JUEGOS DE GUERRA: PAINTBALL
Cinco de la tarde. Calor asfixiante: 27 grados. Ni una gota de aire. Bosque cercano a Sant Pere de Ribes. Un BOE. Ocho valientes. Asistentes de sala. Museu Marítim de Barcelona. Dos equipos. Armas cargadas con pinturas. Estrategia. Adrenalina. Compañerismo. Sudor. Esfuerzo. Dolor. Diversión. Un objetivo: sobrevivir.
Por si no lo habéis adivinado, ayer un grupo de asistentes de sala pasó una fantástica tarde perdidos en un campo próximo a Sant Pere de Ribes disfrutando del paintball. Hay muchas formas de fomentar el compañerismo pero pocas tan divertidas como reunir a siete compañeros en una jornada de deporte y aventura. Ni siquiera una inesperada baja de última hora arruinó lo que prometía ser un gran día lleno de emoción y diversión por igual. Al final se pudo convencer a un octavo valiente, pese a su precario estado físico, para que se sumase a la fiesta. Y os podemos asegurar que se vivieron instantes memorables, hilarantes por momentos, llenos de emoción y diversión a raudales. Por suerte este blog contaba con un redactor desplazado allí para contarlo. Cual redactor de guerra, se jugó la vida por captar las mejores imágenes y dar cierto realismo y épica a lo allí vivido. A pesar de algún tipo de sabotaje, como un lanzamiento a la piscina incluido, mantuvo el tipo en todo momento.
Esta iniciativa, más propia de los departamentos de recursos humanos de otras empresas, surgió de las mentes inquietas de varios compañeros que deseaban disfrutar de una actividad divertida y excitante en compañía de otros asistentes de sala. Y no se les ocurrió otra cosa que pasar unas horas en el campo disparándose bolas de pintura, como si de comandos especiales se tratasen. Lo que al principio parecía una locura se acabó convirtiendo en una realidad con el paso de los días. La convocatoria fue recibida con buenos ojos por los más intrépidos o frikies, como se les quiera llamar. Sólo faltaba decidir la fecha y el lugar. Una vez resueltas estas incógnitas sólo cabía esperar que la inscripción fuese la necesaria para la práctica del paintball (ocho participantes como mínimo). Como la iniciativa partió de los “canguros” (descansan de miércoles a viernes), el jueves día 10 de mayo fue el día escogido. Se buscó una empresa que contase con campos de bosque, y la mejor opción pasaba por ir a un lugar cercano a Sant Pere de Ribes. No faltaba nada, todo estaba preparado para el gran momento. A las cuatro de la tarde, ocho valientes (insensatos también) se dirigían hacia el campo de batalla dispuestos a dejarse la piel en el empeño (o lo que no fuese la piel). Media hora más tarde alcanzaban el objetivo. Ya no había marcha atrás.
Una vez allí, un monitor les esperaba para acompañarles durante esas tres horas de juego. Las sonrisas nerviosas ante lo desconocido eran la nota dominante. Nos ataviamos con unos monos que poco tenían que ver con los del ejército, tal y como alguno pensaba. Más bien parecía que nos íbamos a fumigar algún campo. Por suerte, estos compañeros tienen parejas, porque así no iban a ligar mucho. Una vez vestidos con nuestro uniforme de comandos especiales fumigantes, nos dirigimos hacia el campo donde se iba a desarrollar la acción. Eso sí, menos un grupo de elite del ejército, parecían cualquier cosa. Los adjetivos os los dejamos a vosotros a tenor de la imagen de aquí abajo.

Se nos hizo entrega del material necesario para el juego: chaleco antibalas, casco, brazalete de identificación, pistola y papel higiénico (supongo que por si te cagabas de miedo y...). Por último, la responsable del grupo firmó un papel de responsabilidad civil por si pasaba algo no deseado (estas cosas no ayudan a relajarse). Sólo faltaba ir al campo de batalla para iniciar el juego. Todo estaba listo para el gran momento por todos deseado. Antes se habían formado los dos equipos. Reeditando la batalla de los sexos, iban a luchar las chicas (Olga, Eulalia, Isa y Cristina) contra los chicos (Enric, Toni, Santi y Ricard). Abusones, pensará alguno, sin saber cómo las gasta alguna con un arma en las manos. Llegados al primero de los juegos, el monitor procedió dar la última charla a su tropa. Y es aquí donde más de uno se hubiese ido para casa corriendo.
