YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA (2)

 

 

 

En el capítulo anterior...

Un frío, crudo y lluvioso día de invierno, un, en un principio, afable turista vascongado acude al Museo Marítimo de Barcelona con la intención de pasar un rato agradable en un entorno cálido que le permite saciar sus ansias culturales y, de paso, secar los ropajes que han quedado empapados por culpa de la lluvia. Tras la traumática experiencia vivida en el mostrador de taquillas, dónde perdió sus buenos diez minutos únicamente para adquirir una entrada, y una vez dejados sus pertrechos en una de las consignas de a 50 céntimos, pone rumbo decidido hacia la entrada, dónde aguarda impertérrito el auxiliar de sala encargado del control de entradas…

 

-         Su entrada, por favor.

-         (“Me parece que este pavo de la barba blanca me está diciendo algo, pero cojones, no oigo nada con este trasto en las orejas, que no hace más que decirme cosas sobre botones verdes y rojos y capulladas varias. ¡Jodó, el tío es clavadito al capitán Pescanova, qué acertado ponerlo aquí.) (Se quita los auriculares”. - ¿Decía algo?

-         (El capitán Pescanova, todavía impertérrito). – Su entrada, por favor.

-         ¿Mi entrada dice? Sí, espere… (echa mano a todos los bolsillos, que son muchos porque lleva unos pantalones del Coronel Tapioca, pero no encuentra nada). – Cagóndiós, dónde cojones he puesto la dichosa entradita. ¡Nada más me falta eso, tener que volver a vérmelas con el puto funcionario de la entrada! ¡Ah, ya recuerdo! La dejé en la mochila, señor barbiblanca; es que la delincuente esa del mostrador de las audioguías me dijo que tenía que dejarla, que no podía pasar con ella…

-         (El capitán Pescanova, cual autómata). – Su entrada, por favor.

-         (Me cagüenmimalasuerte). – Ahora vuelvo.

 

Regresa a la taquilla número 65, introduce la llave, la monedita se cae al suelo con tan mala suerte que, rebota contra el pie del vasco y se cuela por debajo de uno de los cajones grandes.

-         ¡Sólo me faltaba esto! No, si este puto museo va a ser mi ruina, al final…

 

Resignado, extrae otra monedilla de 50 céntimos del bolsillo y, tras recuperar la entrada, vuelve a guardar la mochila. Se dirige hacia el capitán.

 

-         Su entrada, por favor

-         Aquí la tiene, cómasela si quiere.

-         ¿Eh? Sí, sí, vale, vale… (la rasga y se la devuelve).

 

Nada más traspasar el dintel, el turista topa con la cruel realidad.

 

-         (¡Vaya frío que hace aquí! ¡Qué hijos de la gran p***, los cabr***** han creado un microclima caribeño en el vestíbulo para engañar a los turistas, pero cuando entras en el museo resulta que parece la Antártida. ¡Con razón el Capitán Pescanova iba abrigado hasta las cejas! Paciencia, Patxi, persevera e intenta disfrutar cuanto puedas de la visita. ¿Y ahora qué cojones pasa? Aquí no hay numeritos ni nada que se parezca, sólo un enorme mostrador vacío y una subalterna de esas a la que no me atrevo ni a acercarme, qué cara de mala ostia que tiene la tía. ¡Y encima el puto trasto este, que ahora se pone a hablar en alemán! No, si al final voy a tener que pedir ayuda…) – Perdone señorita (con voz melosa y tremulosa a un tiempo). – Creo que me han dado un trasto equivocado, porque me está hablando en alemán.

-         Eso es porque ha tocado dónde no debía (coge la audioguía, trastea unos cuantos botones y, por arte de birlibirloque, vuelve a escucharse en castellano). Tenga, y no me toque los botones del volumen si no hay audición en marcha porque entonces lo que pasa es que cambia de idioma. (Marcha rauda a abroncar a un descuidado turista de Yokohama que no deja de hacer fotos con flash a la Santa Madrona).

 

-         ¡No, si ahora resulta que es culpa mía, por zoquete! Ya no pregunto más, y me meto por este pasillito de aquí que pone CROACIA. ¿Qué demonios tendrá Croacia que ver con un Museo Marítimo?

 

El pobre Patxi cruza la expo temporal de Croacia sin entender un pijo y, finalmente, y sin mayores altercados, logra llegar hasta el entorno de los descubrimientos.

