SE BUSCA AYUDANTE DE SHERIFF
Por si alguien aún no se ha enterado, se ha convocado una promoción interna entre los asistentes de sala para conseguir la plaza de supervisor. Vamos, para sustituir a Carmen cuando ella no esté. Viene a ser algo así como un ayudante del sheriff. A mí me recuerda más a mis tiempos del colegio. ¿Quién no se acuerda del “delegado de clase”? Todos tenemos un pasado, que ya tenemos una edad. Es el momento de confesarlo, ahora que está de moda salir del armario, y más si sacamos pecho por haber visto Heidi y Marco. Por cierto, esos dibujos animados que veíamos de pequeños eran unos auténticos dramones. En Heidi tenías a Clara, una niña paralítica, y en Marco, a ese niño italiano que se pasa toda la serie buscando a su madre. No, si ahora entiendo esa cara de amargado que tiene alguno en el trabajo.
Como me tocó vivir la época gloriosa de la EGB os hablaré de la figura del delegado de clase para los que estudiaron en los ochenta. Imaginad la acción y poned música del tipo “Cuéntame cómo pasó”. Pensad en esos antiguos compañeros de clase (esos que conocíais por los apellidos) y en ese año que el profesor llega un día a clase y dice la frase mágica: “Hay que escoger un delegado de clase”. Era la oportunidad de hacer algo que nos hiciese parecer a nuestros padres. Y a todos nos apetecía el tresa elección popular. Después de ser aclamado en votación, el futuro delegado pasaba a ser muy popular. Debía reunir una serie de características: Ser buen estudiante, de notables (si sacaba sobresalientes estaba peor visto), vestía como todos (según nos disfrazaban nuestras madres) y lo más importante, hacer la vista gorda cuando le tocaba vigilar a la clase. Incluso avisaba cuando volvía el profesor y tocaba disimular. Además, las chicas se lo rifaban para hacer los trabajos y siempre era escogido entre los primeros cuando se hacían los equipos de fútbol (un día explicaré auma que provocaba ser escogido en última posición). Nunca nadie les podía pegar ni insultar porque se movían por el recinto del colegio con su propia guardia pretoriana. Con el tiempo, estos delegados fueron invitados a todas las fiestas, porque eran los más enrollados de la clase. Esa sí que era buena vida...
Pero no siempre se elegía de forma democrática. Pronto descubrimos que ser escogido por el profesor como delegado no tenía ni una sola cosa buena. Bueno, sí, a alguno le sirvió para chivarse de algún compañero al que le tuviese ganas (es hoy y todavía te acuerdas de ese “angelito” que te delató y por su culpa visitaste al director). En esos casos el elegido tenía un perfil muy marcado. O sea: Tipo delgado, con gafas, cara de empollón repelente y repeinado. Con esa imagen, tenía todos los números para ser uno de los más odiados de la clase. Además, la mayoría de esos delegados de clase se ganaban el rechazo de los compañeros de manera justificada. ¡Qué le costaba hacer la vista gorda cuando el resto de la clase hablaba o jugaba con avioncitos de papel! (y pensar que ahora juegan en clase con la Game o el móvil). Pues nada, se pasaba un buen rato apuntando en la pizarra los nombres de los compañeros que se habían portado mal. Y claro, después tocaba castigo y visita de los padres (antes de la ESO, que fuesen tus padres te “acojonaba” un montón). En aquel momento te aguantabas, pero jurabas venganza contra ese “capullo” (futuro empleado de Recursos Humanos de alguna empresa) y esperabas tu oportunidad, que llegó sobretodo en el “recreo” (para los más jóvenes, la media hora que se tenía para zampar unos bocadillos enormes). Bueno, antes el delegado ya había sufrido la pérdida del correspondiente bocata (de ahí que la mayoría fuesen tan delgados). Si había un lugar donde nadie podía estar tranquilo ese era el patio. Ahí sólo se sobrevivía si no te metías con nadie o tenías algún padrino que te protegiese (por eso era bueno tener por amigos a los matones de la clase). Y como si de la mafia se tratase, se buscó una forma de hacer pagar al delegado sus chivatazos de forma que “pareciese un accidente”. Y es ahí donde aparece un juego ideado con muy mala idea: “El burro”. Para los menos puristas, os estoy hablando del “Churro, mediamanga, mangotero”. El nombre del juego no sé de dónde viene pero seguro que el creador ahora trabaja en una empresa de publicidad ideando frases ñoñas para anuncios de compresas. Por si alguien estuvo estudiando en el extranjero, sólo tiene que mirar la foto de más abajo y pensar de la que se libró.

Los niños ya no iban al pediatra, ahora el que les daba las piruletas era el traumatólogo. Seguro que hay algún documento sobre la Inquisición donde se cita un tipo de tortura parecida al “burro”. No hace falta que os diga a quién se colocaba en la última posición. Habéis acertado, el delegado de clase era el “afortunado”. El que haya jugado alguna vez sabrá lo que se sentía cuando tres de los niños más gordos de tu clase se te caían encima y te clavaban las rodillas en tus tiernos riñones. Pues eso, que a más de uno se le quitaron las ganas de presentarse a la reelección. Generalmente, los mandatos eran de sólo un año. Solían dimitir por temas de salud. Así que si un día veis que los asistentes de sala están jugando al “burro”, mirad al último de la fila y sabréis donde está el nuevo supervisor...