo nada con este trasto en las orejas, que no hace más que decirme cosas sobre botones verdes y rojos y capulladas varias. ¡Jodó, el tío es clavadito al capitán Pescanova, qué acertado ponerlo aquí.) (Se quita los auriculares”. - ¿Decía algo?
- (El capitán Pescanova, todavía impertérrito). – Su entrada, por favor.
- ¿Mi entrada dice? Sí, espere… (echa mano a todos los bolsillos, que son muchos porque lleva unos pantalones del Coronel Tapioca, pero no encuentra nada). – Cagóndiós, dónde cojones he puesto la dichosa entradita. ¡Nada más me falta eso, tener que volver a vérmelas con el puto funcionario de la entrada! ¡Ah, ya recuerdo! La dejé en la mochila, señor barbiblanca; es que la delincuente esa del mostrador de las audioguías me dijo que tenía que dejarla, que no podía pasar con ella…
- (El capitán Pescanova, cual autómata). – Su entrada, por favor.
- (Me cagüenmimalasuerte). – Ahora vuelvo.
Regresa a la taquilla número 65, introduce la llave, la monedita se cae al suelo con tan mala suerte que, rebota contra el pie del vasco y se cuela por debajo de uno de los cajones grandes.
- ¡Sólo me faltaba esto! No, si este puto museo va a ser mi ruina, al final…
Resignado, extrae otra monedilla de 50 céntimos del bolsillo y, tras recuperar la entrada, vuelve a guardar la mochila. Se dirige hacia el capitán.
- Su entrada, por favor
- Aquí la tiene, cómasela si quiere.
- ¿Eh? Sí, sí, vale, vale… (la rasga y se la devuelve).
Nada más traspasar el dintel, el turista topa con la cruel realidad.
- (¡Vaya frío que hace aquí! ¡Qué hijos de la gran p***, los cabr***** han creado un microclima caribeño en el vestíbulo para engañar a los turistas, pero cuando entras en el museo resulta que parece la Antártida. ¡Con razón el Capitán Pescanova iba abrigado hasta las cejas! Paciencia, Patxi, persevera e intenta disfrutar cuanto puedas de la visita. ¿Y ahora qué cojones pasa? Aquí no hay numeritos ni nada que se parezca, sólo un enorme mostrador vacío y una subalterna de esas a la que no me atrevo ni a acercarme, qué cara de mala ostia que tiene la tía. ¡Y encima el puto trasto este, que ahora se pone a hablar en alemán! No, si al final voy a tener que pedir ayuda…) – Perdone señorita (con voz melosa y tremulosa a un tiempo). – Creo que me han dado un trasto equivocado, porque me está hablando en alemán.
- Eso es porque ha tocado dónde no debía (coge la audioguía, trastea unos cuantos botones y, por arte de birlibirloque, vuelve a escucharse en castellano). Tenga, y no me toque los botones del volumen si no hay audición en marcha porque entonces lo que pasa es que cambia de idioma. (Marcha rauda a abroncar a un descuidado turista de Yokohama que no deja de hacer fotos con flash a la Santa Madrona).
- ¡No, si ahora resulta que es culpa mía, por zoquete! Ya no pregunto más, y me meto por este pasillito de aquí que pone CROACIA. ¿Qué demonios tendrá Croacia que ver con un Museo Marítimo?
El pobre Patxi cruza la expo temporal de Croacia sin entender un pijo y, finalmente, y sin mayores altercados, logra llegar hasta el entorno de los descubrimientos.
- Aquí quería llegar yo. ¡Por algo que tiene que ver con el mar! ¡Oh, mira, si son las carabelas de Colón, qué maravilla! (Se detiene embobado frente a La Niña). ¡Qué paz, qué tranquilidad… y qué frío, cojones! Pero bueno, al menos podré disfrutar cómo se merece este gran momento de la historia de la navegación española…¡Socorro, pero qué es estooooooo!
De repente, un aguerrido grupo formado por 25 adolescentes de Cornellà, liderados por un una guía afónica que a duras penas logra conducir al rebaño, toma al asalto toda la sala de los descubrimientos, armados con un enorme maletón con ruedas y dos bolas del mundo erguidas sobre sendos tubos escorados hacia estribor. El pobre vascongado apenas si tiene tiempo de lanzarse en un cuerpo a tierra repentino hacia la Santa María de la Victoria que evita que muera aplastado bajo las huestes del área metropolitana.
Se reincorpora con un ágil respingo a lo Jackie Chan y se revuelve con la intención de hacer frente él sólo a los 25 enemigos, pero tiene que tragarse el orgullo cuando un imponente émulo de Eminem, ataviado con pantalones blancos sobretallados, chaqueta con capucha negra adornada con la efigie de un rapero que yergue el dedo índice en actitud amenazadora, y gran profusión de cadenas y collares al cuello, le dedica una mirada feroz en la que se lee claramente “Apártate de mi camino o te rompo las piernas, capullo”, al tiempo que hace añicos con una mano el potecito con pimienta que, con objeto de hacer un estudio sobre las especias que fue a recabar Colón, amablemente le había cedido la monitora afónica segundos antes.
- Yo me largo de aquí que aún voy a pillar. ¡Están locos en este museo! – Baja por la rampa de la galera - ¡Lamadrekemeparió, cacho de trainera que gastan aquí! Ostia, me parece que, sólo por esto, igual la visita hasta la vale la pena. ¡Qué imponente la popa y toda su parafernalia! ¡Qué enormes los remos! ¡Qué caña el espolón de proa! ¡Qué maravilla el decorado de la zona noble! ¡Qué mierda es esto que me está cayendo en el ojo! – Mira hacia arriba - ¿Será posible? ¡¡¡Pero si en este puto museo hay goteras!!! Pero mira qué charco en la rampa esta, si es para matarseeee!
No bien pronuncia estas palabras se pega un resbalón de aúpa y cae al suelo sobre la rabadilla, lo cual le hace proferir un grito que se oye en varios kilómetros a la redonda. Rápidamente, la auxiliar de sala que vigilaba en la parte inferior de la galera, sube rauda los escalones, de cuatro en cuatro).
- (Menos mal que alguien acude en mi ayuda, al menos eso sí que lo tiene el personal de aquí).
- ¡Quiere hacer el favor de no gritar, caballero! ¡Que estamos en un museo, hombre! – profiere la susodicha con un extraño tembleque en su voz.
- (Manda güevos) - ¡Pero no ve que me he caído por culpa del puto charco ese de aquí! ¡Lo que tendrían que hacer es echar menos broncas y arreglar el tejado, que alguien acabará matándose.
- Déjese de zarandajas y levántese, pobre hombre, que parece un pordiosero y da mala imagen al museo. Ande, camine, camine, que hoy tengo un buen día y no lo voy a echar a patadas, que si me pilla en uno malo… Baje por esa escalera y prosiga la visita hacia la izquierda, a ver si viendo el audiovisual se le bajan un poco los humos.
Avanza hasta situarse frente a la puerta de madera del audiovisual de los grillos.
- ¿Y qué cojones se supone que debo hacer ahora? ¿Meterme en ese zulo? ¡Como las gastan aquí, igual me gasean, que dicen que los catalanes son muy suyos? – (Se abre la puerta automáticamente) - ¡Coño, qué susto! A ver, me asomo… ¡Rediós, si no se ve nada, esto está más oscuro que la boca del lobo.
De repente, el mismo grupo de Cornellá de antes, con un sigilo impropio de un cuarto de la ESO, y tras ganarle la espalda, entra en tropel , empujándolo hasta casi aplastarlo contra la pantalla. Ocupan los dos bancos. La puerta se cierra automáticamente y Patxi queda encerrado con los psicópatas afectados de acné.
- “No pierdas la calma, Patxi, alguna manera habrá de salir con vida de esta” – (PRONTO SALDRÁ EL SOL, SIEMPRE EL MISMO, PERO NUNCA DE LA MISMA FORMA…) - ¡Aaaarrgghhh! ¡Una voz de ultratumba! ¡Sáquenme de aquí, por favor, ayuda! – Patxi pierde el sentido.
Cuando se despierta, magullado por los pisotones de 25 salvajes en edad de meterse pastillas hasta el píloro, descubre con pavor que lo que parecía una pantalla, en realidad es una enorme puerta corredera que ya se está cerrando. Detrás de ella se aprecia un resquicio de luz.
- No pienso morir aquí. – Rápidamente, se levanta como puede, lamiéndose las heridas de los labios y, cuando apenas queda una ínfima ranura entre la pantalla y la pared, logra escabullirse con un salto felino. Aterriza sobre unas balas de algodón, acción que provoca una considerable polvareda. Afectado de una alergia galopante, Patxi empieza a estornudar ruidosamente. - ¡Aaaatchís, aaaatchís!
- ¿Pero no le he dicho que no arme tanto escándalo? – La misma subalterna de voz trémula de antes - ¿Pero que hace ahí tirado, y con esas pintas? ¿Le parece normal a usted? ¡Que ya va teniendo una edad como para ir haciendo gamberradas! Ande, ande, salga de ahí y continúe por aquí, que ya le queda poco…
Arrastrando la pierna izquierda, que ha quedado maltrecha tras el salto, con la ropa hecha jirones por el asalto adolescente, los ojos irritados por la nube de polvo que lo ha cubierto, y estornudando sin parar, Patxi logra abrirse paso como puede hasta la zona de los vapores. Allí, descubre el enorme banco de madera de dos pisos y cree haber hallado su salvación.