 

-         Aquí quería llegar yo. ¡Por algo que tiene que ver con el mar! ¡Oh, mira, si son las carabelas de Colón, qué maravilla! (Se detiene embobado frente a La Niña). ¡Qué paz, qué tranquilidad… y qué frío, cojones! Pero bueno, al menos podré disfrutar cómo se merece este gran momento de la historia de la navegación española…¡Socorro, pero qué es estooooooo!

 

De repente, un aguerrido grupo formado por 25 adolescentes de Cornellà, liderados por un una guía afónica que a duras penas logra conducir al rebaño, toma al asalto toda la sala de los descubrimientos, armados con un enorme maletón con ruedas y dos bolas del mundo erguidas sobre sendos tubos escorados hacia estribor. El pobre vascongado apenas si tiene tiempo de lanzarse en un cuerpo a tierra repentino hacia la Santa María de la Victoria que evita que muera aplastado bajo las huestes del área metropolitana.

 

Se reincorpora con un ágil respingo a lo Jackie Chan y se revuelve con la intención de hacer frente él sólo a los 25 enemigos, pero tiene que tragarse el orgullo cuando un imponente émulo de Eminem, ataviado con pantalones blancos sobretallados, chaqueta con capucha negra adornada con la efigie de un rapero que yergue el dedo índice en actitud amenazadora, y gran profusión de cadenas y collares al cuello, le dedica una mirada feroz en la que se lee claramente “Apártate de mi camino o te rompo las piernas, capullo”, al tiempo que hace añicos con una mano el potecito con pimienta que, con objeto de hacer un estudio sobre las especias que fue a recabar Colón, amablemente le había cedido la monitora afónica segundos antes.

 

-         Yo me largo de aquí que aún voy a pillar. ¡Están locos en este museo! – Baja por la rampa de la galera - ¡Lamadrekemeparió, cacho de trainera que gastan aquí! Ostia, me parece que, sólo por esto, igual la visita hasta la vale la pena. ¡Qué imponente la popa y toda su parafernalia! ¡Qué enormes los remos! ¡Qué caña el espolón de proa! ¡Qué maravilla el decorado de la zona noble! ¡Qué mierda es esto que me está cayendo en el ojo! – Mira hacia arriba - ¿Será posible? ¡¡¡Pero si en este puto museo hay goteras!!! Pero mira qué charco en la rampa esta, si es para matarseeee!

 

No bien pronuncia estas palabras se pega un resbalón de aúpa y cae al suelo sobre la rabadilla, lo cual le hace proferir un grito que se oye en varios kilómetros a la redonda. Rápidamente, la auxiliar de sala que vigilaba en la parte inferior de la galera, sube rauda los escalones, de cuatro en cuatro).

 

-         (Menos mal que alguien acude en mi ayuda, al menos eso sí que lo tiene el personal de aquí).

-         ¡Quiere hacer el favor de no gritar, caballero! ¡Que estamos en un museo, hombre! – profiere la susodicha con un extraño tembleque en su voz.

-         (Manda güevos) - ¡Pero no ve que me he caído por culpa del puto charco ese de aquí! ¡Lo que tendrían que hacer es echar menos broncas y arreglar el tejado, que alguien acabará matándose.

-         Déjese de zarandajas y levántese, pobre hombre, que parece un pordiosero y da mala imagen al museo. Ande, camine, camine, que hoy tengo un buen día y no lo voy a echar a patadas, que si me pilla en uno malo… Baje por esa escalera y prosiga la visita hacia la izquierda, a ver si viendo el audiovisual se le bajan un poco los humos.

 

Avanza hasta situarse frente a la puerta de madera del audiovisual de los grillos.

 

-         ¿Y qué cojones se supone que debo hacer ahora? ¿Meterme en ese zulo? ¡Como las gastan aquí, igual me gasean, que dicen que los catalanes son muy suyos? – (Se abre la puerta automáticamente) - ¡Coño, qué susto! A ver, me asomo… ¡Rediós, si no se ve nada, esto está más oscuro que la boca del lobo.

 

De repente, el mismo grupo de Cornellá de antes, con un sigilo impropio de un cuarto de la ESO, y tras ganarle la espalda, entra en tropel , empujándolo hasta casi aplastarlo contra la pantalla. Ocupan los dos bancos. La puerta se cierra automáticamente y Patxi queda encerrado con los psicópatas afectados de acné.

