FALLA LA PRETEMPORADA

Al hilo del artículo anterior, creo, sinceramente, haber llegado a la raíz del problema. En definitiva, esta plaga de lesiones y bajas varias que afecta a la plantilla de trabajadores del museo se debe a una mala planificación de la pretemporada.

 

Acudiendo al siempre entendible símil futbolístico, nos pasa lo mismito que al Barça. Ficha bien, tiene una plantilla de ensueño, cuenta con los mejores jugadores en todas las demarcaciones, cuando está en plena forma fabrica un fútbol de otra galaxia, la prensa internacional cae rendida a sus pies, pero... Nada más empezar la temporada, los problemas físicos se convierten en una rémora insalvable: una rodilla maltrecha por aquí, unos isquiotibales que se rasgan, un ligamento cruzado anterior izquierdo hecho papilla en el primer partido como visitante, una gripe galopante mal curada...

 

¿Simple casualidad? ¿Mal de ojo? ¿Vudú desde la Casa Blanca? Para nada: toda la culpa recae sobre quién, o quienes, planifican la pretemporada. Gira maratoniana por los Estados Unidos para promocionar el balonpié, cuando de todos es sabido que allí, si en el campo no se dan de ostias hasta en las papilas gustativas (hockey sobre hielo), van pertrechados con unas protecciones que ni en las justas de caballeros medievales (fútbol americano), mascan tabaco y escupen sobre el césped mientras juegan (béisbol), o salen unas adolescentes de goma con lacias cabelleras rubias, generosísimos escotes y piernas bien torneadas, ataviadas con una minúscula faldita plisada, para animar al respetable durante los tiempos muertos (baloncesto), la gente pasa por completo. A continuación, un par de amistosos para recuperar las arcas tras el dispendio en fichajes, uno en Qatar y otro en Pekín, cuna de grandes futbolistas y paraíso del mejor quehacer balompédico. Por último, y apenas una semanita antes de que empiece la liga, torneíto casero para encandilar al soci y venga, a lanzarse de cabeza contra el espesísimo calendario.

 

Pues exactamente lo mismo sucede en esta casa. ¿Acaso nunca nadie se ha preguntado por qué nuestro museo nunca logra meterse en los puestos de cabeza de la clasificación, los que dan acceso a la Champions League en su vertiente cultural, aún contando con patrocinadores de la talla de Vodafone o Antonio Miró? ¿Por qué, por ejemplo, el Picasso siempre ocupa una de las posiciones de privilegio? ¿Tal vez porque su colección resulte más interesante? ¿Por su céntrica ubicación? ¿Porque los detalles que venden en su tienda son más baratos?

 

Para nada: la clasificación del Picaso se debe, sin ningún género de dudas, a la estudiada pretemporada que llevan a cabo sus trabajadores.

 

Aquí, cuando llega el periodo vacacional, se produce una diáspora imponente: la una que se las pira a Tennessee, el otro que se pone hasta el bonete de vinos y delicias gastronómicas varias en Extremadura, aquél que recorre media Italia y rellena un par de michelines con tortellini, tiramisúses y rissottos, el de más allá que va Bretaña arriba, Bretaña abajo y le mete a los caldos franceses que para qué, la de acullá que si de senderismo por las selvas de Teruel... ¿Qué se puede esperar, pues? Luego empieza la temporada, y parecemos el Espanyol: tenemos una plantilla que promete, plagada de jóvenes promesas que podrían llegar muy lejos, pero cuando está a punto de finalizar, acabamos salvando el pellejo en la última jornada, y de penalty injusto (con alguna expo temporal de relumbrón). Si algún año nos clasificamos para la UEFA, es de puro milagro.

 

Sé de buena tinta que en el Picasso planean la pretemporada a conciencia. En primer lugar, no dejan que sus empleados pasen las vacaciones dónde les plazca. Ellos, por el contrario, organizan un stage siempre en el mismo sitio: en París. Una vez allí, eligen los mejores escenarios para llevar a cabo suaves entrenamientos y algún que otro amistoso: el Louvre, el centro Pompidou, el museo de Orsay... Se empapan del buen hacer de sus plantillas, que han logrado convertir a sus clubs en los más ricos y poderosos del mundo, y luego regresan a sus puestos de trabajo con energías renovadas y unas ganas tremendas de iniciar la competición.

 

A nosotros nos pasa lo contrario: todo un mes dedicado al ocio, al comercio y al bebercio, se paga: una que se precipita por la escalera, la otra que se lanza a la piscina nada más salir, el otro que se la pega con la bici, unos cuantos en cama por culpa de los virus contraídos por esos mundos de dios...

 

SOLUCIÓN: Propongo, pues, desde el marco incomparable de este blog (que no bloc), que a partir del año próximo, el periodo vacacional se distribuya de la siguiente manera: tres semanas de stage preparatorio en Holanda, como el Barça de Van Gaal, que incluya amistosos en el Prins Hendrick de Rotterdam, por ejemplo. A continuación, una semanita en el Muntanyà para recuperar el tono muscular y ¡hala!, a trabajar. Si así procedemos, os aseguro que la próxima temporada maravillaremos con nuestro juego, y se reducirá drásticamente el número de bajas. Y de ahí a la Champions, hay sólo un paso...

OCTOPUS

La dirección está que se sale. La llegada de cuatro nuevos equipos de receptores/emisor para grupos, que se suman a los cuatro antiguos que siguen operativos, ha permitido a la cúpula pensante frotarse las manos primero, y lanzarse a la cuenta de la vieja después.

