YO SÓLO QUERÍA UNA ENTRADA
Visitar un museo, en teoría, parece fácil. ¡Hasta un niño podría hacerlo! Llegas, compras tu entrada y lo visitas. Punto pelota.
Sin embargo, ¿qué pasa cuándo un inocente turista llega al Museu Marítim con la sana intención de pasar un par de horitas entre estas centenarias paredes? Prepárense, porque comienza... ¡
Permitidme que, en un alarde cinematográfico al alcance únicamente de directores de la talla de Kubrik, Eisenstein, Welles u Ozores, me introduzca subrepticiamente en el cerebro de un afable visitante de, pongamos, las Vascongadas, que acaba de entrar por la puerta del museo, una mañana lluviosa de crudo invierno...
«Caramba, pedazo de vestíbulo tienen en este museo... Y qué calentito se está. Aquí podré guarecerme de ese puto txirimiri que hace fuera... ¡Ahívalaostia, pedazo de cartelón de precios, si tienen más combinaciones que el menú del McDonalds!»
«- Muy buenas, caballero. Deme usted una entrada.»
- ¿Sólo para el Museo?
«Coño, a ver si resulta que también tienen un cine, aquí. Mantengamos la compostura». «¿Es que se puede ver algo más?»
(Cara de perro del taquillero de turno). - Pues puede usted ver únicamente el Museu Marítim, con su correspondiente exposición permanente, pero también tenemos una exposición temporal sobre Leonardo, que se paga aparte. Aunque, si lo desea, puede comprar una entrada combinada Museo+Leonardo. Si sólo quiere museo cuesta 6,50 eurazos de nada; si sólo le interesa Leonardo, va a tener que apoquinar 6,50 del ala; si prefiere la entrada combinada, Museo+Leonardo, le hacemos una magnífica reducción y la broma le queda únicamente por 9,75 €. Las audioguías están incluidas en el precio, pero sólo funcionan para el Museo, no para Leonardo.
«¡Qué cachondo el funcionario! Pero la verdad es que no me he enterado de nada.» «-Oígamusted, y eso del "Trip Inside the Port o Trip Outside the Port" que vienen en el menú sobredimensionado ese que tiene detrás, ¿qué es?».
- ¿Conoce usté las Golondrinas?
«¡No te jode el listillo, que si conozco las golondrinas! ¡A todas y cada una de ellas, y por el nombre, aunque en mi pueblo abundan más los vencejos! Respira Patxi, que aún vamos a salir a ostias de aquí...» «-¿Golondrinas? ¿Qué es eso de las Golondrinas?» (cara de incipiente nerviosismo).
- Son unos barquitos que dan paseos por el puerto. El de
(El pobre vascongado empieza a bizquear). «¡Deje, deje, no se líe! ¿Y eso del Mirador de Colón? (joder, se m'ha escapao, por qué cojones no aprenderé a tener la boquita cerrada)»
- Es un ascensor que le sube hasta lo alto del monumento a Colón que hay al final de las Ramblas, pero me parece que hoy está estropeado. Si se espera un momentito, tendría que llamar...
- «¡Olvídelo! Mire, de verdad, yo sólo quería una entrada, normalita, como esas que te dan en todas partes y que te sirve pues para eso, para entrar, y echar un rato en algún sitio. Deme la más sencillita que tenga, se lo ruego... (sudor frío que empieza a caerle por el espinazo)»
- Así pues, será sólo museo. ¿Es usted jubilado?
«¡Manda güevos! Ya mestá cargando el tipo este del polito blanco.» «Pues no, no estoy jubilado, lo que pasa es que trabajar todo el día en el astillero envejece, caballero, pero aún me queda unos añitos».
- No se me violente, señor, que se lo decía porque si es jubilado la entrada es más barata. Son 6,50 €.
- «Eso es, ahí quería llegar yo. Venga, cóbrese rapidito que no vea la cola que estamos montando»
- Por la cola no se preocupe, no tengo prisa, yo no plego hasta las ocho de la tarde... Lo que pasa es que no aceptamos billetes de 100 euros. ¿No tendría algo más pequeño?
«Mecagüenmimalasuerte, pues sí tengo algo más pequeño, justo en el bolsillo, es de Albacete, automática, y de buen grado la abría ahora mismo y te seccionaba con ella la yugular.» - «Pues mire, no, vengo ahora mismo del banco, y es lo que me han dado, qué quiere que yo le haga».
- Pues no le voy a poder cobrar. Vaya a las Ramblas, a ver si allí le dan cambio...
«Cuenta hasta diez, Patxi» - «¿Y
- Ningún problema señor. ¿Me deja su carné de identidad?
- «Faltaría más, y si quiere también le presto el carné de socio del Athletic, ya que estamos»
- Je, je, qué gracioso es usted. Tenga, fírmeme aquí. Mire, esta es su entrada. Ahora, si es tan amable, en el mostrador de aquí al lado mi compañera (bueno, no es mi compañera, en realidad es una chica que nos mandan de Justicia Juvenil porque habrá cometido algún delito y, como es menor, le hacen purgar la pena en el Museo), le dará la audioguia en el idioma que usted elija. Pero antes, eso sí, debería dejar esa enorme mochila que lleva a la espalda en las taquillas. Necesitará una moneda de 50 céntimos.
«Madredediós, con lo bien que estaba yo en mi Bilbao, ya me podría haber recorrido el Guggenheim cuarenta veces. Y ahora qué, dejaré la mochila ahí, y a lo mejor va la delincuente esta y me lo choriza todo... ¡Paciencia, Patxi, haz lo que te dicen, estate calladito y de aquí un año te reirás recordando la visita a Barcelona»
(Deja la mochila y va a hablar con la presidiaria).
- «¿Me da una audioguía?»
- ¿En español?
(«No, mira, me la das en esperanto, y así practico») - «Pues sí, en español, que soy de Bilbao y, aunque lo parezca, no estoy jubilado, es el trabajar al aire libre, que curte la piel y encanece el cabello (se lo suelto todo antes de que empiece a preguntar otra vez)»
- Aquí la tiene. Sólo tiene que marcar los numeritos que vaya encontrando por el museo. Pero recuerde que no siguen un orden lógico («ya me extrañaba a mí que hubiesen pensado algo fácil») y, cuando entre, primero tendrá que atravesar una pequeña exposición sobre Croacia que no tiene audiciones, pero luego enseguida empiezan. Si tiene alguna duda, pregunte a cualquiera que vaya de blanco y azul («eso, y con la suerte que tengo, seguro que es un urbano y me detiene por hacerme pasar por jubilado»)
Las vicisitudes del pobre turista vascongado continuarían en el interior, pero dejaremos dichas reflexiones para un próximo artículo...