El aparato

Diciembre 2007

 

 

            Hacía muchísimo calor. Eran las ocho y cuarenta de una noche de diciembre, pero hacía muchísimo calor. Era una de aquellas noches de riguroso invierno en que, cuando salías del trabajo y te encontrabas con el panorama casi desolador de la calle, te abrigabas tanto que sólo se te veían los ojos. Entonces resultaba todo un suplicio llegar a casa, a tu casa.

 

            Veinte minutos antes caminaba Passeig de Gràcia arriba recordando que, antes de irse de casa para volver al trabajo, había conectado la calefacción. Aún no sabía del todo bien como funcionaba, pero al coger el mando, pulsó un par de botones y se fue. Por fin vivía sola y, según todo el mundo, después de tanto de tiempo de tener el piso -una herencia de un tío segundo- ya tocaba. Aunque no acababa de estar cómoda, sobretodo por la soledad y esta extraña sensación –nueva para ella- de tener tanto tiempo para sí misma, ya que todo se alargaba hasta el infinito de una manera lánguida y silenciosa. Por esto subirá tantísimo la factura del móvil, porque dependo, en estos momentos, de este aparato de comunicación en medio de esta solitaria vivienda. Sí, mi hermano vive dos pisos más abajo, pero es como si viviera en otro mundo; él tiene su vida y no quiero incordiarlo cada noche con mis cosas. Además, él acabaría enviándome a la mierda rápidamente. Pero ahora hacía mucho calor. No sabia qué había tocado, pero no podía reprogramar este maldito aparato nipón ni desconectarlo. Fuera la ciudad estaba a dos grados y dentro de casa a veintinueve. Comenzó a quitarse la ropa de invierno, fue a su habitación más bien minimalista y hurgó dentro de uno de los armarios para sacar una camiseta de manga corta de Tintín, regalo de un amigo del colegio.

 

            Y como siempre, sola, no sabía qué hacer. La noche se le haría eterna. Tenía ganas de volver al trabajo: increíble. No quería abrir ningún libro en inglés; tenía un poco de dolor de cabeza y el calor no hacía más que aumentarle la sensación del martilleo. ¡Hacía bochorno y todo! Por la tele no hacían nada potable, como siempre; ya no hacían aquella serie que tanto le gustaba, así que pensó en llamar a alguien, pero se contuvo. ¿Y un sms? No, tampoco; debía ahorrar. ¿Una bañera? No, hacía mucho calor. ¿Y una ducha templadita? Esto ya la tentaba más, pero antes quería beber alguna cosa bien, bien helada…

 

            Fue a la nevera, pero sólo había agua y sobras de la semana anterior. ¡Había olvidado hacer la compra! Prefería pasar calor y sobrevivir, almenos un día más, a base de algún producto, supuestamente alimenticio y nutritivo, que descongelaría. El bochorno hacía que la ropa se le enganchara al cuerpo, húmeda por sudor, como una segunda piel; una piel viscosa que se arrapaba y la ahogaba, dejándola sin aliento, como en pleno verano dentro del museo.

 

            Tenía la casa a oscuras. Estaba sentada en el suelo de madera, aquel que – junto con el resto del piso - le gustó tanto a Germán. Germán, vaya uno… Nunca lo había acabado de entender del todo, pero le hacía gracia y sentía por él una simpatía y un aprecio que no creyó, diez años atrás, que llegaría a sentir nunca. ¿Qué era lo que lo hacía tan especial pero, a la vez, tan, tan… amigo solamente? Se puso a considerar por qué no lo había atraído nunca como hombre, pero lo dejó de lado… tenía tanta pereza encima… Hizo que no con la cabeza con una ligera sonrisa y se dedicó a mirar, a través de los cristales de la ventana - hacía siglos que no los limpiaba – el campanario y el reloj iluminados de una plaza cerca de su casa. La hacían sentir bien… serena y tranquila, en paz, haciéndole olvidar que estaba sola en un piso.