 

Como si de un problema de matemáticas de la vieja escuela se tratara, el planteamiento, según los jefes, reza tal que así:

 

"Un señor, «R», tiene cuatro equipos de audio formados por 35 emisores cada uno. Otro señor, «P», le regala cuatro equipos nuevos con 35 emisores más en cada uno de ellos. Si «R» es jefe, y «P» también:

a) ¿Cuántos equipos podrán repartir los pringados de abajo cada hora?

b) ¿Cuál es el número total de alumnos/jubilados/similares que podrá disfrutar de emisores cada hora?"

 

Cabe destacar que la pregunta tiene su intríngulis. La lógica aplicada al buen funcionamiento del museo redundaría en una cifra que nada tiene que ver con la solución correcta del problema. La trampa está en el enunciado, concretamente en la parte que dice "Si «R» es jefe, y «P» también".

 

Realizada la aclaración, la respuesta correcta es la siguiente:

 

Cada hora:

a) Se pueden repartir ocho grupos (cuatro antiguos + cuatro nuevos).

b) El número total de usuarios que puede disfrutar de emisores de grupo cada hora es de 280 (8 equipos X 35 emisores por equipo = 280 emisores).

 

Pero para que este problema pueda aplicarse a la vida real sin alterar el resultado final, las mentes alienadas de los subordinados que a este museo dedicamos parte de nuestra existencia, entre las que me cuento, han llegado a la conclusión de que en el planteamiento deben introducirse algunas variables más.

 

De este modo, el encabezado del problema debiera enunciarse tal que así:

 

"Un señor, «R», tiene cuatro equipos de audio formados por 35 emisores cada uno. Otro señor, «P», le regala cuatro equipos nuevos con 35 emisores más en cada uno de ellos. Ante el súbito y repentino aumento de equipos disponibles, «P» decide negociar una serie de convenios ventajosos para sus empleados con tres empresas diferentes. Los convenios son los siguientes:

 

1. CONVENIO CON CORPORACIÓN DERMOESTÉTICA: Todos los empleados que acrediten debidamente su adscripción a la plantilla fija del Museu Marítim tendrán un 90% de descuento en el tratamiento OCTOPUS, consistente en implantes de brazos y manos biónicos hasta un número máximo de seis por persona. De este modo, quién así lo desee, podrá tener ocho brazos en lugar de los dos habituales.

 

2. CONVENIO CON ADOLFO DOMÍNGUEZ S.A.: Adolfo Domínguez se compromete a rediseñar las camisetas, blusones, pullovers y abrigos de los uniformes del Museu Marítim para que, en caso necesario, tengan ocho mangas en lugar de las dos habituales. A cambio, cada año podrá gozar de las instalaciones del museo en un número máximo de dos ocasiones para realizar los desfiles y presentaciones que crea convenientes, sin que sea obligatoria la presencia en los actos de Etoó.

 

3. CONVENIO CON FARMACÉUTICA BAYER Y LABORATORIOS CUSÍ: Farmacéuticas Bayer y Laboratorios Cusí se comprometen a enviar, de forma totalmente gratuita, un cargamento bien provisto de Aspirinas e Ibuprofeno, respectivamente, al Museo Marítim de Barcelona para aliviar las jaquecas que aquejarán a los asistentes y demás personal que pulula por la entrada y las salas del museo, provocadas por las aglomeraciones de púberes chillones. Como contrapartida, ambos laboratorios disfrutarán de la cesión gratuita de la sala Comillas para organizar seminarios y simposios siempre que tengan necesidad, y que acojan a sus directivos de todo el mundo para que tomen un refrigerio antes de pasarse por el Bagdad y/o algunos de los centros de masaje más reputados de la Ciudad Condal.

 

A tenor del aumento en la plantilla de trabajadores con ocho brazos correctamente uniformados y sin ataques repentinos de migraña excusables, capacitados para atender a más de una escuela a la vez, y teniendo en cuenta que  «R» es jefe, y «P» también:

 

a) ¿Cuántos equipos podrán repartir los pringados de abajo cada hora?

b) ¿Cuál es el número total de alumnos/jubilados/similares que podrá disfrutar de emisores cada hora?"

 

Como cualquiera en sus cabales podrá comprobar, ahora sí la respuesta, además de correcta, es perfectamente viable y funcional.

 

¡Me muero de ganas que mi mujer vuelva a llamarme "pulpo", esta vez sí con todas las de la ley!

 

PDA

ESTRENO

 

Las nuevas audioguías del Museu Marítim de Barcelona son una maravilla. De hecho, han sido tildadas de «ejemplo supino de convergencia». Que nadie se lleve las manos a la cabeza todavía; con “convergencia” no queremos decir que Trias y Mas vayan a hacer acto de presencia el día de su instauración. ¡Dios nos libre! No, no es eso. “Convergencia” es un término que, en tecnología de entretenimiento doméstico, se aplica a los aparatejos, cachivaches, chismes o comoquiera llamárseles, que aúnan dos o más funciones en un único módulo. Es el caso de un móvil: sirve para llamar por teléfono, pero también para hacer fotos, navegar por Internet o escuchar música en MP3, por ejemplo.