Hasta ahora no me había parado mucho en la figura del instructor porque quería dedicarle un apartado especial. Por un momento, los valientes asistentes creían encontrarse ante una película protagonizada por Clint Eastwood. Al igual que el sargento Highway en “El sargento de hierro”, Jose, que así se llamaba nuestro instructor, nos acojonó con sus explicaciones militares y sobre los peligros que conllevaba un mal uso del arma. En una de estas esperábamos un alegato del tipo: "Soy el sargento de artillería Highway. He bebido más cerveza, he meado más sangre, he echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos, capullos". Para dejar claro quién mandaba allí, nos comentó que había pertenecido a las BOE (Bandera Operaciones Especiales de la Legión) años atrás. Su estampa, con un metro noventa de altura, tatuajes de todo tipo, y una cara de tipo duro no nos hacían dudar sobre su autoridad. Nos hizo una demostración práctica de la efectividad y contundencia de ese arma disparando pintura. Si quería asustarnos lo estaba consiguiendo. Nadie hablaba ni pestañeaba. Y la cosa fue a peor cuando nos avisó de lo que pasaría si alguno se quitaba el casco dentro del campo de batalla. Más o menos vino a decir algo así : “Si os quitáis el casco protector y os alcanza una bala de pintura cambiaréis la bola del ojo por el de la bola de pintura”. A alguno le daba la risa, pero más de uno amenazó con irse a la piscina. Le faltó decirnos, emulando al sargento Highway: "Estoy aquí para comunicaros que la vida tal como la habéis conocido ha terminado”.
Aún con el susto en el cuerpo, iniciamos el primer juego. Un equipo tenía que conseguir un pañuelo o bandera mientras el otro defendía la posición parapetados detrás de unas paredes, como si de un nido de ametralladoras se tratasen esperando que un enemigo asomase la cabeza para convertirlo en un pitufo azul. Lo curioso del caso era ver a tres objetores de conciencia pagando por disparar y reptando por una ladera. Si levantase la cabeza más de uno... El resultado final es lo de menos (ganaron los chicos). Sirvió para comprobar los moratones que dejan esas bolas de pintura si te alcanzan a escasos dos metros. Santi y Olga fueron testigos directos. También se demostró la peligrosidad que tienen las chicas del museo con un arma en sus manos. ¡Qué forma de disparar y de atinar!
El segundo de los juegos pasaba por ver qué equipo llegaba antes a la posición donde estaban dos banderas y conseguían que la suya permaneciese hizada al final del juego. Mucho más sueltos que al principio, la batalla fue mas cruenta y disputada. Ricard recordaba sus tiempos en el cuerpo de paracaidistas del ejército. No había narices a avanzar sin temor a ser acribillado por tanto francotirador apostado en la colina. Ganaron los chicos pero no antes sin sufrir varias bajas en sus filas. Las fuerzas se igualaban cada vez más. El miedo había dejado paso a la acción. Las primeras recargas no se hicieron esperar. No había que dar ventaja al rival.
Lo mejor estaba por llegar. El tercer juego se disputaba en cuerpo a cuerpo en un bosque sin parapetos para protegerse. Sólo ganaba el que eliminase por completo al otro equipo. La lucha fue sin cuartel, algunos se creían auténticos cuerpos especiales. No se cedía ni un solo metro. La francotiradora Eulalia mantuvo en jaque a Enric y Toni, que habían intentado infiltrarse en las líneas enemigas. Las chicas, ayudadas por el monitor, se anticipaban a cualquier movimiento enemigo y les esperaban emboscadas. Por momentos, no podían ni avanzar un metro sin ser acribillados por las chicas. En una maniobra harto dudosa, ellas se alzaron con la victoria. Antes, tanto Cristina como Isa habían alcanzado a algunos chicos provocando sus eliminaciones. Toni recibió un bonito “recuerdo” de una de sus rivales en la frente.
Por si faltaba poco, en la última partida había que disparar hasta quedarse sin municiones y no había eliminados. La adrenalina ya estaba disparada hasta límites insospechados. Al grito de kamikaze los chicos se lanzaron a cuerpo descubierto, sabedores que disponían de mayor munición. Acabado el juego, y con la sonrisa final de todos ellos, comentaron jocosos el desarrollo del mismo, en señal de camaradería. Objetivo cumplido. La piscina esperaba. Se lo habían pasado como nunca y esperaban poder repetir en otra ocasión, con más compañeros si podía ser, tanto de salas como de oficinas. Lo importante es pasarlo bien y hacer grupo. Nuevos tiempos han llegado al Museu Marítim de Barcelona.