 

            La temperatura era terrible dentro de casa; cada vez hacía más calor y ya se había bebido una botella de Font Bella. Parecía que el aparato nipón quisiera fundir el piso tan poco occidental, como dijo Germán. ¿Qué quería deshacer su cuerpo el maldito calefactor? En el aire, esencia de rosas artificiales del nuevo ambientador que le había regalado su madre y en la tele, que conectó accidentalmente de nuevo con el culo cuando se ha sentado encima del parquet, sólo un presentador absurdo. No le interesaba.

 

            Se levantó. Se quitó los calcetines y fue hacia el dormitorio. Aún en el pasillo, se desabrochó los pantalones cortos y los dejó caer al suelo. Los alejó de un puntapié... ya los recogería mañana. Suerte que nadie ve el desorden de aquí dentro…, pensó. Antes de quitarse la camiseta dudó; quizás podía coger frío estando sudada. Dejó de lado la idea y no se preocupó por un hipotético golpe de aire que no llegaría nunca, ya que todo estaba cerrado a cal y canto. La ropa interior también voló por los aires después de quitársela. Después, se puso encima de la cama, sobre las sábanas, sin ropa.

 

            Sólo habían pasado veinte segundos, pero no lo soportaba. Se levantó, sacó el forro polar y la manta y vacío la cama de todo lo que le podía aportar más calor. Sólo dejo las sábanas. No pasaba ni una gota de aire refrescante. ¡Qué extraño esto del aparato! Suerte que hoy no había quedado con nadie. No Creo que pueda aguantar demasiado esta temperatura. ¿Y si saco la luz? No, no puedo; tengo en la nevera aquellas muestras de biocultivos bacteriológicos que me dejó Germán para su estudio sobre los efectos de los microorganismos sobre la madera. ¡Qué mierda! ¿Por qué se lo olvidó después de la cena de la semana pasada?

 

            Intentó distraerse un poco…  pero no lo consiguió, así que intentó dormir un poco antes de cenar. No, no tengo hambre con este calor. Me estallará la cabeza si no hago nada. Miró por la ventana de la habitación…

 

¡Joder, está nevando! ¡Nevando fuera y yo, aquí dentro, muriéndome de calor! El teléfono… Por fin, alguien.

 

            - ¿Siii? No, no es aquí. Te equivocas. No, no pasa nada. Adiós.

 

Que palo. Esta llamada me ha recordado donde estoy, donde pertenezco, y me hace sentir muy vulnerable, consciente de lo que es mi existencia, de lo que podría haber sido y de lo que podría llegar a ser. Me espanta.

 

            Dio muchas vueltas y no consiguió hacer nada bueno. Todos los poros de su piel parecían haberse puesto de acuerdo para convertir la cama en una especie de zona acuática, donde el lodo de las sábanas se le enganchaba a las piernas. Me estriñe e intenta llevarme hacia dentro…

 

            Se levantó. Fue hasta la cocina donde cogió de la nevera un poco de agua. Continua nevando. Hizo un par de sorbos. Abrió el congelador e hizo una cosa que nunca habría pensado que haría (ni en pleno verano); sacó un montón de cubitos que dejó sobre la cocina. Se puso uno en la boca hasta sentir un dolor frío que le entumeció las muelas. Probó de masticarlo pero fue imposible, era muy grande. Lo escupió en la pica. Cogió otro y se lo pasó por el cuello, el pecho, el vientre. Sintió como se le endurecían los pezones, se contrajeron. Los pelitos de la nuca se le erizaron cuando pasó por encima el cubito. Un pequeño, mínimo escalofrío, le recorrió el cuerpo cuando se pasó las manos, húmedas de frío, por la cara, bajándolas después por el cuello hasta a la espalda.