 

El MMB, siempre a la vanguardia de las nuevas tecnologías aplicadas al «gaudi cultural», instaurará a partir del 5 de junio un nuevo ingenio para realizar la visita al Museu. Se trata de un fantástico PDA de prestaciones altisonantes y, sobre todo, muy «convergente».

 

Con el nuevo PDA, el visitante tendrá acceso a su buzón de correo electrónico: podrá mirar los mensajes que haya recibido y, así mismo, enviar a su vez mensajes a otras personas merced al teclado sobreimpresionado que aparece en la pantalla de gran nitidez del aparatillo. ¡Cuán grande es Vodafone!

 

Con el nuevo PDA, el visitante podrá navegar por Internet. Gracias a su conexión telefónica inalámbrica, el cacharro se conecta a la red y permite al usuario consultar en Wikipedia el significado exacto de “construcción de tingladillo”, repasar las últimas novedades incorporados a este maravilloso blog, bajarse fotos en top-less de Paz Vega o incluso contratar un vuelo con Easy-jet para pasar un magnífico fin de semana en Cracovia, siempre y cuando lleve la tarjeta de crédito encima.

 

Con el nuevo PDA, el visitante podrá sacar la tarjeta de memoria de su cámara fotográfica, insertarla en el susodicho PDA y ver sus fotos en una pantalla de tamaño considerable. No sólo eso. Por obra y arte de la conexión a Internet anteriormente citada, el usuario podrá incluso editar dichas fotos; pongamos por ejemplo que en la tarjeta hay la típica foto de pareja que te hacen en la mesa de invitados a una boda. Tan sólo tendrás que descargar una imagen de Julia Roberts en la entrega de los Oscar, recortar su silueta, y sustituir a tu mujer, ya algo entrada carnes, por este bellezón Hollywoodiano. ¡Anda que no vas a fardar ná!

 

Con el nuevo PDA, el visitante podrá escuchar su propia música mientras visita el museo. Para ello, bastará con introducir una tarjeta de memoria cargadita con archivos en MP3 de Dovrak, Linkin Park, El Arrebato o cualquiera que sea su género musical preferido.

 

Con el nuevo PDA, el visitante podrá, evidentemente, llamar por teléfono (imaginamos que el coste de las llamadas correrá a cargo del Museu). Aunque a priori parezca contraproducente para las arcas de la entidad, que nadie se llame a engaño, ya que no habrá turista que no marque rápidamente el número de sus allegados para recomendarles fervientemente la visita al Museu en la mayor brevedad posible. ¡Es la técnica de marketing definitiva!

 

Con el nuevo PDA, el visitante recibirá de regalo un práctico lápiz de color azul (sin mina, claro está), con el logo del Museu, y unos estupendos auriculares Made in Hong Kong, pertrechos ambos que podrá llevarse a casa y que le serán de gran utilidad en el futuro para, por ejemplo, extirpar tapones de cera de las orejas, hurgarse la nariz, o no tener que pagar en el avión que le conduce a Cracovia por unos auriculares para poder escuchar la banda sonora y los diálogos de la película «Aeropuerto 78» que pasarán durante el vuelo.

 

Lo único que, de momento, no podrá hacer el visitante con el nuevo PDA, es escuchar las explicaciones sobre los objetos depositados con sumo cuidado en las salas del edificio. Por más que se está intentando durante el periodo de pruebas, no hay forma humana de conseguir que el programa que da acceso a los contenidos se abra.

 

Mi pregunta es: ¿acaso importa? ¿Alguien cree que, vistas las posibilidades del nuevo PDA, algún visitante en su sano juicio se va a dedicar a escuchar la voz afectada de un tipo diciendo cosas tales como «AVIAT SORTIRÀ EL SOL…»?

 

Yo lo tengo clarísimo. Dentro de muy poco, el Museo estará plagado de marroquíes, pakistaníes, ecuatorianos, chilenos, rumanos y demás inmigrantes aprovechando las capacidades de la PDA para comunicarse con los seres queridos que han dejado en sus países; de estudiantes de la ESO descargándose contenidos que puedan aprovechar para sus “Crédits de Síntesi”; de ejecutivos y brokers que conectarán la máquina a sus portátiles para cerrar negocios con Taiwán; de jubilados que ocuparán todos los bancos del recinto para repasar tranquilamente la versión electrónica del Sport, el Mundo Deportivo, el Marca y el As; de, en definitiva, un montón de gente a la cual la cultura marítima se la trae al fresco, pero que saldrá contentísima de este «Museo a la vanguardia de la tecnología».

 

El museo será un locutorio, una biblioteca online, una extensión de la bolsa y un “casal d’avis” todo en uno y el patrimonio marítimo se irá al garete, pero como los cuadres de caja serán espectaculares y por las salas se verá pulular cuales muertos de vivientes en una peli de George A. Romero a un montón de personas, los responsables de la buena salud económica de la institución podrán presentar informes inmejorables a Consorci i Fundació y todo el mundo estará más contento que unas pascuas.

 

¡VIVA LA CONVERGENCIA!

ESTRENO DE LA SEMANA

LA JUNGLA DE CRISTAL 4.0

John McLane, una vez recuperada su estabilidad familiar y reintegrado con honores en el cuerpo de policía de Nueva York, decide tomarse unas bien merecidas vacaciones y elige como destino a la cosmopolita e integradora Barcelona.

