NINETTE Y UN SEÑOR DE MURCIA
Por una vez me siento orgulloso del título escogido para presentar un artículo. No se trata de hacer un homenaje a uno de los mayores autores teatrales que ha dado este país, Miguel Mihura (no confundir con una ganadería taurina de enorme prestigio). Es más un intento por buscar una cierta analogía entre una de sus obras cómicas más emblemáticas, "Ninette y un señor de Murcia", y la historia que os voy a explicar a continuación, una anécdota que aconteció hace unos meses. Por culturizar un poquito a los lectores, comentar que no hace muchos años se estrenó una versión en la gran pantalla dirigida por José Luis Garci e interpretada por Elsa Pataky (si tienes menos de 25 años: sí, esa, la rubia buenorra de "Al salir de clase"). Para el resto de los mortales es esa actriz tan estupenda que hace pocos días nos alegraba la vista en la portada del Interviú. Aunque, personalmente, me quedo más con la adaptación que dirigió Fernando Fernán Gómez en 1965. Vale, no me enrollo más y procedo a explicar la historia.
Primero vamos a localizar en el tiempo y el espacio la acción que aquí nos ocupa. Nos encontramos en la entrada del museo, una tarde cualquiera de un mes que ahora no viene al caso. De lo que si se acuerdan los protagonistas de esta historia es del gran número de colegios franceses que tenían programada su visita esa tarde. Sólo de pensar en esos cientos de adolescentes, cuyas mentes y cuerpos no se estaban desarrollando en paralelo, más de uno se echaba a temblar. Y si además el responsable de los grupos tenía la tarde libre, era como para salir corriendo y no mirar atrás. Como dicen por mi tierra, para mear y no echar gota (es que son algo burros). Cualquier persona normal se hubiese venido abajo, pero hay una clase de superhombres (nada que ver con los de Nietzsche que tanto nos martirizaron en BUP y COU) que no se amedrentan ante nada ni nadie: los asistentes de sala. Que los pusiese allí Carmen (la Rijkaard de los asistentes de sala) no les dejó otra salida que acometer tan ardua tarea. En días de tanto ajetreo de grupos, esperas y deseas que Carmen te destine a una zona tranquila, cual paraíso fiscal al uso, donde puedas pasar desapercibido, lejos de la primera línea de fuego para no tener que decir aquello de: "El cementerio está lleno de valientes".
De verdad que no exagero cuando hablo de valientes para controlar el acceso al museo de tanto grupo escolar que se acumulan en apenas unas horas. En esos días te acuerdas del "listillo" que admitió tantas reservas. Suele haber división de opiniones en los insultos, unos a padre y otros a madre para que no se peleen. Por suerte coincidieron dos asistentes experimentados y muy ágiles en su cometido. Dejaré para después a nuestra bella e inocente Ninette. Ahora me centraré en el otro asistente de sala. Todo un especimen en vías de extinción en la función pública, al que le encanta meterse en todos los "fregaos", lo más parecido al Señor Cuesta (presidente de la comunidad de la serie de televisión "Aquí no hay quien viva"), capaz de disolver una cola en taquillas en el tiempo que tardamos en encendernos un cigarrillo (leyenda urbana que corre por el museo). A este, en otros tiempos, la Vieja Guardia Pretoriana ya le hubiese leído la cartilla. Sin embargo, en esta historia le toca asumir un rol secundario mal que le pese.
Por fin llegamos a nuestra Ninette particular, la protagonista real de esta historia. Diligente como pocas, además de poseer un gran sentido del humor, ese día se mostraba especialmente inspirada en el fiel cumplimiento de su trabajo, exceso de celo que más tarde le jugaría una mala pasada. Esperad. Se abre paréntesis. Antes hay que señalar que una de las tareas de los asistentes es la explicación del funcionamiento de las audioguías a los profesores y alumnos. Nada difícil si lo haces en catalán o castellano, pero que se complica si lo tienes que comentar en francés o inglés. Cerramos paréntesis. Esa tarde no se oía otra cosa en el hall que el idioma francés (lo remarco así para evitar las tÍpicas bromitas). En un alarde de pronunciación, nuestra Ninette se fue creciendo a medida que iban sucediéndose los diferentes grupos. Es lo que hace repetir las mismas frases cientos de veces en el mismo idioma. Al final los profesores te preguntan si naciste en Francia. Y tú, humildemente, les dices que algo queda de tus viajes a Perpignan, y que no creías que fuese para tanto (mientras te crece la nariz de Pinocho).
Después de haber explicado, repetido, a cuatro, cinco ó seis grupos franceses el funcionamiento de los aparatos (aplicad aquí lo dicho antes con el francés), con un acento que ni la Bardot, llegó ese séptimo grupo al que explicar el mismo rollo (perdón, contenido) en francés. Es aquí cuando Ninette ya se dispuso a bordarlo. Nunca antes se había oído una explicación con un acento francés tan perfecto como la realizada en ese momento por nuestra compañera. Que si "brachez les écouteurs", que si "ne touchez pas ici" o "marchez tous ensemble", expresiones estas acompañadas por una exhibición gestual al más puro estilo azafata de Vueling. Aunque esta vez el auditorio no estaba formado por unos imberbes y barbilampiños estudiantes con hormonas alteradas, sino por unos de más edad y algo más bajitos y rellenitos; bueno, y más morenos; y vale, también más serios y formales. Igual eran de la zona norte de Francia, ya se sabe que por esas latitudes la gente es más educada, se decía ella algo extrañada. Cuando acabó con su magistral explicación, se hizo el silencio. No el típico de admiración, no, sino el de la calma que precede a la tormenta. Y es que entre los asombrados oyentes habían algunas caras de asombro. Igual se han quedado boquiabiertos con ese maravilloso acento que he desplegado, intentando animarse a sí misma, algo preocupada ya ante lo que intuía que podía pasar. Y es en esas, alguien decidió abrir la boca y soltar la bomba: "Ya, señorita (pausa dramática)... pero es que somos de Murcia". Era un grupo español, de Murcia para más señas, que había concertado visita para ese día. Ahora ya entendéis el guiño que se hace en el título a esa magnífica comedia escrita por Mihura. En cuestión de un segundo, Ninette se convirtió en una incandescente bombilla de color rojo que iluminó toda la entrada al Museu Maritim de Barcelona. No hace falta decir que la historia se acaba con Ninette explicando de nuevo el funcionamiento de las audioguías en la lengua de Cervantes, aunque eso sí con un maravilloso acento francés.