- ¡Un banco! ¡Por fin! Mimportaunamierda lo que me diga la subalterna. Yo me voy a tumbar aquí un ratito a recuperar el aliento y luego me largo sin mirar atrás. ¡Ayyy!, me duele todo. ¡Uf, menos mal que aquí parece estar todo tranquilo… Pero… ¿qué es eso que viene por ahí?
Capitaneado por un señor medio calvo que cojea ostensiblemente y que no para de realizar grandes aspavientos con brazos y manos, avanza de forma inexorable en formación de a dos una columna de críos de cinco años, todos ellos con un chándal verde y amarillo, y que responden a la pregunta de «¿Qui som nosaltres?» que profiere una joven maestra con el grito de «¡ELS RATOLINS!»
- Seieu aquí, en aquest banc – dice el cojo – que ara us explicaré com he d’entrar al Planetari.
- Pero, ¡noooo! ¡Encima mío noooooooo! (Patxi rueda sobre su propio cuerpo desde lo alto del banco en un intento por evitar que Els Ratolins lo tamicen entre los tablones del asiento. Pero el impulso que toma es tan grande que, una vez en el suelo, sigue rodando hasta topar contra un pequeño andamiaje situado frente a un enorme (y horrible) cuadro del puerto de Barcelona que están restaurando. Cuando abre los ojos, topa con un extraño ser que lo mira desde detrás de unas gafas de soldador y una máscara antigás como las que reparte en Israel cada vez que andan a la greña con los del Líbano. - ¡Aarrggh! ¡Socorro! ¡Me han abducido los extraterrestres! ¡No quiero que hagan experimentos con mi cuerpo!
La restauradora, escalpelo en mano, intenta tranquilizar en vano a Patxi.
- No, mire, me parece que se equivoca, yo no quiere hacerle daño – le dice apuntándole con la afilada arma.
Patxi no oye nada, sale a correr a toda ostia, enfila el pasillo de vestuarios aún sin saber a dónde conducirá, se arranca la audioguía del cuello de un tirón, la lanza contra el mostrador de taquillas al pasar por al lado y pone pies en polvorosa, subiendo la escalera de acceso al museo al tiempo que se le oye gritar:
-¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA! ¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA!!!!
Advertimos que este artículo puede herir la sensibilidad del lector por su alto contenido nostálgico. Rogamos que se aprovisionen de todo aquello que sirva para secar las lágrimas que puedan poblar sus ojos y recorrer sus enrojecidas y mofletudas mejillas. No es una afirmación gratuita, sino una advertencia ante el sentido tributo que queremos rendir a uno de los grandes clásicos del Museu Marítim de Barcelona, sin el cual no se entendería una pequeña parte de la historia del museo ni formaría parte de su idiosincrasia.
En semanas como esta, en la que la responsable de prensa se afana por publicitar la nueva audioguía, la última maravilla en cuanto a tecnología se refiere, hay quien permanece en el olvido y no tiene quién se acuerde de ella. Es casi una cuestión humanitaria dedicarle estas encendidas líneas, con cierto tono a epitafio. Es de justicia recordar a alguien que estuvo con nosotros desde el 2001, dato fusilado del dossier de prensa realizado a tal efecto (siempre hay algún frikie como yo que se los lee), y que durante seis años fue testigo inmutable de algunos de los cambios del museo. Nunca se quejó por tener que vestir siempre de blanco impoluto, ni cuando la cambiaban de emplazamiento y se veía sometida a los rigores del tiempo. Ni un mal gesto mientras cargaba con un gran peso sobre sus maltrechas espaldas. Tampoco mostró su cara más amarga cuando algún insensato intentó “tunearla”. A pesar de ser notaria de múltiples cotilleos, críticas y confesiones de todo tipo, no vendió su silencio y prometió irse a la tumba con todos sus secretos. Toda una gran dama entre los de su especie. Muchos deberían aprender de ellas, sí, lo decimos en plural, porque son dos las que nos abandonan forzadas por los nuevos tiempos que se avecinan en el museo.
Esperemos que esta vez se reconozcan los servicios prestados y no caigan en el olvido, tal y como le pasó a su antecesora en el cargo. Es más, pasarán varios siglos, y los arqueólogos del futuro (¡qué ganas de pasar hambre!) no acertarán a descifrar el porqué de su presencia en un museo junto a audioguías tan modernas, y se escribirán todo tipo de teorías al respecto. Es por eso, para que no pierdan tanto tiempo, que este blog intenta dar un merecido homenaje a estas grandes damas que pronto pasarán a la jubilación forzosa. Y por si alguno aún quiere tener una última imagen de ellas, a continuación las mostramos en una de sus últimas apariciones públicas. Gracias por los servicios prestados y hasta siempre... CUBETAS!!!

P.D: La recogida de audioguías nunca volverá a ser lo mismo. Fue bonito mientras duró...
Que no se deje engañar nadie por ese título tan cinéfilo, no estáis ante una película de terror, al estilo de la "Noche de los muertos vivientes". Mañana, el Museu Marítim se añade a la celebración internacional de la "Noche de los Museos". Por la noche se podrá visitar el museo y realizar una actividad dentro de la galera (vamos, que se pagará por remar cual esclavo hace un montón de siglos). Que nadie se ría ni extrañe porque hace una semana varios trabajadores del museo, antiguos objetores de consciencia, pagaron por dispararse pinturas y arrastrarse por el suelo en una divertida jornada de paintball. Si hay alguien interesado en estas actividades sólo tiene que entrar en la web oficial del museo.
Como actividad no está nada mal, pero desde este humilde blog lanzamos una propuesta mucho más arriesgada y divertida para el visitante. La idea es montar un gigantesco videojuego en las instalaciones del museo. Nuestro modelo es una combinación entre el paintball y un clásico de los noventa, el Comecocos. Por si alguno no recuerda el desarrollo del Comecocos (PAC-MAN en la versión original) sólo tienes que ver la imagen de más abajo. ¿Cómo se jugaba? Muy fácil, sólo tenías que guiar al comecocos por un escenario lleno de pequeños puntos que ibas comiéndote según avanzabas en cualquier dirección. Eso sí, el único peligro eran esos cuatro fantasmas que te perseguían: Inky, Pinky, Blinky y Clyde. Sólo veías en la pantalla el Game Over (primera palabra inglesa que se aprende a tierna edad) si te alcanzaban tres veces.

Imaginaros un museo a oscuras. Un máximo de diez jugadores ataviados con brazaletes luminiscentes. Sólo tienes una linterna (herencia de la exposición de Tintin) para iluminar el camino. Más te vale utilizar las linternas porque, de lo contrario, no pasarías de la sala expositiva de Croacia (toda una zona llena de trampas). Y sólo tendrías que seguir los barquitos de color azul pintados en el suelo. Bueno, aquí una mano de pintura fosforita no iría nada mal. La idea es recorrer todo el museo, sin caerte, ni tropezar con nada y, sobretodo, sin perderte (la zona del audiovisual será clave). Y, para darle un poco más de vidilla al tema, saldrían cuatro "fantasmas" (aquí no quiero citar nombres por no cabrear a nadie) en búsqueda de esos jugadores intrépidos, que, en caso de ser alcanzados e iluminados por sus captores, quedarían automáticamente eliminados. Los jugadores no pueden correr y al paso de cada zona deberán recoger un objeto allí depositado. Como todo espectáculo, hace falta un público que jalee y disfrute con la persecución (igual veo muchas pelis de romanos), así que la pasarela sería la tribuna ideal para seguir las evoluciones de estos comecocos tan particulares.
Tranquilos, no nos hemos vuelto locos ni le robamos la cola al carpintero. Eso sí que dispararía la adrenalina y estaría más acorde a los nuevos tiempos. Sólo hay que ponerle un poco de imaginación y las ganas de pasarlo bien, sin límite de edad ni de sexo. Y si es del agrado del Polit Bureau, se puede intentar vender la idea como videojuego y venderlo en la tienda. Crear un merchandasing con camisetas y la versión en juego de mesa para las familias. Es una forma de aportar ideas para conseguir dar promoción y conseguir más dinero para el museo. Incluso renunciamos a cobrar nada por los derechos de imagen al ser los creadores de este juego tan alocado. Todo sea por aportar ideas. Mientras llega ese día, seguiremos disfrutando con el Comecocos, que de tanto hablar ya tengo algo de "mono"...
Visitar un museo, en teoría, parece fácil. ¡Hasta un niño podría hacerlo! Llegas, compras tu entrada y lo visitas. Punto pelota.
Sin embargo, ¿qué pasa cuándo un inocente turista llega al Museu Marítim con la sana intención de pasar un par de horitas entre estas centenarias paredes? Prepárense, porque comienza... ¡LA PESADILLA!