 

-         “No pierdas la calma, Patxi, alguna manera habrá de salir con vida de esta” – (PRONTO SALDRÁ EL SOL, SIEMPRE EL MISMO, PERO NUNCA DE LA MISMA FORMA…) - ¡Aaaarrgghhh! ¡Una voz de ultratumba! ¡Sáquenme de aquí, por favor, ayuda! – Patxi pierde el sentido.

 

Cuando se despierta, magullado por los pisotones de 25 salvajes en edad de meterse pastillas hasta el píloro, descubre con pavor que lo que parecía una pantalla, en realidad es una enorme puerta corredera que ya se está cerrando. Detrás de ella se aprecia un resquicio de luz.

 

-         No pienso morir aquí. – Rápidamente, se levanta como puede, lamiéndose las heridas de los labios y, cuando apenas queda una ínfima ranura entre la pantalla y la pared, logra escabullirse con un salto felino. Aterriza sobre unas balas de algodón, acción que provoca una considerable polvareda. Afectado de una alergia galopante, Patxi empieza a estornudar ruidosamente. - ¡Aaaatchís, aaaatchís!

-         ¿Pero no le he dicho que no arme tanto escándalo? – La misma subalterna de voz trémula de antes - ¿Pero que hace ahí tirado, y con esas pintas? ¿Le parece normal a usted? ¡Que ya va teniendo una edad como para ir haciendo gamberradas! Ande, ande, salga de ahí y continúe por aquí, que ya le queda poco…

 

Arrastrando la pierna izquierda, que ha quedado maltrecha tras el salto, con la ropa hecha jirones por el asalto adolescente, los ojos irritados por la nube de polvo que lo ha cubierto, y estornudando sin parar, Patxi logra abrirse paso como puede hasta la zona de los vapores. Allí, descubre el enorme banco de madera de dos pisos y cree haber hallado su salvación.

 

-         ¡Un banco! ¡Por fin! Mimportaunamierda lo que me diga la subalterna. Yo me voy a tumbar aquí un ratito a recuperar el aliento y luego me largo sin mirar atrás. ¡Ayyy!, me duele todo. ¡Uf, menos mal que aquí parece estar todo tranquilo… Pero… ¿qué es eso que viene por ahí?

 

Capitaneado por un señor medio calvo que cojea ostensiblemente y que no para de realizar grandes aspavientos con brazos y manos, avanza de forma inexorable en formación de a dos una columna de críos de cinco años, todos ellos con un chándal verde y amarillo, y que responden a la pregunta de «¿Qui som nosaltres?» que profiere una joven maestra con el grito de «¡ELS RATOLINS!»

 

-         Seieu aquí, en aquest banc – dice el cojo – que ara us explicaré com he d’entrar al Planetari.

-         Pero, ¡noooo! ¡Encima mío noooooooo! (Patxi rueda sobre su propio cuerpo desde lo alto del banco en un intento por evitar que Els Ratolins lo tamicen entre los tablones del asiento. Pero el impulso que toma es tan grande que, una vez en el suelo, sigue rodando hasta topar contra un pequeño andamiaje situado frente a un enorme (y horrible) cuadro del puerto de Barcelona que están restaurando. Cuando abre los ojos, topa con un extraño ser que lo mira desde detrás de unas gafas de soldador y una máscara antigás como las que reparte en Israel cada vez que andan a la greña con los del Líbano. - ¡Aarrggh! ¡Socorro! ¡Me han abducido los extraterrestres! ¡No quiero que hagan experimentos con mi cuerpo!

 

La restauradora, escalpelo en mano, intenta tranquilizar en vano a Patxi.

-         No, mire, me parece que se equivoca, yo no quiere hacerle daño – le dice apuntándole con la afilada arma.

 

Patxi no oye nada, sale a correr a toda ostia, enfila el pasillo de vestuarios aún sin saber a dónde conducirá, se arranca la audioguía del cuello de un tirón, la lanza contra el mostrador de taquillas al pasar por al lado y pone pies en polvorosa, subiendo la escalera de acceso al museo al tiempo que se le oye gritar:

 

-¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA! ¡YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA!!!!

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