 

El destino, no obstante, parece empeñado en involucrarlo en situaciones siempre peligrosas. Su visita al Museo Marítimo no empieza con buen pie, ya que mientras baja la escalinata asiste a un espectáculo cuando menos extraño; un tipo ataviado con la camiseta del Athletic de Bilbao huye despavorido de las instalaciones al grito de ¡¡¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA!!!. Sin embargo, John no es hombre que se arredre fácilmente y, a pesar de las protestas de su mujer y su hija, decide entrar. Lo que no sabe McLane es que el pasado siempre regresa.

 

La compañía naviera italiana Qué-Grima-Ledí, socia de la Fundació cuyo objetivo no parece ser otro que el de recaudar fondos para la conservación del patrimonio marítimo, está dirigida por Al Badtime Goodface (personaje interpretado en el film por Jeremy Irons), y sus intenciones no son muy halagüeñas. En realidad, Al planea boicotear al Museo con la intención de llevarlo a la ruina, de tal modo que finalmente pueda comprar el edificio y transformarlo en un inmenso Mercadona con el que espera obtener pingües beneficios.

 

Para hacer realidad sus sueños, ha infiltrado en el museo a una serie de trabajadores/as (espías en realidad) que tienen la difícil misión de hacer imposible la visita a los turistas, con la esperanza que al final nadie se atreva a acudir a tan magna institución. Dichos infiltrados entregan audioguías en alemán a los turistas portugueses, apagan las luces de la zona de “De la barca a la Companyia” para que la gente se dé de narices contra las cajas de madera que salpican el recorrido, precipitan a los colegiales desde la pasarela situada sobre la Galera Reial de Juan de Austria y obligan a los Amics del Museo a utilizar cinceles, sierras de marquetería y demás pertrechos ruidosos a todo trapo mientras los guías intentan, inútilmente, adocenar a los estudiantes.

 

Qué-Grima-Ledí cuenta también con varios topos en las oficinas, y de ellos depende que los mailings no lleguen nunca a tiempo, que la información que se ofrece a la prensa contenga siempre errores o que las preguntas de los exámenes de acceso a una plaza de trabajo en el museo sean incongruentes.

 

Al Badtime no cuenta, sin embargo, con la perspicacia de John McLane quién, al descubrir que su audioguía está en arameo, empieza a sospechar. A partir de aquí dará inicio una auténtica odisea por todo el museo, plagada de acción, explosiones, persecuciones y situaciones al límite. No se la pierdan. Incluye cameos de Jordi Hereu, el Neng de Castefa y las chicas Chupa-Chups.

YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA (2)

 

 

 

En el capítulo anterior...

Un frío, crudo y lluvioso día de invierno, un, en un principio, afable turista vascongado acude al Museo Marítimo de Barcelona con la intención de pasar un rato agradable en un entorno cálido que le permite saciar sus ansias culturales y, de paso, secar los ropajes que han quedado empapados por culpa de la lluvia. Tras la traumática experiencia vivida en el mostrador de taquillas, dónde perdió sus buenos diez minutos únicamente para adquirir una entrada, y una vez dejados sus pertrechos en una de las consignas de a 50 céntimos, pone rumbo decidido hacia la entrada, dónde aguarda impertérrito el auxiliar de sala encargado del control de entradas…

 

-         Su entrada, por favor.

-         (“Me parece que este pavo de la barba blanca me está diciendo algo, pero cojones, no oigo nada con este trasto en las orejas, que no hace más que decirme cosas sobre botones verdes y rojos y capulladas varias. ¡Jodó, el tío es clavadito al capitán Pescanova, qué acertado ponerlo aquí.) (Se quita los auriculares”. - ¿Decía algo?

-         (El capitán Pescanova, todavía impertérrito). – Su entrada, por favor.

-         ¿Mi entrada dice? Sí, espere… (echa mano a todos los bolsillos, que son muchos porque lleva unos pantalones del Coronel Tapioca, pero no encuentra nada). – Cagóndiós, dónde cojones he puesto la dichosa entradita. ¡Nada más me falta eso, tener que volver a vérmelas con el puto funcionario de la entrada! ¡Ah, ya recuerdo! La dejé en la mochila, señor barbiblanca; es que la delincuente esa del mostrador de las audioguías me dijo que tenía que dejarla, que no podía pasar con ella…

-         (El capitán Pescanova, cual autómata). – Su entrada, por favor.

-         (Me cagüenmimalasuerte). – Ahora vuelvo.

 

Regresa a la taquilla número 65, introduce la llave, la monedita se cae al suelo con tan mala suerte que, rebota contra el pie del vasco y se cuela por debajo de uno de los cajones grandes.

-         ¡Sólo me faltaba esto! No, si este puto museo va a ser mi ruina, al final…

 

Resignado, extrae otra monedilla de 50 céntimos del bolsillo y, tras recuperar la entrada, vuelve a guardar la mochila. Se dirige hacia el capitán.

 

-         Su entrada, por favor

-         Aquí la tiene, cómasela si quiere.

-         ¿Eh? Sí, sí, vale, vale… (la rasga y se la devuelve).

 

Nada más traspasar el dintel, el turista topa con la cruel realidad.