Permitidme que, en un alarde cinematográfico al alcance únicamente de directores de la talla de Kubrik, Eisenstein, Welles u Ozores, me introduzca subrepticiamente en el cerebro de un afable visitante de, pongamos, las Vascongadas, que acaba de entrar por la puerta del museo, una mañana lluviosa de crudo invierno...
«Caramba, pedazo de vestíbulo tienen en este museo... Y qué calentito se está. Aquí podré guarecerme de ese puto txirimiri que hace fuera... ¡Ahívalaostia, pedazo de cartelón de precios, si tienen más combinaciones que el menú del McDonalds!»
«- Muy buenas, caballero. Deme usted una entrada.»
- ¿Sólo para el Museo?
«Coño, a ver si resulta que también tienen un cine, aquí. Mantengamos la compostura». «¿Es que se puede ver algo más?»
(Cara de perro del taquillero de turno). - Pues puede usted ver únicamente el Museu Marítim, con su correspondiente exposición permanente, pero también tenemos una exposición temporal sobre Leonardo, que se paga aparte. Aunque, si lo desea, puede comprar una entrada combinada Museo+Leonardo. Si sólo quiere museo cuesta 6,50 eurazos de nada; si sólo le interesa Leonardo, va a tener que apoquinar 6,50 del ala; si prefiere la entrada combinada, Museo+Leonardo, le hacemos una magnífica reducción y la broma le queda únicamente por 9,75 €. Las audioguías están incluidas en el precio, pero sólo funcionan para el Museo, no para Leonardo.
«¡Qué cachondo el funcionario! Pero la verdad es que no me he enterado de nada.» «-Oígamusted, y eso del "Trip Inside the Port o Trip Outside the Port" que vienen en el menú sobredimensionado ese que tiene detrás, ¿qué es?».
- ¿Conoce usté las Golondrinas?
«¡No te jode el listillo, que si conozco las golondrinas! ¡A todas y cada una de ellas, y por el nombre, aunque en mi pueblo abundan más los vencejos! Respira Patxi, que aún vamos a salir a ostias de aquí...» «-¿Golondrinas? ¿Qué es eso de las Golondrinas?» (cara de incipiente nerviosismo).
- Son unos barquitos que dan paseos por el puerto. El de la Golondrina tradicional dura una media hora y no sale del puerto, y el del Trimar, que es un catamarán más grande, dura una hora y media y le lleva hasta el Puerto Olímpico. Lo malo es que si le vendo la combinada Museo+Golondrina/Trimar, no le puedo vender también la combinada con Leonardo, y entonces la cosa le sale por un pico.
(El pobre vascongado empieza a bizquear). «¡Deje, deje, no se líe! ¿Y eso del Mirador de Colón? (joder, se m'ha escapao, por qué cojones no aprenderé a tener la boquita cerrada)»
- Es un ascensor que le sube hasta lo alto del monumento a Colón que hay al final de las Ramblas, pero me parece que hoy está estropeado. Si se espera un momentito, tendría que llamar...
- «¡Olvídelo! Mire, de verdad, yo sólo quería una entrada, normalita, como esas que te dan en todas partes y que te sirve pues para eso, para entrar, y echar un rato en algún sitio. Deme la más sencillita que tenga, se lo ruego... (sudor frío que empieza a caerle por el espinazo)»
- Así pues, será sólo museo. ¿Es usted jubilado?
«¡Manda güevos! Ya mestá cargando el tipo este del polito blanco.» «Pues no, no estoy jubilado, lo que pasa es que trabajar todo el día en el astillero envejece, caballero, pero aún me queda unos añitos».
- No se me violente, señor, que se lo decía porque si es jubilado la entrada es más barata. Son 6,50 €.
- «Eso es, ahí quería llegar yo. Venga, cóbrese rapidito que no vea la cola que estamos montando»
- Por la cola no se preocupe, no tengo prisa, yo no plego hasta las ocho de la tarde... Lo que pasa es que no aceptamos billetes de 100 euros. ¿No tendría algo más pequeño?
«Mecagüenmimalasuerte, pues sí tengo algo más pequeño, justo en el bolsillo, es de Albacete, automática, y de buen grado la abría ahora mismo y te seccionaba con ella la yugular.» - «Pues mire, no, vengo ahora mismo del banco, y es lo que me han dado, qué quiere que yo le haga».
- Pues no le voy a poder cobrar. Vaya a las Ramblas, a ver si allí le dan cambio...
«Cuenta hasta diez, Patxi» - «¿Y la VISA? ¿Puedo pagar con la VISA»
- Ningún problema señor. ¿Me deja su carné de identidad?
- «Faltaría más, y si quiere también le presto el carné de socio del Athletic, ya que estamos»
- Je, je, qué gracioso es usted. Tenga, fírmeme aquí. Mire, esta es su entrada. Ahora, si es tan amable, en el mostrador de aquí al lado mi compañera (bueno, no es mi compañera, en realidad es una chica que nos mandan de Justicia Juvenil porque habrá cometido algún delito y, como es menor, le hacen purgar la pena en el Museo), le dará la audioguia en el idioma que usted elija. Pero antes, eso sí, debería dejar esa enorme mochila que lleva a la espalda en las taquillas. Necesitará una moneda de 50 céntimos.
«Madredediós, con lo bien que estaba yo en mi Bilbao, ya me podría haber recorrido el Guggenheim cuarenta veces. Y ahora qué, dejaré la mochila ahí, y a lo mejor va la delincuente esta y me lo choriza todo... ¡Paciencia, Patxi, haz lo que te dicen, estate calladito y de aquí un año te reirás recordando la visita a Barcelona»
(Deja la mochila y va a hablar con la presidiaria).
- «¿Me da una audioguía?»
- ¿En español?
(«No, mira, me la das en esperanto, y así practico») - «Pues sí, en español, que soy de Bilbao y, aunque lo parezca, no estoy jubilado, es el trabajar al aire libre, que curte la piel y encanece el cabello (se lo suelto todo antes de que empiece a preguntar otra vez)»
- Aquí la tiene. Sólo tiene que marcar los numeritos que vaya encontrando por el museo. Pero recuerde que no siguen un orden lógico («ya me extrañaba a mí que hubiesen pensado algo fácil») y, cuando entre, primero tendrá que atravesar una pequeña exposición sobre Croacia que no tiene audiciones, pero luego enseguida empiezan. Si tiene alguna duda, pregunte a cualquiera que vaya de blanco y azul («eso, y con la suerte que tengo, seguro que es un urbano y me detiene por hacerme pasar por jubilado»)
Las vicisitudes del pobre turista vascongado continuarían en el interior, pero dejaremos dichas reflexiones para un próximo artículo...
Esta vez no hablaremos sobre algo relacionado con la actividad del museo, ni siquiera de algún pensamiento filosófico mientras algún compañero pasa una jornada de trabajo en el Museu Marítim de Barcelona (Catalunya, España). Como los miembros del consejo de redacción de este blog se han tomado unos días de descanso a la espera de afilar su ingenio, a modo de preludio del Día Internacional de los Museos, nos dedicaremos a rendir un cálido homenaje a esos anónimos visitantes que han accedido al blog, ya sea de forma intencionada desde cualquier directorio de blogs de museos, como si lo han hecho por el sistema del boca a boca (mucho más divertido, ¿no?). Incluso saludaremos a aquellos que entraron pensando que ARRIBA y ABAJO era una página porno.
Da igual cómo nos has encontrado; lo importante es que te hayas podido divertir mientras leías algunos textos y sus respectivos comentarios. Y si hemos conseguido que almenos hayas esbozado una leve sonrisa mientras visionabas algún artículo, ya nos damos por satisfechos. En caso de haber ofendido a alguien, pedimos las más sinceras disculpas; no es nuestra intención molestar a nadie, sino la de aportar una dosis de humor a la rutina diaria de un centro de trabajo, aunque sea de un museo en apariencia tan serio como el nuestro. Nos gustaría dar las gracias a todo el mundo por su nombre, pero como no es posible lo haremos por las nacionalidades de todos aquellos que se han pasado algún día por ARRIBA y ABAJO. Por coincidencia idiomática, en la lista aparecen muchos países de Hispanoamérica a los que agradecemos su paciencia. Si no aparece tu país, adjunta algún comentario a esta noticia y encantados recibirás nuestro más cordial saludo. Ahí va ese listado de países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México, Perú, República Dominicana, Venezuela, Canadá, Estados Unidos, China, Bélgica, Reino Unido, Alemania, Suiza, Francia, Noruega, Israel...
Si alguna vez visitáis este fantástico museo, comentadle a algún compañero que sois lectores del blog y al menos nos hacemos una foto de recuerdo. Si eres un chico podrás estar acompañado por la chica más guapa del museo, y si eres chica (bueno, visto el nivel de los chicos, te ahorrarmos ese mal trago).
Información para todos aquellos desinformados o poco interesados en lo que sucede en las salas del museo (y no miro a nadie). Ya tenemos la persona ganadora de la oposición para asistente de sala. Y el ganador o ganadora es (¡qué nervios!)… ¡Esther! Resultado del todo lógico, y que hará que algunos compañeros hayan ganado la porra que se hizo a tal efecto. Un consejo de amigo: si alguien quiere desayunar gratis esta semana, sólo tiene que acercarse y felicitarla por haber aprobado. Por si acaso, no digáis que os he comentado nada. La chica se ha ganado a pulso la plaza después de haber conseguido la mejor nota en el segundo examen. Mérito tiene, desde luego, si fue capaz de responder con coherencia a una pregunta que generó gran polémica en este blog.