 

            Los cubitos se deshicieron y no tenía más. Fue hasta el lavabo y se mojó los cabellos hasta la raíz. Con las manos los escurrió. La espalda se le llenó de agua y un par de gotas corrieron espalda abajo. Ni tan solo me viene de gusto fumar con este calor… Increíble. Llegó a la habitación y se tumbó sobre de la cama. Humedeció el cojín y las sábanas de hilo blanco. Estoy mejor, pero si vuelvo a tener tanto calor me ducharé. Miró la pared translúcida que da al baño. A Germán le pareció muy poco occidental también… no sé qué dijo de Tadao Ando, un arquitecto japonés…

 

            Aburrimiento. Pienso en el trabajo… aquel que no soporto, pero que me ingresa el sueldo a finales de mes y las pagas extras dos veces al año. ¿Qué le vamos a hacer? OH, vaya, pero si con el cabreo de las audio guías de hoy me he llevado la vaselina Estel sin querer... ¿La devuelvo mañana? No, que se jodan y que el Cruz ese compre otro tubo. Estoy aburrida... Me gustaría hablar con alguien… Se puso a un lado de la cama, sobre el lado izquierdo del cuerpo. Miró los armarios. ¡Qué bonitos!  Se me cierran los ojos. Qué bien. Estoy cansada. Estaba entrando en aquel ligero estado de somnolencia tan agradable que te conduce al descanso. A la paz. Cerró los ojos, pero antes volvió a mirar la vidriera gruesa del lavabo…

 

            Me estoy duchando. Noto la agradable sensación de masaje del agua más bien fría sobre mi cuerpo. Desde la ducha oigo como él se pone encima de la cama, que chirría bajo su peso. Sé que me está mirando mientras me estoy duchando. Me gustaría que viniera ahora, pero sé qué me esperará después… y me excita pensarlo. Minutos después de intuirme más que de mostrarme, salgo de la ducha, caliente y excitada y voy hacia la habitación. No está. ¿Dónde se ha metido? Miro por toda la casa y no lo encuentro. ¿Me lo he imaginado? Se estiró, decepcionada, en la cama y acabo durmiéndome.

 

            Siento como se pone sobre de la cama, que se hunde y chirría bajo su peso. Abro los ojos. Me giro… y nada. No está. ¿Será posible? Vuelvo a estar en los preámbulos del jardín de la somnolencia, del reino de Morfeo…

 

            Siento como se pone sobre la cama, que se hunde y chirría por su peso. Se me acerca hasta que siento el calor abrumador de su piel, de su contacto. Ha venido sin avisar y se ha introducido sobre la cama sin pedir permiso. Impunemente, porqué sí. Me gusta que haga esto porqué yo no me atrevería.

 

            - Te deseo.

 

            Me lo susurra a ras de oreja. Noto como su aliento caliente se me mete entre los cabellos aún mojados. Sus palabras me acarician el lóbulo de la oreja y me hacen sentir deseo.

 

            - Quiero hacer el amor contigo, Raquel.

 

Insiste. Todo él en tensión. Acerca su sexo hacia a mí, endurecido, indecente, y me dice que me necesita, que hace mucho tiempo que lo sé, que la excito, que se excita, que me quiere. Yo no puedo evitar ponerme toda roja y que también me excito.

 

- Tengo ganas que me sientas dentro de ti.

 

Me lame. Me pasa la lengua por el interior de la oreja, muy suavemente, acariciándome, humedeciéndome. Me besa el cuello y me muerde. Ya no noto el calor del piso, pero el mío sí.

 

            Intento ignorarlo y, sin mirarlo a los ojos, me estiro de cara a la cama. Él aprovecha y se me pone encima. Noto su miembro entre mis muslos, abriéndome, buscándome. Me hace un masaje, muy suavemente, acariciándome, insinuándose. Continua besándome en el cuello, bajando cada vez más hasta llegar a las nalgas.

 

            Me llena el cuerpo con los labios que me buscan, me sorben sin compasión. Me muerde, clavándome los dientes muy poco, justo insinuando una punta de dolor.

 

Me coge los brazos y me los tira hacia adelante, haciéndomelos apoyar sobre los cojines, y entonces inicia las caricias en las axilas, en el pecho, en la cintura.