 

-         (¡Vaya frío que hace aquí! ¡Qué hijos de la gran p***, los cabr***** han creado un microclima caribeño en el vestíbulo para engañar a los turistas, pero cuando entras en el museo resulta que parece la Antártida. ¡Con razón el Capitán Pescanova iba abrigado hasta las cejas! Paciencia, Patxi, persevera e intenta disfrutar cuanto puedas de la visita. ¿Y ahora qué cojones pasa? Aquí no hay numeritos ni nada que se parezca, sólo un enorme mostrador vacío y una subalterna de esas a la que no me atrevo ni a acercarme, qué cara de mala ostia que tiene la tía. ¡Y encima el puto trasto este, que ahora se pone a hablar en alemán! No, si al final voy a tener que pedir ayuda…) – Perdone señorita (con voz melosa y tremulosa a un tiempo). – Creo que me han dado un trasto equivocado, porque me está hablando en alemán.

-         Eso es porque ha tocado dónde no debía (coge la audioguía, trastea unos cuantos botones y, por arte de birlibirloque, vuelve a escucharse en castellano). Tenga, y no me toque los botones del volumen si no hay audición en marcha porque entonces lo que pasa es que cambia de idioma. (Marcha rauda a abroncar a un descuidado turista de Yokohama que no deja de hacer fotos con flash a la Santa Madrona).

 

-         ¡No, si ahora resulta que es culpa mía, por zoquete! Ya no pregunto más, y me meto por este pasillito de aquí que pone CROACIA. ¿Qué demonios tendrá Croacia que ver con un Museo Marítimo?

 

El pobre Patxi cruza la expo temporal de Croacia sin entender un pijo y, finalmente, y sin mayores altercados, logra llegar hasta el entorno de los descubrimientos.

 

-         Aquí quería llegar yo. ¡Por algo que tiene que ver con el mar! ¡Oh, mira, si son las carabelas de Colón, qué maravilla! (Se detiene embobado frente a La Niña). ¡Qué paz, qué tranquilidad… y qué frío, cojones! Pero bueno, al menos podré disfrutar cómo se merece este gran momento de la historia de la navegación española…¡Socorro, pero qué es estooooooo!

 

De repente, un aguerrido grupo formado por 25 adolescentes de Cornellà, liderados por un una guía afónica que a duras penas logra conducir al rebaño, toma al asalto toda la sala de los descubrimientos, armados con un enorme maletón con ruedas y dos bolas del mundo erguidas sobre sendos tubos escorados hacia estribor. El pobre vascongado apenas si tiene tiempo de lanzarse en un cuerpo a tierra repentino hacia la Santa María de la Victoria que evita que muera aplastado bajo las huestes del área metropolitana.

 

Se reincorpora con un ágil respingo a lo Jackie Chan y se revuelve con la intención de hacer frente él sólo a los 25 enemigos, pero tiene que tragarse el orgullo cuando un imponente émulo de Eminem, ataviado con pantalones blancos sobretallados, chaqueta con capucha negra adornada con la efigie de un rapero que yergue el dedo índice en actitud amenazadora, y gran profusión de cadenas y collares al cuello, le dedica una mirada feroz en la que se lee claramente “Apártate de mi camino o te rompo las piernas, capullo”, al tiempo que hace añicos con una mano el potecito con pimienta que, con objeto de hacer un estudio sobre las especias que fue a recabar Colón, amablemente le había cedido la monitora afónica segundos antes.

 

-         Yo me largo de aquí que aún voy a pillar. ¡Están locos en este museo! – Baja por la rampa de la galera - ¡Lamadrekemeparió, cacho de trainera que gastan aquí! Ostia, me parece que, sólo por esto, igual la visita hasta la vale la pena. ¡Qué imponente la popa y toda su parafernalia! ¡Qué enormes los remos! ¡Qué caña el espolón de proa! ¡Qué maravilla el decorado de la zona noble! ¡Qué mierda es esto que me está cayendo en el ojo! – Mira hacia arriba - ¿Será posible? ¡¡¡Pero si en este puto museo hay goteras!!! Pero mira qué charco en la rampa esta, si es para matarseeee!

 

No bien pronuncia estas palabras se pega un resbalón de aúpa y cae al suelo sobre la rabadilla, lo cual le hace proferir un grito que se oye en varios kilómetros a la redonda. Rápidamente, la auxiliar de sala que vigilaba en la parte inferior de la galera, sube rauda los escalones, de cuatro en cuatro).

 

-         (Menos mal que alguien acude en mi ayuda, al menos eso sí que lo tiene el personal de aquí).

-         ¡Quiere hacer el favor de no gritar, caballero! ¡Que estamos en un museo, hombre! – profiere la susodicha con un extraño tembleque en su voz.

-         (Manda güevos) - ¡Pero no ve que me he caído por culpa del puto charco ese de aquí! ¡Lo que tendrían que hacer es echar menos broncas y arreglar el tejado, que alguien acabará matándose.

-         Déjese de zarandajas y levántese, pobre hombre, que parece un pordiosero y da mala imagen al museo. Ande, camine, camine, que hoy tengo un buen día y no lo voy a echar a patadas, que si me pilla en uno malo… Baje por esa escalera y prosiga la visita hacia la izquierda, a ver si viendo el audiovisual se le bajan un poco los humos.

 

Avanza hasta situarse frente a la puerta de madera del audiovisual de los grillos.

 

-         ¿Y qué cojones se supone que debo hacer ahora? ¿Meterme en ese zulo? ¡Como las gastan aquí, igual me gasean, que dicen que los catalanes son muy suyos? – (Se abre la puerta automáticamente) - ¡Coño, qué susto! A ver, me asomo… ¡Rediós, si no se ve nada, esto está más oscuro que la boca del lobo.