Y como parece que la dirección le ha cogido el gustillo a este tipo de preguntas, no se descarta que se siga en esta línea tan ingeniosa para la prueba práctica que deberá decidir el ganador de la plaza de técnico superior en derecho que se disputan dos personas. Por un lado, tenemos a la defensora del título, peso pluma, de gran pegada, conocida como Gemma “mano de piedra” (por las del museo, digo yo), que gozará del favor del público local. Y, al otro lado del cuadrilátero tenemos a un desconocido para casi todos, pero que viene dispuesto a dar la sorpresa, sabedor, eso sí, que no gozará del favor arbitral, pues de todos es conocida esa línea casera en los arbitrajes del museo. Así pues, poco tiene que hacer este púgil, peso medio y de nombre eterno, en un ambiente tan hostil, un auténtico infierno, donde ningún púgil local conoce la derrota (los arbitrajes caseros se han dejado notar).
Al cierre de esta edición, las casas de apuestas no aceptan otro resultado que la victoria local. Sólo se admiten resultados sobre la ventaja de puntos que le sacará “mano de piedra” a su adversario, sabedores de su amplio repertorio de golpes bajos (¡qué dolor sólo de pensarlo!). Para este gran combate, el comité organizador del evento (Diputación Rocky Productions ) ha nombrado como árbitro de la velada al famoso promotor Roger “Don King”. Se está en negociaciones con la organización para ver quién será la persona encargada de enseñar con cierta gracia el número de cada pregunta. No se descarta que tanto José Luis como Dolors, por tema de su altura y prestancia física, les toque ese gran honor. La cobertura mediática correrá a cargo de los enviados de este blog, medio no oficialista que ha pagado un alto precio por la exclusiva (en Italia lo llaman “silenzio stampa”. Vamos, que no repartiremos mucha estopa en un tiempo).
El combate está programado este jueves a las nueve de la mañana, por motivos de televisión, para no hacerlo coincidir con los programas del corazón volcados en la Pantoja. Y mientras llega ese gran momento, nuestro fantástico equipo de investigación puede adelantar la pregunta estrella del combate. En un afán por innovar, las grandes mentes (por tamaño, se supone) de este museo han decidido plantear un caso a resolver por los dos contrincantes. En esta ocasión sólo lo podrán resolver aquellos que estén trabajando en el museo. ¡Qué raro! Trato de favor, sí, pero aún sería peor si el examen fuese en un museo griego, porque encima allí te caerían piedras (pocas porque los ingleses se llevaron la mayoría), te insultarían y el arbitraje sería mucho más casero (igual debería dejar de ver tanto deporte). Sin más preámbulos vamos a revelar la pregunta que marcará el devenir del combate, pelea, disputa, lucha, trifulca, como le queráis llamar (es que me acabo de comprar un diccionario de sinónimos), así que tomad buena nota: A principios del 2000 hubo una gran plaga en el museo. En ese tiempo se produjeron un gran número de separaciones o divorcios entre el personal del museo (no se contabilizan como tales las dos disidentes que se marcharon este verano del departamento de comunicación). Sin entrar en valorar sobre si te alegras o entristeces por tales fenómenos, cita al menos seis casos reales de separaciones (no cuentan los rumores), señala los problemas y los daños materiales y morales que provocaron a la empresa (tampoco vale contabilizar todo el tiempo de trabajo perdido en cotilleos) y aporta sus posibles soluciones a corto (por ejemplo, más “chatis” libres) y a largo plazo (aquí se pueden citar las nuevas uniones entre compañeros del mismo departamento).
Desde este pequeño y humilde rincón de la información, queremos desear el mejor de los combates; un auténtico espectáculo que nadie debe perderse. Te lo contaremos este jueves en “Arriba y Abajo”. A partir de las ocho estaremos en directo para haceros llegar todos los detalles, con entrevistas, documentos inéditos, y todo un gran despliegue de medios sin parangón en la bloggia mundial. Tenéis una cita este jueves en este blog. Esto es to, to, todo amigos…
Cinco de la tarde. Calor asfixiante: 27 grados. Ni una gota de aire. Bosque cercano a Sant Pere de Ribes. Un BOE. Ocho valientes. Asistentes de sala. Museu Marítim de Barcelona. Dos equipos. Armas cargadas con pinturas. Estrategia. Adrenalina. Compañerismo. Sudor. Esfuerzo. Dolor. Diversión. Un objetivo: sobrevivir.
Por si no lo habéis adivinado, ayer un grupo de asistentes de sala pasó una fantástica tarde perdidos en un campo próximo a Sant Pere de Ribes disfrutando del paintball. Hay muchas formas de fomentar el compañerismo pero pocas tan divertidas como reunir a siete compañeros en una jornada de deporte y aventura. Ni siquiera una inesperada baja de última hora arruinó lo que prometía ser un gran día lleno de emoción y diversión por igual. Al final se pudo convencer a un octavo valiente, pese a su precario estado físico, para que se sumase a la fiesta. Y os podemos asegurar que se vivieron instantes memorables, hilarantes por momentos, llenos de emoción y diversión a raudales. Por suerte este blog contaba con un redactor desplazado allí para contarlo. Cual redactor de guerra, se jugó la vida por captar las mejores imágenes y dar cierto realismo y épica a lo allí vivido. A pesar de algún tipo de sabotaje, como un lanzamiento a la piscina incluido, mantuvo el tipo en todo momento.
Esta iniciativa, más propia de los departamentos de recursos humanos de otras empresas, surgió de las mentes inquietas de varios compañeros que deseaban disfrutar de una actividad divertida y excitante en compañía de otros asistentes de sala. Y no se les ocurrió otra cosa que pasar unas horas en el campo disparándose bolas de pintura, como si de comandos especiales se tratasen. Lo que al principio parecía una locura se acabó convirtiendo en una realidad con el paso de los días. La convocatoria fue recibida con buenos ojos por los más intrépidos o frikies, como se les quiera llamar. Sólo faltaba decidir la fecha y el lugar. Una vez resueltas estas incógnitas sólo cabía esperar que la inscripción fuese la necesaria para la práctica del paintball (ocho participantes como mínimo). Como la iniciativa partió de los “canguros” (descansan de miércoles a viernes), el jueves día 10 de mayo fue el día escogido. Se buscó una empresa que contase con campos de bosque, y la mejor opción pasaba por ir a un lugar cercano a Sant Pere de Ribes. No faltaba nada, todo estaba preparado para el gran momento. A las cuatro de la tarde, ocho valientes (insensatos también) se dirigían hacia el campo de batalla dispuestos a dejarse la piel en el empeño (o lo que no fuese la piel). Media hora más tarde alcanzaban el objetivo. Ya no había marcha atrás.
Una vez allí, un monitor les esperaba para acompañarles durante esas tres horas de juego. Las sonrisas nerviosas ante lo desconocido eran la nota dominante. Nos ataviamos con unos monos que poco tenían que ver con los del ejército, tal y como alguno pensaba. Más bien parecía que nos íbamos a fumigar algún campo. Por suerte, estos compañeros tienen parejas, porque así no iban a ligar mucho. Una vez vestidos con nuestro uniforme de comandos especiales fumigantes, nos dirigimos hacia el campo donde se iba a desarrollar la acción. Eso sí, menos un grupo de elite del ejército, parecían cualquier cosa. Los adjetivos os los dejamos a vosotros a tenor de la imagen de aquí abajo.

Se nos hizo entrega del material necesario para el juego: chaleco antibalas, casco, brazalete de identificación, pistola y papel higiénico (supongo que por si te cagabas de miedo y...). Por último, la responsable del grupo firmó un papel de responsabilidad civil por si pasaba algo no deseado (estas cosas no ayudan a relajarse). Sólo faltaba ir al campo de batalla para iniciar el juego. Todo estaba listo para el gran momento por todos deseado. Antes se habían formado los dos equipos. Reeditando la batalla de los sexos, iban a luchar las chicas (Olga, Eulalia, Isa y Cristina) contra los chicos (Enric, Toni, Santi y Ricard). Abusones, pensará alguno, sin saber cómo las gasta alguna con un arma en las manos. Llegados al primero de los juegos, el monitor procedió dar la última charla a su tropa. Y es aquí donde más de uno se hubiese ido para casa corriendo.
