Algo más que un juego

Que el paintball es un juego de origen militar no es ningún secreto. Lo sorprendente de la experiencia es la cantidad de objetores de conciencia que se apuntan. En mi grupo había dos antiguos objetores, el Cojo y el Bibliotecario, y otro, el Niño, que no hizo la mili a base de pedir prórrogas.

 

¡Lástima de juventud! Se han perdido inolvidables experiencias como vivaquear en la nieve con principios de hipotermia, dormir en la intemperie entre el barro y bajo la lluvia, los arrestos arbitrarios, la anulación de permisos en el último minuto y la "cálida" convivencia entre veteranos y reclutas, sin olvidar la colección de fotografías a lo Rambo para fardar con los colegas y tratar de impresionar a alguna incauta.

 

Oigo al instructor del juego, un antiguo miembro de la Bandera de Operaciones Especiales de la Legión. En la mili conocí un poco a esa unidad. Tipos duros. Eran capaces de beberse una botella de coñac entera de golpe por una apuesta de 100 euros y sobrevivir al pelotazo.

 

Los peligros del juego nos quedan claros. Las "bolitas" de pintura pueden hacer daño si se disparan en las narices sin llevar máscara, o en otras zonas sensibles como el bajo vientre. Además está prohibido emplear técnicas más domésticas como pegarse, morderse o tirarse de los pelos. Nos hace firmar un papel por el que no se les puede responsabilizar de los muertos y heridos graves que puedan producirse.

 

El primer combate es una "gamberrada" para el atacante. Debe avanzar al estilo de los 20 primeros minutos de "Salvar al soldado Ryan" frente al adversario fortificado y en igualdad numérica. El Cojo, que se auto-elige como líder, rechaza cualquier sutileza táctica así que cada uno va por su cuenta. Afortunadamente el enemigo dispara peor que un ciego bebido. Aun así alcanzan al Niño, que un arrebato de brillantez había decidido avanzar por el centro pecho descubierto. El Cojo, en una rápida carrera, ataca por el flanco y en vez de ser acribillado, como sería lo normal, sorprende al enemigo y lo aniquila en una operación impecable.

 

Cuando invertimos los papeles, aniquilamos al adversario sin más dificultades que un alumno de la ESO en hacer campana.

 

En el siguiente combate la situación también fue favorable a mi equipo. Sin embargo, allí fui abatideo. El Bibliotecario se me puso delante anulando mi campo de tiro y cuando saqué la cabeza para ver qué se podía hacer me dieron de pleno en la cabeza. Me sentí como Ortíz de Zárate en Zelata, donde por levantar la cabeza para decirle a un soldado que estaba mal colocado se la volaron.

 

El siguiente escenario era muy difícil para nosotros ya que teníamos que atacar cuesta arriba y sin coberturas. Era necesario arrastrarse para alcanzar al adversario. Noté que el tiempo había pasado desde que dejé el gimnasio. Además de sufrir agujetas, inicié un duro combate con las zarzas que, a traición, me infligieron algunas heridas.

 

Mientras yo me debatía en un duro cuerpo a cuerpo con las zarzas, el combata se libraba a mi alrededor. El enemigo disponía de información privilegiada sobre nuestra posición. El Cojo volvió a emplear su táctica de flanqueo a la carrera pero esta vez le alzanzaron a bocajarro. Finalmente quedó un enemigo y yo mismo, que me había quedado rezagado por la lucha cuerpo a cuerpo con la zarza.

 

En definitiva, nos lo pasamos "de muerte" sin apenas hacernos daño y lo más importante: sin cabrearnos.

Comentarios

Una cosa: situa a "el Niño" y a "el Bibliotecario", pero... ¿Quién coño es "El Cojo"? Pues no caigo, no...


En relación a la frase: " (...)Afortunadamente el enemigo dispara peor que un ciego bebido..." debo añadir que esta enemigo disparó directamente a la mollera del susodicho, a pesar de su estado de embriaguez punteriística.


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