 

De repente, el mismo grupo de Cornellá de antes, con un sigilo impropio de un cuarto de la ESO, y tras ganarle la espalda, entra en tropel , empujándolo hasta casi aplastarlo contra la pantalla. Ocupan los dos bancos. La puerta se cierra automáticamente y Patxi queda encerrado con los psicópatas afectados de acné.

 

-         “No pierdas la calma, Patxi, alguna manera habrá de salir con vida de esta” – (PRONTO SALDRÁ EL SOL, SIEMPRE EL MISMO, PERO NUNCA DE LA MISMA FORMA…) - ¡Aaaarrgghhh! ¡Una voz de ultratumba! ¡Sáquenme de aquí, por favor, ayuda! – Patxi pierde el sentido.

 

Cuando se despierta, magullado por los pisotones de 25 salvajes en edad de meterse pastillas hasta el píloro, descubre con pavor que lo que parecía una pantalla, en realidad es una enorme puerta corredera que ya se está cerrando. Detrás de ella se aprecia un resquicio de luz.

 

-         No pienso morir aquí. – Rápidamente, se levanta como puede, lamiéndose las heridas de los labios y, cuando apenas queda una ínfima ranura entre la pantalla y la pared, logra escabullirse con un salto felino. Aterriza sobre unas balas de algodón, acción que provoca una considerable polvareda. Afectado de una alergia galopante, Patxi empieza a estornudar ruidosamente. - ¡Aaaatchís, aaaatchís!

-         ¿Pero no le he dicho que no arme tanto escándalo? – La misma subalterna de voz trémula de antes - ¿Pero que hace ahí tirado, y con esas pintas? ¿Le parece normal a usted? ¡Que ya va teniendo una edad como para ir haciendo gamberradas! Ande, ande, salga de ahí y continúe por aquí, que ya le queda poco…

 

Arrastrando la pierna izquierda, que ha quedado maltrecha tras el salto, con la ropa hecha jirones por el asalto adolescente, los ojos irritados por la nube de polvo que lo ha cubierto, y estornudando sin parar, Patxi logra abrirse paso como puede hasta la zona de los vapores. Allí, descubre el enorme banco de madera de dos pisos y cree haber hallado su salvación.

 

-         ¡Un banco! ¡Por fin! Mimportaunamierda lo que me diga la subalterna. Yo me voy a tumbar aquí un ratito a recuperar el aliento y luego me largo sin mirar atrás. ¡Ayyy!, me duele todo. ¡Uf, menos mal que aquí parece estar todo tranquilo… Pero… ¿qué es eso que viene por ahí?

 

Capitaneado por un señor medio calvo que cojea ostensiblemente y que no para de realizar grandes aspavientos con brazos y manos, avanza de forma inexorable en formación de a dos una columna de críos de cinco años, todos ellos con un chándal verde y amarillo, y que responden a la pregunta de «¿Qui som nosaltres?» que profiere una joven maestra con el grito de «¡ELS RATOLINS!»

 

-         Seieu aquí, en aquest banc – dice el cojo – que ara us explicaré com he d’entrar al Planetari.

-         Pero, ¡noooo! ¡Encima mío noooooooo! (Patxi rueda sobre su propio cuerpo desde lo alto del banco en un intento por evitar que Els Ratolins lo tamicen entre los tablones del asiento. Pero el impulso que toma es tan grande que, una vez en el suelo, sigue rodando hasta topar contra un pequeño andamiaje situado frente a un enorme (y horrible) cuadro del puerto de Barcelona que están restaurando. Cuando abre los ojos, topa con un extraño ser que lo mira desde detrás de unas gafas de soldador y una máscara antigás como las que reparte en Israel cada vez que andan a la greña con los del Líbano. - ¡Aarrggh! ¡Socorro! ¡Me han abducido los extraterrestres! ¡No quiero que hagan experimentos con mi cuerpo!

 

La restauradora, escalpelo en mano, intenta tranquilizar en vano a Patxi.

-         No, mire, me parece que se equivoca, yo no quiere hacerle daño – le dice apuntándole con la afilada arma.

 

Patxi no oye nada, sale a correr a toda ostia, enfila el pasillo de vestuarios aún sin saber a dónde conducirá, se arranca la audioguía del cuello de un tirón, la lanza contra el mostrador de taquillas al pasar por al lado y pone pies en polvorosa, subiendo la escalera de acceso al museo al tiempo que se le oye gritar:

 

-¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA! ¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA!!!!

YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA

 

Visitar un museo, en teoría, parece fácil. ¡Hasta un niño podría hacerlo! Llegas, compras tu entrada y lo visitas. Punto pelota.

 

Sin embargo, ¿qué pasa cuándo un inocente turista llega al Museu Marítim con la sana intención de pasar un par de horitas entre estas centenarias paredes? Prepárense, porque comienza... ¡LA PESADILLA!

 

Permitidme que, en un alarde cinematográfico al alcance únicamente de directores de la talla de Kubrik, Eisenstein, Welles u Ozores, me introduzca subrepticiamente en el cerebro de un afable visitante de, pongamos, las Vascongadas, que acaba de entrar por la puerta del museo, una mañana lluviosa de crudo invierno...

 

«Caramba, pedazo de vestíbulo tienen en este museo... Y qué calentito se está. Aquí podré guarecerme de ese puto txirimiri que hace fuera... ¡Ahívalaostia, pedazo de cartelón de precios, si tienen más combinaciones que el menú del McDonalds!»