 

Se excita cada vez más y yo también me excito cada vez  más. Lo siento respirar pesadamente sobre mi espalda. Me acaricia todo el cuerpo y yo me dejo hacer. El calor que provocan nuestros cuerpos se confunde con el ambiente tórrido del verano de mi piso en pleno invierno. El sudor nos une, nos humedece y nos hace resbaladizos, como un par de peces intentando aparearse.

 

Me lame la espalda, salada, y se me bebe de un solo sorbo. Nos agitamos. Él conduce sus manos hacia mi sexo y me lo aprieta con fuerza, haciéndome sentir el latido de nuestros corazones, la sangre que corre acelerada hacia el placer.

 

Se lame la palma de la mano y me la pasa por los pechos, que lame seguidamente, bajando y bajando, hasta llegar a mi sexo. Yo me estremezco de placer. Más, quiero más. Estoy muy húmeda. ¡Tengo ganas de sentirlo dentro de mí, tengo ganas de que sea mío, que me penetre, que me abra como una sandía, que me parta de placer, que me profane de gozo! ¡¡¡Tengo ganas que me penetre de una vez por todas!!!

 

Me giro y le beso en la boca. Nuestras lenguas se encuentran. Le muerdo el labio inferior un poco cortado por el frío invernal. Le chupo la lengua, le lamo la cara, las orejas, el cuello. Querría comérmelo. Acaricio su pecho, lleno de un ligero vello oscuro. Su cuerpo me acerca hacia él y me clava los dientes en la yugular. Me vampiriza.

 

La excitación es máxima. Me pongo de cuatro patas y acerco la boca a su sexo. Él, aún de rodillas encima de la cama, se deja hacer. Fuera sigue nevando. Mañana Barcelona se levantará blanca y yo no sé si lo haré para ir al trabajo. Llevo mi boca hacia su pene, normal y duro, que se alza desde el vientre señalando las estrellas más allá del techo, del suelo, de las nubes preñadas de nieve… Yo, muy poco a poco, me lo pongo entre los labios, entre los dientes, que clavo muy poco, justo para hacerle saber que están allí.

 

Gime de placer. Sé que le agrada, sé que le excita. Inicio el vaivén muy lentamente. Primero, sólo chupando el glande y, después, tragándomelo entero. Lo saboreo, hago pasar mi lengua por cada uno de sus rincones, por cada una de sus intimidades. Está tenso, el cuerpo al límite.

 

Me retiene la cabeza suavemente con una mamo mientras con la otra aguanta su cuerpo tirado hacia atrás. Me libero fácilmente de la prisión y, sin dejar de acariciarle el pene, le lamo los testículos que están duros, con el pelo erizado. Le araño los muslos.

 

Lo dejo y me estiro, con la espalda un poco levantada, apoyada en los cojines. Ahora soy yo la que ofrece su sexo para recibir atenciones. Él no lo duda ni un momento –sé que le encanta darme este tipo de placer- y acerca la cabeza a mis muslos. Primero me lame la ingle, de manera sutil, intentando desviar la atención de lo que será su objetivo, pero no se entretiene. Mejor. La excitación es demasiada y el destino no se puede retardar mucho más. Se me pone en la boca. Me chupa y me lame hasta hacerme olvidar quien soy y por qué estoy allí.

 

La cosa va rápida ahora. Ya no estamos por tonterías y los preliminares resultan excesivos.

 

- Quiero estar dentro de ti, ser tuyo.

 

Me giro y me pongo de cuatro patas, con las manos en la cabecera de la cama. Tengo ganas de sentirlo dentro y que se vacíe dentro de mí. Sigue acariciándome el sexo, el cuerpo. Sabe cómo me gusta y no lo olvida. Su sexo es un vicio y él es un adicto. Yo me estoy convirtiendo.

 

Lo siento resoplar detrás de mí. Por última vez sus labios húmedos se acercan a mi sexo y lo acarician, lo besan con ternura. Después, es su mano la que se pasa por el pene, casi masturbándose, para excitarme más. No puedo más, él tampoco. Me giro, lo estiro y me pongo encima de él. Le cojo el pene –esto lo excita aún más- y, poco a poco, lo conduzco hacia mi sexo. El acoplamiento nos hace estremecer casi al borde del orgasmo. La piel se nos pone de gallina y una sonrisa maliciosa se dibuja en su cara. Los ojos le brillan y parecen agujerearme de amor.