Hasta ahora no me había parado mucho en la figura del instructor porque quería dedicarle un apartado especial. Por un momento, los valientes asistentes creían encontrarse ante una película protagonizada por Clint Eastwood. Al igual que el sargento Highway en “El sargento de hierro”, Jose, que así se llamaba nuestro instructor, nos acojonó con sus explicaciones militares y sobre los peligros que conllevaba un mal uso del arma. En una de estas esperábamos un alegato del tipo: "Soy el sargento de artillería Highway. He bebido más cerveza, he meado más sangre, he echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos, capullos". Para dejar claro quién mandaba allí, nos comentó que había pertenecido a las BOE (Bandera Operaciones Especiales de la Legión) años atrás. Su estampa, con un metro noventa de altura, tatuajes de todo tipo, y una cara de tipo duro no nos hacían dudar sobre su autoridad. Nos hizo una demostración práctica de la efectividad y contundencia de ese arma disparando pintura. Si quería asustarnos lo estaba consiguiendo. Nadie hablaba ni pestañeaba. Y la cosa fue a peor cuando nos avisó de lo que pasaría si alguno se quitaba el casco dentro del campo de batalla. Más o menos vino a decir algo así : “Si os quitáis el casco protector y os alcanza una bala de pintura cambiaréis la bola del ojo por el de la bola de pintura”. A alguno le daba la risa, pero más de uno amenazó con irse a la piscina. Le faltó decirnos, emulando al sargento Highway: "Estoy aquí para comunicaros que la vida tal como la habéis conocido ha terminado”.
Aún con el susto en el cuerpo, iniciamos el primer juego. Un equipo tenía que conseguir un pañuelo o bandera mientras el otro defendía la posición parapetados detrás de unas paredes, como si de un nido de ametralladoras se tratasen esperando que un enemigo asomase la cabeza para convertirlo en un pitufo azul. Lo curioso del caso era ver a tres objetores de conciencia pagando por disparar y reptando por una ladera. Si levantase la cabeza más de uno... El resultado final es lo de menos (ganaron los chicos). Sirvió para comprobar los moratones que dejan esas bolas de pintura si te alcanzan a escasos dos metros. Santi y Olga fueron testigos directos. También se demostró la peligrosidad que tienen las chicas del museo con un arma en sus manos. ¡Qué forma de disparar y de atinar!
El segundo de los juegos pasaba por ver qué equipo llegaba antes a la posición donde estaban dos banderas y conseguían que la suya permaneciese hizada al final del juego. Mucho más sueltos que al principio, la batalla fue mas cruenta y disputada. Ricard recordaba sus tiempos en el cuerpo de paracaidistas del ejército. No había narices a avanzar sin temor a ser acribillado por tanto francotirador apostado en la colina. Ganaron los chicos pero no antes sin sufrir varias bajas en sus filas. Las fuerzas se igualaban cada vez más. El miedo había dejado paso a la acción. Las primeras recargas no se hicieron esperar. No había que dar ventaja al rival.
Lo mejor estaba por llegar. El tercer juego se disputaba en cuerpo a cuerpo en un bosque sin parapetos para protegerse. Sólo ganaba el que eliminase por completo al otro equipo. La lucha fue sin cuartel, algunos se creían auténticos cuerpos especiales. No se cedía ni un solo metro. La francotiradora Eulalia mantuvo en jaque a Enric y Toni, que habían intentado infiltrarse en las líneas enemigas. Las chicas, ayudadas por el monitor, se anticipaban a cualquier movimiento enemigo y les esperaban emboscadas. Por momentos, no podían ni avanzar un metro sin ser acribillados por las chicas. En una maniobra harto dudosa, ellas se alzaron con la victoria. Antes, tanto Cristina como Isa habían alcanzado a algunos chicos provocando sus eliminaciones. Toni recibió un bonito “recuerdo” de una de sus rivales en la frente.
Por si faltaba poco, en la última partida había que disparar hasta quedarse sin municiones y no había eliminados. La adrenalina ya estaba disparada hasta límites insospechados. Al grito de kamikaze los chicos se lanzaron a cuerpo descubierto, sabedores que disponían de mayor munición. Acabado el juego, y con la sonrisa final de todos ellos, comentaron jocosos el desarrollo del mismo, en señal de camaradería. Objetivo cumplido. La piscina esperaba. Se lo habían pasado como nunca y esperaban poder repetir en otra ocasión, con más compañeros si podía ser, tanto de salas como de oficinas. Lo importante es pasarlo bien y hacer grupo. Nuevos tiempos han llegado al Museu Marítim de Barcelona.
Com podia sortir d'aquest infern calorós? La xafogor era intensa dins d'aquesta mena de mono que li havien donat. Estava suant, cansada i amb gana, però encara estava viva, encara no l'havien eliminada. Potser no guanyaria el seu equip (tant sols en quedaven dos), però se’n sortiria, segur... allò semblava estar fet per a ella. La seva vida no tenia cap mena de sentit, era la rutina personificada. Dia rera dia veia i feia les mateixes coses, sentia parlar a la mateixa gent, gent que havien perdut tot l’interès per ella. Però, com trencar amb tot? Realment volia trencar amb tot allò que li donava una mica de seguretat, amb allò que l'arrelava d'alguna manera a la terra que trepitjava? El seu cercle era tan reduït que no existia cap petita esquerda per on poder filtrar-se al exterior. Hauria de començar de nou, deixar aquella parella que tot i estimada potser ja havia esdevingut fins i tot avorrida. El que tenia ben clar, però, era que ara havia de deixar de banda aquells pensaments i concentrar-se en els enemics; ja n’havia mort vuit i, tot i que ella era la penúltima del seu equip, tenia la senyera amb ella i encara no l’havien trobada.
Mira, què és allò què es mou? Un altre que serà abatut amb un sol tret. No sabia qui era, però feia tant soroll que, fins i tot ajupit com estava era un blanc fàcil... massa fàcil. Però no es confià, així que va esperar a que s’acostés una mica més. A dotze passes li dispararia.
Mentre esperava que això passés –no més d’uns quants segons-, la seva ment tornà a vagarejar. De vegades, potser semblava que fugia. D’altres, semblava que busqués… com ara, solcant per dins dels seus pensaments una resposta que l’alliberés de la presó en que s’havia convertit la seva vida.
Va aixecar-se un moment les ulleres de protecció per assecar-se les gotetes de suor que li perlaven el front. Pensà en Tristany; encara no l’havia vist pel bosc. L’hauria abatut algú altre? No sabia què feia en el museu creient que potser s’interessaria en ella; no sabia per què se li insinuava de vegades si tampoc li feia cas... Va tornar-se a col·locar les ulleres protectores just en el moment en què aquell pobre imbècil passava a menys de deu metres d’ella sense adonar-se que li quedaven menys de cinc segons de vida.
Apuntà, gaudint de la tranquil·litat que li proporcionava aquell anonimat, aquell poder que feia tant sols una hora no sabia que posseïa. Ja el tenia a tret, però no disparà. Decidí esperar una mica més... donant a la presa l’oportunitat de veure-la i intentar disparar. Però just en aquell moment va sentir un altre soroll, aquest cop a uns cinc o sis metres a la dreta de l’objectiu. Seria el vent o un altre enemic que aviat cauria sota els seus precisos i mortals trets. En un tres i no res sortí de dubtes: era un de l’altre equip. Quina sort, dos ocellets de cop. Les dues persones es van veure es van apuntar nervioses i espantades, ja que no s’havien ni sentit. Moments després van abaixar les seves armes i van preguntar-se l’una a l’altra si havien vist Raquel. Va ser en el moment en què ambdós s’encongien d’espatlles quan ella aprofità per disparar. Només dos trets, pff, pff, i dues taques vermelles com la sang van aparèixer en els pits dels enemics.
Es va sentir un joder seguit d’un me cago en la puta, però ella ni es va moure. Sumà mentalment les dues baixes més caigudes en combat a la seva llista particular: deu. Només quedaven cinc persones en el bàndol contrari. I una d’elles és en Tristany, pensà.
Mentre els dos morts marxaven sense haver d’amagar-se entre el boscam i parlant poc animadament sobre quin lloc els tocaria passat demà en el museu, na Raquel s’esmunyí sigilosament cap a una zona més propera al camp base enemic, per tal d’abatre algun contrincant més i, de passada, esbrinar si podria apoderar-se de la seva senyera.
Arrossegant-se encara en direcció nord, pensant en com de fàcil havia estat abatre aquell parell d'estaquirots, s’adonà –de sobte- que allò l’havia excitat. S’aturà un moment per concentrar-se més en aquella agradable i sorprenent sensació. Ha, ha, ha, qui m’ho hauria dit això abans de començar? I si em faig una festa aquí mateix. Estic ben amagada. Només hauria de fer-ho en silenci. Mirà el rellotge; restaven encara vuitanta minuts per cloure el joc.
Dubtant es trobava quan una imatge creuà pels seus pensaments. Un munt de calces i sostenidors desordenats. La seva habitació a ca els pares. Els calaixos de l’escriptori: oberts i amb el secrets descoberts. Era com una visió. Qui coi li estava regirant les coses? Notà com naixia una guspira d’ira dins d’ella, però que s’ofegà ràpidament en un petit llac de frustració. Crac, crac... un trepitjar de branques seques darrera seu la va treure de la seva visió, irreal o no. El què sí era real, però, era que algú s’acostava. Això era el més important ara. Tot i que sabia que no l’havien pogut veure es va enfadar amb ella mateixa per haver perdut la concentració. En quin moment havia deixat que els esdeveniments la controlessin? Quan havia deixat de tenir el control?