 

«- Muy buenas, caballero. Deme usted una entrada.»

- ¿Sólo para el Museo?

«Coño, a ver si resulta que también tienen un cine, aquí. Mantengamos la compostura». «¿Es que se puede ver algo más?»

(Cara de perro del taquillero de turno). - Pues puede usted ver únicamente el Museu Marítim, con su correspondiente exposición permanente, pero también tenemos una exposición temporal sobre Leonardo, que se paga aparte. Aunque, si lo desea, puede comprar una entrada combinada Museo+Leonardo. Si sólo quiere museo cuesta 6,50 eurazos de nada; si sólo le interesa Leonardo, va a tener que apoquinar 6,50 del ala; si prefiere la entrada combinada, Museo+Leonardo, le hacemos una magnífica reducción y la broma le queda únicamente por 9,75 €. Las audioguías están incluidas en el precio, pero sólo funcionan para el Museo, no para Leonardo.

«¡Qué cachondo el funcionario! Pero la verdad es que no me he enterado de nada.» «-Oígamusted, y eso del "Trip Inside the Port o Trip Outside the Port" que vienen en el menú sobredimensionado ese que tiene detrás, ¿qué es?».

- ¿Conoce usté las Golondrinas?

«¡No te jode el listillo, que si conozco las golondrinas! ¡A todas y cada una de ellas, y por el nombre, aunque en mi pueblo abundan más los vencejos! Respira Patxi, que aún vamos a salir a ostias de aquí...» «-¿Golondrinas? ¿Qué es eso de las Golondrinas?» (cara de incipiente nerviosismo).

- Son unos barquitos que dan paseos por el puerto. El de la Golondrina tradicional dura una media hora y no sale del puerto, y el del Trimar, que es un catamarán más grande, dura una hora y media y le lleva hasta el Puerto Olímpico. Lo malo es que si le vendo la combinada Museo+Golondrina/Trimar, no le puedo vender también la combinada con Leonardo, y entonces la cosa le sale por un pico.

(El pobre vascongado empieza a bizquear). «¡Deje, deje, no se líe! ¿Y eso del Mirador de Colón? (joder, se m'ha escapao, por qué cojones no aprenderé a tener la boquita cerrada)»

- Es un ascensor que le sube hasta lo alto del monumento a Colón que hay al final de las Ramblas, pero me parece que hoy está estropeado. Si se espera un momentito, tendría que llamar...

- «¡Olvídelo! Mire, de verdad, yo sólo quería una entrada, normalita, como esas que te dan en todas partes y que te sirve pues para eso, para entrar, y echar un rato en algún sitio. Deme la más sencillita que tenga, se lo ruego... (sudor frío que empieza a caerle por el espinazo)»

- Así pues, será sólo museo. ¿Es usted jubilado?

«¡Manda güevos! Ya mestá cargando el tipo este del polito blanco.» «Pues no, no estoy jubilado, lo que pasa es que trabajar todo el día en el astillero envejece, caballero, pero aún me queda unos añitos».

- No se me violente, señor, que se lo decía porque si es jubilado la entrada es más barata. Son 6,50 €.

- «Eso es, ahí quería llegar yo. Venga, cóbrese rapidito que no vea la cola que estamos montando»

- Por la cola no se preocupe, no tengo prisa, yo no plego hasta las ocho de la tarde... Lo que pasa es que no aceptamos billetes de 100 euros. ¿No tendría algo más pequeño?

«Mecagüenmimalasuerte, pues sí tengo algo más pequeño, justo en el bolsillo, es de Albacete, automática, y de buen grado la abría ahora mismo y te seccionaba con ella la yugular.» - «Pues mire, no, vengo ahora mismo del banco, y es lo que me han dado, qué quiere que yo le haga».

- Pues no le voy a poder cobrar. Vaya a las Ramblas, a ver si allí le dan cambio...

«Cuenta hasta diez, Patxi» - «¿Y la VISA? ¿Puedo pagar con la VISA»

- Ningún problema señor. ¿Me deja su carné de identidad?

- «Faltaría más, y si quiere también le presto el carné de socio del Athletic, ya que estamos»

- Je, je, qué gracioso es usted. Tenga, fírmeme aquí. Mire, esta es su entrada. Ahora, si es tan amable, en el mostrador de aquí al lado mi compañera (bueno, no es mi compañera, en realidad es una chica que nos mandan de Justicia Juvenil porque habrá cometido algún delito y, como es menor, le hacen purgar la pena en el Museo), le dará la audioguia en el idioma que usted elija. Pero antes, eso sí, debería dejar esa enorme mochila que lleva a la espalda en las taquillas. Necesitará una moneda de 50 céntimos.

«Madredediós, con lo bien que estaba yo en mi Bilbao, ya me podría haber recorrido el Guggenheim cuarenta veces. Y ahora qué, dejaré la mochila ahí, y a lo mejor va la delincuente esta y me lo choriza todo... ¡Paciencia, Patxi, haz lo que te dicen, estate calladito y de aquí un año te reirás recordando la visita a Barcelona»

 

(Deja la mochila y va a hablar con la presidiaria).

 

- «¿Me da una audioguía?»

- ¿En español?