 

Está dentro de mí y yo empiezo a moverme. Gotas de saliva me caen por la comisura de los labios y van a parar al cuello. El sudor resbala abajo yendo a parar a la unión de nuestros cuerpos. Nos agrada sentirnos hasta el extremo. Disfrutamos y gozamos al máximo. Nos movemos y nos agitamos, sonreímos y gemimos. Nos lo estamos pasando increíblemente bien. Estamos a punto de llegar, pero decido esperar un poco más. Hago un gesto que interpreta correctamente y nos separamos. Ahora es él el que quiere coger las riendas. Se pone sobre de mí y me penetra. Casi nos perdemos en otro espasmo y un largo escalofrío nos recorre a la vez, pero se detiene a tiempo. Una de sus manos me coge el cuello y me hace alzar el cuerpo, que tiembla a cada embiste. Con cada embestida me destroza un poco más; se me mete más adentro buscándome el alma, aquel espíritu que me hace gozar con la desazón de este momento. Con la otra mano me acaricia los pechos con violencia, pero no me hace daño. Nunca me ha hecho daño. Lo que quiero es sentirlo cada vez más intensamente. Más fuerte. Más salvaje.

 

Me acaricia el cuello, el vientre firme que tanto le gusta y me muerde la oreja. La acción no pierde velocidad y se acerca al precipicio del final de la carretera. Sé que, cuando estemos allí, la única solución será apretar el acelerador, mirar hacia delante y agarrarse con fuerza al volante para intentar no perder la conciencia. Acerca su boca a mi otra oreja y, cuando espero que también me la muerda me dice:

 

- Te deseo tanto...

 

Esto me excita aún más y me hace sentir por él el amor más profundo. Quiero su leche. Estoy a punto de llegar al orgasmo y él lo sabe. También está a punto. Nos agitamos. Nos movemos. Sólo unos segundos más y viajaremos hacia este nuevo imperio de los sentidos. Ya está, se acerca, se acerca. Todo lo de antes ha sido un paréntesis, un oasis de placer que no tiene nada que ver con lo que vendrá. Nuestra respiración está acelerada. No para de acariciarme, de hacerme sentir la mujer más deseada. Ya empiezo a notarlo; un hormigueo que nace a la altura de los riñones y me los deja como doloridos, después pasa hacia arriba, recorre el sexo, los genitales  y sigue por el resto del cuerpo. Se para. ¿Por qué se para?

 

¡No! Sigue otra vez... Avanza hasta al final; la carrera llega a la meta y explota. ¡¡¡Ya está aquí!!! Por fin, por fin. Me corro y noto como él lo hace poco después. Nos vamos juntos. ¡Genial, realmente estremecedor! Estamos satisfechos, cansados y complacidos. Hemos tenido el orgasmo casi a la vez. Nos dormimos abrazados…

 

Abro los ojos. Miro a mi alrededor y él ha desaparecido. Vuelvo a estar sola. ¡No ha sido más que un sueño, que mierda!

 

Escucho un ruido conocido, pero se me hace extraño en aquellos momentos. Es el del agua que corre… Me giro y miro en dirección a la pared del lavabo. Una figura, la de él, se intuye más que se percibe, desdibujada a través de los cristales translúcidos. Se está duchando. No ha estado ningún sueño. Esto me hace sonreír y una nueva excitación recorre mi cuerpo, poniéndome la piel de gallina. No sabe la que le espera cuando salga de la ducha o… mucho mejor, me voy a meter yo también en ella.

 

Se levantó, miró por la ventana una ciudad blanca, blanquísima y salió de la habitación. Ya no hacía aquel calor sofocante de hace unas horas. Tenía frío. Entró en el lavabo y lo sorprendió debajo del agua caliente… Vaya, ha reprogramado el dichoso aparato… Quizás ahora sí usaremos la vaselina...

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¡devuelve la vaselina..


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