Allà, sentint com algú caminava vers la posició on estava ella, notà com tornava l’excitació, sentia com creixia dins seu, engolint-ho tot. Raquel, cony, estigues al cas!! La suor l’estava amarant dins del mono de camuflatge, fet que no servia precisament per minvar l’excitació creixent que sentia recorrent-li el ventre. Fes bé això, almenys, Raquel!! I en aquell moment, a quatre metres d’ella hi havia un altre dels contrincants. També estava acalorat, ja que es va treure un mocador i se’l passà per la seva cara suada i amb barba. Aquest any s’endarrereix en afaitar-se-la, ja estem a maig. Com s’havia tornat un no-estrany en Tristany? Com s’havia arribat a diferenciar dels éssers que el rodejaven? Raquel, concentra’t d’una vegada, collons !!
Ell seguia assecant-se la cara; no l'havia vist. Ni tant sols l'intuïa. Esperaria que desés el mocador i li dispararia un tret ben dirigit enmig de les ulleres de protecció. Ha, ha, ha... quin ensurt tindrà! Però què maco que és. I resulta excitant amb aquest uniforme! Raquell, hòstia, fot-li ja el tret. Per què no s’atrevia a donar el pas? Per què dubtava ara? Ja n’he mort deu... només n’és un més, oi? Però no, sabia que no n’era un més. Sabia que aquella era la seva oportunitat, però no d'eliminar-lo del joc, sinó precisament de fer-lo entrar en un altre molt més interessant i expeditiu. Decideix-te, ja!!
En Tristany s’havia desat ja el mocador i es decidia a continuar caminant a la recerca dels dos darrers jugadors enemics quan, tot d’una, vibrà un telèfon mòbil.
- Collons!! –digué ell mirant en totes direccions. Creia que l’havia desconnectat feia una hora i no que estigués pas en vibració. Va mirar qui era.- Merda! Però què...
En Tristany deixà la frase inacabada. La persona que l’havia trucat estava participant en aquell joc. I sabia que no havia estat eliminada. La Raquel ja havia tornat a apagar el seu mòbil. Tot just el desava a la seva butxaca quan en Tristany, que seguia mirant arreu, a la recerca de la persona que l’havia trucat, la va veure.
Els seus ulls es trobaren amb els d'ella i l'únic que la seva boca va poder pronunciar va ser un estúpid "Hola, que t'has quedat sense munició?"
Ella va somriure, li va treure la llengua i li disparà dos trets, un a cada part de les ulleres de protecció on estaven els seus ulls.
- Porca, això és fer trampes! – digué ell força emprenyat. O això semblava, ja que llavors, rient, va apuntar a cegues amb la seva arma en la seva direcció. Disparà tantes boles de color que es quedà sense munició. D’aquell rosari de trets verds ni tant sols un havia fet diana. Ràpidament es netejà la pintura vermella de les ulleres amb la màniga dreta del mono.
- Ja no tens munició, maco... i ni t’has arribat a acostar... I ara què?
- Ara m’has fotut! Et volia neutralitzar jo. S’ha fet una porra entre tots els que han estat eliminats per a veure qui t’eliminava. O si podíem fer-ho... I ara mateix, amb la meva mort, les apostes estan més interessants que mai, Raquel. Bé, fins després. Que tinguis sort!
Na Raquel no es podia creure que en Tristany estigués fent mitja volta i es disposés a tornar-se'n. Ara que s’havia decidit no permetria que aquella excitació quedés en un no res. El joc tant li era ja.
- A la merda! – digué, disparant-li tres boles de pintura seguides per l’esquena.
- Ei, que ja sé que estic eliminat!
- Ets un imbècil, ho sabies?
- De què vas tu ara? Tot està al teu favor; només en queden tres dels nostres. Quina mosca t’ha picat?
Com a tota resposta ella disparà tres trets més, aquest cop al pit.
- Vols parar! - digué tot acostant-se a ella.
- Intenta impedir-m’ho, patós!!
Ell es va treure les ulleres de protecció i es llançà damunt d’ella amb la intenció de treure-li la refotuda arma de les mans! Una cosa era que l’haguessin eliminat, però una d’altra de ben diferent era que se li riguessin a la cara d’aquella manera. Com molts homes, però, no estava entenent res de res...
Ella seguí disparant fins el darrer moment, en el que ell s’abraonà damunt seu. Van estar lluitant per l’arma mentre aquesta seguia disparant trets a l’aire, als troncs dels arbres, a un niu amb tres cries de pardal... Quan mig minut després ella es quedà sense munició, els dos es van aturar en sec, esbufegant i suant de valent. Na Raquel deixà l’arma, es va treure les ulleres de protecció i es descordà el mono uns centímetres.
- Ets ximple o què?
- Per què ho dius això? Ets tu que s’ha trastocat?
Veient que no captava, na Raquel s’abaixà un pam més la cremallera del mono. Aquesta vegada en Tristany se la mirà sorprès, però no acabava d’entendre què pretenia ella. Desesperada, la noia agafà en Tristany pel cap, se l’acostà al seu i el besà llargament.
Un petó càlid que explorà la boca d'ell i provocà una esgarrifança per tota la seva pell. La ment d’en Tristany demanava que s'aturés -doncs sabia que ella tenia aprella-, però el desig del seu cos era superior i clamava pel contacte d'ella.
No podia aturar aquell cos seu que cada cop es movia a més celeritat. Però, de fet, volia realment aturar-lo?
Cada vegada estaven més excitats. La calor i la humitat que ambdós desprenien ocults entre tota aquella vegetació i sota aquell sol de justícia els duia, cada cop més vertiginosament, cap un remolí de passió i luxúria desenfrenades. En Tristany recordà que, feia uns cinc anys, ja va sentir quelcom semblant, un desig intens el dia que els van presentar a la botiga del museu en seu primer dia de feina…
Rodolaren per terra, esclafant el follatge i trencant petits branquillons al seu pas. Na Raquel no s’hauria imaginat pas mai, només un parell d’hores abans, que aquell matí bèl·lic s’hauria acabat desenvolupant d’aquella manera. Però volia gaudir de sexe amb ell. No hi havia cap compromís o, millor dit, la seva llarga amistat i estimació mútua eren prou garanties com per saber que, després del que estaven a punt de fer, tot en sortiria reforçat, amistat i estima. S’oferien l’un a l’altre donant-se obertament, fruint amb cos i ànima.
- Et desitjo tant que estic espantat, Raquel- li digué en Tristany a l’oïda.
- Jo també, jo també…- Ambdós tremolaven de passió i anhel en braços de l’altre.
Continuaven rodolant pel terra, havent recorregut ja mitja dotzena de metres, deixant un senyal d’herba esclafada, abraçant-se, llepant-se i besant-se, deixant uns rastres de pintura verda i vermella en pètals, tiges i fulles junt amb els monos que s’havien anat traient mútuament. Cap dels dos duia samarreta, ja que l’havien deixat en els vestuaris abans de començar el joc.
Malgrat la suor que desprenien, s’adonaren que tenien un olor fresc que els feia sentir cada vegada més a prop. No sabien si eren les seves suors combinades o la primavera esclatant que els envoltava, però l’aroma de flors els inundava cada vegada que respiraven, excitant-los més i més. Els dos creien que era l’altre qui desprenia aquella fragància.
- Ara veig que no es pot aturar el que es inevitable.- digué algú d’ells.
Havien recorregut uns deu metres i ella començà a obrir-li la bragueta dels texans. Ell li descordà els sostens. Es van treure l’un a l’altre la poca roba que els quedava i així, només amb la part inferior de la roba interior, arribaren rodolant a un petit clar de gespa poc frondosa on hi havia un tronc caigut. El cop els va fer cridar, però alhora això els excità encara més. Quan ell la penetrà el plaer que sentiren fou tan intens que no varen poder evitar que els seus cossos s’inflessin amb unes vibracions fins llavors mai experimentades. Quan ella va arribar al primer orgasme no pogué evitar deixar escapar uns gemecs d’intensa emoció. Com era que no ho havien fet abans? Una hora més tard, esgotats i encara abraçats després de tres orgasmes més, van sentir crits llunyans. Crits que els cercaven. Ells no ho sabien, però l’equip de na Raquel havia guanyat. Mentrestant feien sexe l’altre membre del grup vermell havia neutralitzat els que custodiaven la senyera verda i la va agafar.
Companys assistents (masculins). Malgrat esforços quasi herculis i després de molts anys d’intentar-ho, ho deixo córrer. Em dono per vençut, tiro la tovallola, s’ha acabat. No sé què coi pensen les dones del museu!
Un exemple seria quan responem la primera cosa que ens passa pel cap a una pregunta (que creiem –santa innocència, la nostra!-) femeninament cervellada. Com si es tractés de l’anual cursa barcelonina de El Tall Britànic, els nois no sortim mai ni de la línia de sortida; és com si ens quedéssim clavats allà amb cara de no entendre res de res. Les línies de sortida no m’han fet mai res, de fet, em cauen molt bé, ja que –si més no- sempre saps on et trobes, cosa que amb les dones no se sap mai!. Quan estàs a l’inici de la cursa no has pas de girar el cap ni refer els metres fets, ja que estàs allà, saps on estàs, controles la situació! Amb les dones mai saps si estàs en la línia de sortida, enmig d’una marató que, per inri, no saps si acabarà tràgicament o no i, evidentment, mai controles la situació!! Amb les línies de sortida no has pas de tornar enrere si t’equivoques de camí; amb les dones això està pràcticament descartat... és com demanar un impossible!