No, mira, me la das en esperanto, y así practico») - «Pues sí, en español, que soy de Bilbao y, aunque lo parezca, no estoy jubilado, es el trabajar al aire libre, que curte la piel y encanece el cabello (se lo suelto todo antes de que empiece a preguntar otra vez)»

- Aquí la tiene. Sólo tiene que marcar los numeritos que vaya encontrando por el museo. Pero recuerde que no siguen un orden lógico ya me extrañaba a mí que hubiesen pensado algo fácil») y, cuando entre, primero tendrá que atravesar una pequeña exposición sobre Croacia que no tiene audiciones, pero luego enseguida empiezan. Si tiene alguna duda, pregunte a cualquiera que vaya de blanco y azul («eso, y con la suerte que tengo, seguro que es un urbano y me detiene por hacerme pasar por jubilado»)

 

Las vicisitudes del pobre turista vascongado continuarían en el interior, pero dejaremos dichas reflexiones para un próximo artículo...

LA PASIÓN

Dicen que la Semana Santa es tiempo de sacrificio, de sufrimiento, de recogimiento, de ayuno cárnico, de contricción y de ejercicios espirituales. En resumen, una época para pasarlas canutas. Los hay que se encasquetan un capirote purpúreo en la cabeza y desfilan en silencio durante horas tras un Cristo barroco de rostro desencajado, corona espinada y taparrabos cuasi impúdico, ejercicio tras el cual llegan a casa derrengados; otros prefieren ocultar su rostro de otra manera, y se meten debajo del "paso", cargando sobre sus hombros al susodicho Cristo, y asomando únicamente las J'Hayber por debajo de los faldones del tambaleante mamotreto sobre el cual va erigido el agonizante hijo de Dios.

 

También los hay que, en el colmo del masoquismo, preceden a la cerúlea y sagrada figura exhibiendo su rostro a los miles de voyeurs que se concentran en las calles de toda la piel de toro; estos interfectos, para eximir los pecados del año, se castigan de una forma realmente desagradable: unos caminan con los pies encadenados y descalzos, otros de rodillas, algunos se fustigan con látigos de siete colas... En algunos casos extremos, hay quienes deciden sustituir al Cristo de madera o cera por su propia persona, y penden sobre el paso clavados a una cruz, con las palmas de las manos y los empeines de los pies atravesados por oxidados pernos del quince, los cuales provocan gran profusión de sangre y dejan los faldones del paso echos un asco de cuajarones de plasma.

 

Luego están las plañideras, mujeres normalmente de avanzada edad que van rezando interminables letanías durante las siete u ocho horas que dura la procesión.

 

A todos ellos les recomendaría que, por un año, avanzaran su suplicio unas semanitas, y acudieran a purgar sus culpas al Museo Marítimo, en plena avalancha grupera. ¿Acaso hay peor sacrificio que la atención a una media de mil estudiantes por día en un mostrador pensado para satisfacer, como mucho, los anhelos culturizantes de 50 0 60 jovenzuelos a la hora? ¿Se os ocurre mejor castigo que la sensación de impotencia que uno siente al verse rodeado por una horda compuesta por; varias secciones de púberes franceses tocados con infames capuchones de bufón con la bandera blaugrana y cascabelitos colgando; tres o cuatro batallones de adolescentes belgas ocupando seis veces su diámetro natural por culpa de los malditos sombreros mexicanos que venden en los kioskos de la Rambla; un par de pelotones de bachilleres italianos, todos ellos armados con sus temibles Ray-ban sobredimensionadas y con la mitad de la producción anual de gomina de todo el mundo empastifada en sus negras caballeras, invadiendo tres cuartas partes del vestíbulo mientras recolectan, céntimo a céntimo, todas las monedas necesarias para pagar la entrada; seis batallones de P-3, P-4 y P-5 de una escuela rural leridana (els Cargols, les Tortugues, els Conillets y els Fills de Satán), con esas ínfimas mochilitas que emulan todo el animalario imaginable fabricado con peluche y cremalleras y que parecen llevar adosadas con Loctite a las espaldas, pues no hay manera de arrancárselas sin descuajeringarles las extremidades superiores para que las dejen en las taquillas, las narices infestadas de costras mocosas en todos los tonos de verde que imaginarse puedan, y unas señoritas al borde del ataque de nervios intentando que la criaturillas no mueran aplastados bajo las suelas de las Superga, las Lotto y los Sebago de los pelotones itálicos; y, por último, cuatro o cinco facciones de guerrilleros de la ESO procedentes de reductos y cárteles tan peligrosos como los de Cornellà, Hospitalet y Badalona, con vaqueros de pernera corta, calcetines blancos y bambas policromadas ellos, y camisetas de El Niño, pantalones de cintura baja y tobillera ajustada y manoletinas con medias-calcetín de rejilla ellas, balbuciendo extrañas jergas tipo Neng, ininteligibles para el oído educado en los tiempos del BUP y el COU?

 

¿Alguien puede imaginar mayor penitencia que la estampa recién descrita, aderezada con el griterío que profiere semejante avalancha en mil idiomas diferentes, al tiempo que, con paso quedo y pose intrasigente, la tríada de capitostes que gestiona el Museo se pasea por el atestado vestíbulo, repartiendo miradas reprobadoras y martirizantes entre los empleados que, sudorosos y tensos como el pellejo nucal de la Obregón, se dejan la vida intentando imponer orden en semejante Torre de Babel?

 

A todos ellos, repito, los conmino a emular el martirio cristiano en nuestras dependencias; nunca más la Semana Santa volverá a ser la misma para ellos.

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