Potser és que els homes som masoquistes (o, simplement, enzes). Fallem i fallem una vegada darrera l’altra i no ens donem per vençuts: intentem comprendre com funcionen les dones. Potser li trobem cert regust malaltís a posar constantment els peus a la galleda... Potser es tracta d’anar-ho intentant, d’intentar-ho i tornar a intentar-ho (un maldestre eco infructuós de la lluita per la supervivència de l’espècie?)... ves a saber...
No entenem les dones ni les nostres relacions els homes. Però crec que en el fons (i no caldria gratar massa per adonar-nos-en) estem contents i som feliços de no entendre les dones ni les nostres relacions, ja que així tenim ocupada l’aïllada neurona que ens queda (amb sort, un parell)...
Per tant, companys, hem d’estar agraïts i contents i donar gràcies a qui sigui que l’amor (interpreteu sexe) és potser l'únia cosa interessant -de l’animal existència que arrosseguem- que impedeix que ens centrem només en el menjar, la tele, el futbol, la feina... (això depèn de la patologia dels casos).
Però, ai!, què fan els pobres desgraciats que pensen en el sexe i aquest els impedeix que es centrin en l’amor?
No pensaba que esta sección diese mucho de sí. Ni siquiera mis compañeros de redacción daban un duro por ella pero el tiempo me ha dado la razón. Y eso que, a priori, un museo no parece el lugar más indicado para recopilar expresiones de lo más divertidas o peculiares. Pero cuando se habla del Museu Marítim de Barcelona todo es posible. Si queréis disfrutar de momentos memorables e irrepetibles, sólo tenéis que pedir pasar un domingo en taquillas o en información. Aquí van un par de ejemplos recopilados estas últimas semanas:
Primer item informativo: Una señora se acerca decidida al mostrador de taquillas y le pide a nuestra compañera "una entrada para el Sephora" (Sí, chicas, al paraíso de la cosmética y los perfumes). Y eso que esa mujer no ha venido al museo esos días que disfrutamos de esos olores tan "perfumados" que ahuyentan a los visitantes y anestesian a sus trabajadores. Lo que esa despistada visitante quería comprar era una entrada para la Sphaera (Planetario).
Segundo item informativo: Si se hiciese una clasificación con las preguntas más repetidas en el museo, la primera posición estaría muy clara. Ni se sabe la cantidad de veces que los visitantes han preguntado por el día que el museo es gratis. Existe la falsa impresión de que el primer domingo de cada mes (como hacen la mayoría de los museos) hay entrada libre a nuestro museo. Hasta cierto punto es comprensible este error. Ni siquiera sería noticiable en este blog ni mucho menos en esta sección. Pero sí que lo es que una persona llamase por teléfono, con cierto tono de sorpresa, y le dijese a un compañero que "cómo es que había que pagar la entrada por ver la colección permanente si hoy era primer domingo de mes". Podemos pasar por alto lo del domingo (en el museo es el primer sábado de mes) pero lo realmente sorprendente es que te lo digan en un... MARTES. Y luego dicen que los catalanes tenemos fama de...
Por una vez me siento orgulloso del título escogido para presentar un artículo. No se trata de hacer un homenaje a uno de los mayores autores teatrales que ha dado este país, Miguel Mihura (no confundir con una ganadería taurina de enorme prestigio). Es más un intento por buscar una cierta analogía entre una de sus obras cómicas más emblemáticas, "Ninette y un señor de Murcia", y la historia que os voy a explicar a continuación, una anécdota que aconteció hace unos meses. Por culturizar un poquito a los lectores, comentar que no hace muchos años se estrenó una versión en la gran pantalla dirigida por José Luis Garci e interpretada por Elsa Pataky (si tienes menos de 25 años: sí, esa, la rubia buenorra de "Al salir de clase"). Para el resto de los mortales es esa actriz tan estupenda que hace pocos días nos alegraba la vista en la portada del Interviú. Aunque, personalmente, me quedo más con la adaptación que dirigió Fernando Fernán Gómez en 1965. Vale, no me enrollo más y procedo a explicar la historia.
Primero vamos a localizar en el tiempo y el espacio la acción que aquí nos ocupa. Nos encontramos en la entrada del museo, una tarde cualquiera de un mes que ahora no viene al caso. De lo que si se acuerdan los protagonistas de esta historia es del gran número de colegios franceses que tenían programada su visita esa tarde. Sólo de pensar en esos cientos de adolescentes, cuyas mentes y cuerpos no se estaban desarrollando en paralelo, más de uno se echaba a temblar. Y si además el responsable de los grupos tenía la tarde libre, era como para salir corriendo y no mirar atrás. Como dicen por mi tierra, para mear y no echar gota (es que son algo burros). Cualquier persona normal se hubiese venido abajo, pero hay una clase de superhombres (nada que ver con los de Nietzsche que tanto nos martirizaron en BUP y COU) que no se amedrentan ante nada ni nadie: los asistentes de sala. Que los pusiese allí Carmen (la Rijkaard de los asistentes de sala) no les dejó otra salida que acometer tan ardua tarea. En días de tanto ajetreo de grupos, esperas y deseas que Carmen te destine a una zona tranquila, cual paraíso fiscal al uso, donde puedas pasar desapercibido, lejos de la primera línea de fuego para no tener que decir aquello de: "El cementerio está lleno de valientes".
De verdad que no exagero cuando hablo de valientes para controlar el acceso al museo de tanto grupo escolar que se acumulan en apenas unas horas. En esos días te acuerdas del "listillo" que admitió tantas reservas. Suele haber división de opiniones en los insultos, unos a padre y otros a madre para que no se peleen. Por suerte coincidieron dos asistentes experimentados y muy ágiles en su cometido. Dejaré para después a nuestra bella e inocente Ninette. Ahora me centraré en el otro asistente de sala. Todo un especimen en vías de extinción en la función pública, al que le encanta meterse en todos los "fregaos", lo más parecido al Señor Cuesta (presidente de la comunidad de la serie de televisión "Aquí no hay quien viva"), capaz de disolver una cola en taquillas en el tiempo que tardamos en encendernos un cigarrillo (leyenda urbana que corre por el museo). A este, en otros tiempos, la Vieja Guardia Pretoriana ya le hubiese leído la cartilla. Sin embargo, en esta historia le toca asumir un rol secundario mal que le pese.
Por fin llegamos a nuestra Ninette particular, la protagonista real de esta historia. Diligente como pocas, además de poseer un gran sentido del humor, ese día se mostraba especialmente inspirada en el fiel cumplimiento de su trabajo, exceso de celo que más tarde le jugaría una mala pasada. Esperad. Se abre paréntesis. Antes hay que señalar que una de las tareas de los asistentes es la explicación del funcionamiento de las audioguías a los profesores y alumnos. Nada difícil si lo haces en catalán o castellano, pero que se complica si lo tienes que comentar en francés o inglés. Cerramos paréntesis. Esa tarde no se oía otra cosa en el hall que el idioma francés (lo remarco así para evitar las tÍpicas bromitas). En un alarde de pronunciación, nuestra Ninette se fue creciendo a medida que iban sucediéndose los diferentes grupos. Es lo que hace repetir las mismas frases cientos de veces en el mismo idioma. Al final los profesores te preguntan si naciste en Francia. Y tú, humildemente, les dices que algo queda de tus viajes a Perpignan, y que no creías que fuese para tanto (mientras te crece la nariz de Pinocho).
Después de haber explicado, repetido, a cuatro, cinco ó seis grupos franceses el funcionamiento de los aparatos (aplicad aquí lo dicho antes con el francés), con un acento que ni la Bardot, llegó ese séptimo grupo al que explicar el mismo rollo (perdón, contenido) en francés. Es aquí cuando Ninette ya se dispuso a bordarlo. Nunca antes se había oído una explicación con un acento francés tan perfecto como la realizada en ese momento por nuestra compañera. Que si "brachez les écouteurs", que si "ne touchez pas ici" o "marchez tous ensemble", expresiones estas acompañadas por una exhibición gestual al más puro estilo azafata de Vueling. Aunque esta vez el auditorio no estaba formado por unos imberbes y barbilampiños estudiantes con hormonas alteradas, sino por unos de más edad y algo más bajitos y rellenitos; bueno, y más morenos; y vale, también más serios y formales. Igual eran de la zona norte de Francia, ya se sabe que por esas latitudes la gente es más educada, se decía ella algo extrañada. Cuando acabó con su magistral explicación, se hizo el silencio. No el típico de admiración, no, sino el de la calma que precede a la tormenta. Y es que entre los asombrados oyentes habían algunas caras de asombro. Igual se han quedado boquiabiertos con ese maravilloso acento que he desplegado, intentando animarse a sí misma, algo preocupada ya ante lo que intuía que podía pasar. Y es en esas, alguien decidió abrir la boca y soltar la bomba: "Ya, señorita (pausa dramática)... pero es que somos de Murcia". Era un grupo español, de Murcia para más señas, que había concertado visita para ese día. Ahora ya entendéis el guiño que se hace en el título a esa magnífica comedia escrita por Mihura. En cuestión de un segundo, Ninette se convirtió en una incandescente bombilla de color rojo que iluminó toda la entrada al Museu Maritim de Barcelona. No hace falta decir que la historia se acaba con Ninette explicando de nuevo el funcionamiento de las audioguías en la lengua de Cervantes, aunque eso sí con un maravilloso acento francés.
Estoy enamorado. Sí, es verdad, no son ni los efectos primaverales ni una adolescencia tardía. Los granos de la cara son el efecto de una desmesurada afición por el chocolate. Hoy quiero salir del armario y confesarlo. Mis huesos están locos por el Museu Marítim de Barcelona, para más señas. No se trata de un flechazo sino de una decisión meditada desde hace tiempo. Debo reconocer que en los últimos años había algo que me iba haciendo tilín pero no le daba mucha importancia. Lo atribuía a esos pajarillos que revoloteaban por los tejados del museo. Los que habéis estado alguna vez enamorados supongo que sabréis de lo que os estoy hablando.
Todo surgió hace unos cinco años. Llevaba pocos meses trabajando en el museo. Era todo un “pardillo”, en el estricto sentido del término. En aquellos momentos no daba un duro por permanecer más tiempo del estrictamente necesario. Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses y un año tras otro. Miraba a mis compañeros y no acertaba a comprender esa fidelidad casi enfermiza en algunos casos (bueno, la nómina tenía mucho que ver). Como todo enamoramiento clásico (la típica ñoñez de toda la vida), la catarsis fue lenta y casi sin darme cuenta. Ya noté algo raro cuando dejé de interesarme por mis compañeras (aquí el efecto des-erotizador de los uniformes tuvo mucho que ver). Y más aún cuando no prestaba atención a esos grupos de estudiantes nórdicas que, de tanto en tanto, visitaban nuestro museo. ¡Qué me estaba pasando! A cada examen que me presentaba notaba que mi corazón se aceleraba. Noté que tenía falta de apetito (la comida en el bar de Juanito tampoco ayudaba). Como diría Alaska: Mil campanas suenan en mi corazón...
Y la cosa a fue a peor. Cada vez que se convocaba una bolsa u oposición notaba que se me disparaba el corazón. Llegué incluso a la paranoia más absoluta. Intentaba suspender cada convocatoria para seguir disfrutando de cada pregunta, de cada respuesta. Tenía adicción por los exámenes del museo. Era todo un círculo vicioso. Me enganché a todo tipo de encuesta telefónica o del Círculo de Lectores. Pero sólo me servían como metadona para paliar en parte mi dependencia a esa droga que me daban en el museo. Me puse en manos profesionales. Planteé mi problema a la doctora que me visitaba en cada revisión médica. La única solución que me daba era inviable para mí: Aprobar de una puñetera vez.
Pensé en cambiar de trabajo pero me dijeron que los exámenes eran muy lógicos, carentes de toda emoción y muy vulgares. No había nada comparable a poder responder algunas perlas tan maravillosas, y que ya forman parte de la cultura popular, como tener que recordar una y otra vez, por ejemplo, el nombre del Sebastià Gumà o saber qué es la “Malacología”. El temario del museo era lo de menos, porque al final sabías que todo pasaba por conocer esas preguntas que se repetían año tras año. Pero lo que de verdad me tenía enganchado era la prueba de cultura general. Y caí rendido a sus encantos. Supe en esos momentos que nunca podría serle infiel a estas paredes que me rodeaban y atrapaban por igual. No tengo solución, ni corazón, me repetía una y otra vez. No era para menos. Era empezar a leer la primera pregunta y notar un temblor por todo mi cuerpo. Una sensación de vértigo producida por un exceso de adrenalina. Me ponía el vello de punta pensar que mi puesto de trabajo dependía de conocer el lugar de nacimiento de Charlie Rivel; o la actriz que se casó con el Príncipe Rainiero; o si recordaba qué actriz había protagonizado Pretty Woman y en qué película aparecía Gene Kelly; o si tenía conocimientos musicales y sabía el nombre del cantante de los Rolling Stones; o si conocía de qué deporte procedían algunos términos tan “populares” como melée o penalty corner. Por no hablar de aquella vez que pensé que me iba a explotar el corazón cuando en un examen me preguntaron: Si en una caja grande hay tres cajas más pequeñas y dentro de cada una de ellas caben tres más pequeñitas. ¿Cuántas hay en total? Por último, aún recuerdo aquella vez que nos preguntaron por un especialista médico, el Tocólogo (no confundir con el vulgar pulpo-discoteca). Y ningún chico fue capaz de acertar con la respuesta. Sin comentarios.
¿Qué alguien me diga si existe algún trabajo donde poder disfrutar tanto? Porque yo no lo conozco. Pasado un tiempo, las cosas parecieron tranquilizarse y creía tenerlo todo olvidado, incluso parecía interesarme de nuevo por esas estudiantes nórdicas antes ignoradas. Y en esas estaba cuando hoy volví a notar ese mismo cosquilleo. Por lo visto, alguna mente iluminada había decidido innovar en la segunda prueba realizada esta mañana para dilucidar el ganador de la plaza fija de asistente de sala. Se había decidido dar carpetazo a las preguntas tipo test, con varias respuestas a escoger (explicación para todos aquellos enchufados que no pasan exámenes). En este examen sólo había una única pregunta a desarrollar: Dado que han aumentado el número de grupos y de escuelas que visitan el museo, con los consiguientes problemas que eso acarrea, explica cuáles son esos problemas y aporta posibles soluciones. Es lo más original que he oído nunca. Alguno habrá suspendido pero aportando, eso sí, su grano de arena para la mejora del museo. El padre de la idea ya tiene en mí todo un admirador. Propongo que para cerrar el círculo, en una próxima convocatoria se hagan los tan temidos exámenes orales (no seáis mal pensados). Y si es posible los graben en vídeo, al menos en Youtube sacaríamos unas perras (expresión empleada por nuestras abuelas para referirse al dinero). A ver si otros departamentos toman ejemplo y en las próximas convocatorias se plantean, por ejemplo, preguntas similares del tipo: Dado el exilio voluntario (o disidencia) de varias de las componentes del Departamento de Comunicación, señala posibles problemas y da soluciones para su mejor funcionamiento.
¿Es o no para enamorarse de este museo? Hubiese pagado por ver la cara de los atónitos compañeros. Esa capacidad para la improvisación y la sorpresa es la que me tiene ganado. En otro lugar pagarán más, pero es imposible que me divierta más que aquí. A veces el dinero no lo es todo. Yo lo llamo enamoramiento; otros, masoquismo. El caso es que os quería hablar del amor y de mis ganas por salir del armario. Claro que, ahora que la puerta está abierta, me gustaría tener más compañía...
Les femelles no s'aturen en els xerrars
Les del museu no són pas dispars
Garlen i garlen sense parar
Ni tant sols callen per menjar.
Les noies tenen la boca badada
I les de sales no són pas diferents
A menys que la tinguin ocupada
Fent quelcom entre les dents.
Els nois ens preguntem llavors
Ja que ens tenen l'orella foradada
Per què no fan un esforç
I escriuen alguna jornada?
Serà que les dones del museu
No saben què dir
Si es tracta d'ordinador, mouse
o teclat entre els dits?
Estic espès, espès i amb son. M’acaben de treure sang (el colesterol pels núvols!), acabo de fer un mos (de fet, només una cervesa ben freda) després de més de dotze hores sense menjar res i estic esgotat de caminar per tot Barcelona.
Tres fets aparentment inconnexes m’han mantingut expectant durant dues setmanes. El primer: fa deu dies, per fi, vam aconseguit fer el primer examen després de mesos i mesos d’incertesa i un parell de setmanes estudiant (estudiant què?). El segon: ahir va començar a TV3 una nova sèrie, Herois. Les trames es van anar desenvolupant de manera esperada i, tot i ser –de moment- una sèrie previsible, va aconseguir enganxar-me (sóc un addicte, ho reconec). El tercer:... què cony ha estat això què hem fet avui? Anys i anys de tradició se n’han anat a norris en menys temps que hom diu Què ha estat això?!! Què ha passat amb l’encant d’haver d’escollir una resposta entre quatre i, com a molt, justificar-la-hi-los-en adhuc?

Senyor@s, competidor@s, company@s... sabem que la cosa és més subjectiva que mai, sabem que, depenent de l’humor dels correctors, les poques hores dormides pels mateixos o el fet d’haver mullat o no anit, la correcció i, per tant, la puntuació, seran tant més estranyes que sorprenents... així doncs, serenitat.
Celebrarem l’atorgament de la plaça (després de les revisions d’exàmens i protestes rutinàries) amb alcohol casolà i brindarem a la salut del nou ocupant.
Estic espès, espès i amb son. I a més, plou. Si la cosa continua, ja se sap què significa això, oi? Em sap greu pels companys que avui treballen!!!
Per cert, heu establert les connexions dels tres fets aparentment inconnexes?