I LOVE MUSEUM
Estoy enamorado. Sí, es verdad, no son ni los efectos primaverales ni una adolescencia tardía. Los granos de la cara son el efecto de una desmesurada afición por el chocolate. Hoy quiero salir del armario y confesarlo. Mis huesos están locos por el Museu Marítim de Barcelona, para más señas. No se trata de un flechazo sino de una decisión meditada desde hace tiempo. Debo reconocer que en los últimos años había algo que me iba haciendo tilín pero no le daba mucha importancia. Lo atribuía a esos pajarillos que revoloteaban por los tejados del museo. Los que habéis estado alguna vez enamorados supongo que sabréis de lo que os estoy hablando.
Todo surgió hace unos cinco años. Llevaba pocos meses trabajando en el museo. Era todo un “pardillo”, en el estricto sentido del término. En aquellos momentos no daba un duro por permanecer más tiempo del estrictamente necesario. Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses y un año tras otro. Miraba a mis compañeros y no acertaba a comprender esa fidelidad casi enfermiza en algunos casos (bueno, la nómina tenía mucho que ver). Como todo enamoramiento clásico (la típica ñoñez de toda la vida), la catarsis fue lenta y casi sin darme cuenta. Ya noté algo raro cuando dejé de interesarme por mis compañeras (aquí el efecto des-erotizador de los uniformes tuvo mucho que ver). Y más aún cuando no prestaba atención a esos grupos de estudiantes nórdicas que, de tanto en tanto, visitaban nuestro museo. ¡Qué me estaba pasando! A cada examen que me presentaba notaba que mi corazón se aceleraba. Noté que tenía falta de apetito (la comida en el bar de Juanito tampoco ayudaba). Como diría Alaska: Mil campanas suenan en mi corazón...
Y la cosa a fue a peor. Cada vez que se convocaba una bolsa u oposición notaba que se me disparaba el corazón. Llegué incluso a la paranoia más absoluta. Intentaba suspender cada convocatoria para seguir disfrutando de cada pregunta, de cada respuesta. Tenía adicción por los exámenes del museo. Era todo un círculo vicioso. Me enganché a todo tipo de encuesta telefónica o del Círculo de Lectores. Pero sólo me servían como metadona para paliar en parte mi dependencia a esa droga que me daban en el museo. Me puse en manos profesionales. Planteé mi problema a la doctora que me visitaba en cada revisión médica. La única solución que me daba era inviable para mí: Aprobar de una puñetera vez.
Pensé en cambiar de trabajo pero me dijeron que los exámenes eran muy lógicos, carentes de toda emoción y muy vulgares. No había nada comparable a poder responder algunas perlas tan maravillosas, y que ya forman parte de la cultura popular, como tener que recordar una y otra vez, por ejemplo, el nombre del Sebastià Gumà o saber qué es la “Malacología”. El temario del museo era lo de menos, porque al final sabías que todo pasaba por conocer esas preguntas que se repetían año tras año. Pero lo que de verdad me tenía enganchado era la prueba de cultura general. Y caí rendido a sus encantos. Supe en esos momentos que nunca podría serle infiel a estas paredes que me rodeaban y atrapaban por igual. No tengo solución, ni corazón, me repetía una y otra vez. No era para menos. Era empezar a leer la primera pregunta y notar un temblor por todo mi cuerpo. Una sensación de vértigo producida por un exceso de adrenalina. Me ponía el vello de punta pensar que mi puesto de trabajo dependía de conocer el lugar de nacimiento de Charlie Rivel; o la actriz que se casó con el Príncipe Rainiero; o si recordaba qué actriz había protagonizado Pretty Woman y en qué película aparecía Gene Kelly; o si tenía conocimientos musicales y sabía el nombre del cantante de los Rolling Stones; o si conocía de qué deporte procedían algunos términos tan “populares” como melée o penalty corner. Por no hablar de aquella vez que pensé que me iba a explotar el corazón cuando en un examen me preguntaron: Si en una caja grande hay tres cajas más pequeñas y dentro de cada una de ellas caben tres más pequeñitas. ¿Cuántas hay en total? Por último, aún recuerdo aquella vez que nos preguntaron por un especialista médico, el Tocólogo (no confundir con el vulgar pulpo-discoteca). Y ningún chico fue capaz de acertar con la respuesta. Sin comentarios.
¿Qué alguien me diga si existe algún trabajo donde poder disfrutar tanto? Porque yo no lo conozco. Pasado un tiempo, las cosas parecieron tranquilizarse y creía tenerlo todo olvidado, incluso parecía interesarme de nuevo por esas estudiantes nórdicas antes ignoradas. Y en esas estaba cuando hoy volví a notar ese mismo cosquilleo. Por lo visto, alguna mente iluminada había decidido innovar en la segunda prueba realizada esta mañana para dilucidar el ganador de la plaza fija de asistente de sala. Se había decidido dar carpetazo a las preguntas tipo test, con varias respuestas a escoger (explicación para todos aquellos enchufados que no pasan exámenes). En este examen sólo había una única pregunta a desarrollar: Dado que han aumentado el número de grupos y de escuelas que visitan el museo, con los consiguientes problemas que eso acarrea, explica cuáles son esos problemas y aporta posibles soluciones. Es lo más original que he oído nunca. Alguno habrá suspendido pero aportando, eso sí, su grano de arena para la mejora del museo. El padre de la idea ya tiene en mí todo un admirador. Propongo que para cerrar el círculo, en una próxima convocatoria se hagan los tan temidos exámenes orales (no seáis mal pensados). Y si es posible los graben en vídeo, al menos en Youtube sacaríamos unas perras (expresión empleada por nuestras abuelas para referirse al dinero). A ver si otros departamentos toman ejemplo y en las próximas convocatorias se plantean, por ejemplo, preguntas similares del tipo: Dado el exilio voluntario (o disidencia) de varias de las componentes del Departamento de Comunicación, señala posibles problemas y da soluciones para su mejor funcionamiento.
¿Es o no para enamorarse de este museo? Hubiese pagado por ver la cara de los atónitos compañeros. Esa capacidad para la improvisación y la sorpresa es la que me tiene ganado. En otro lugar pagarán más, pero es imposible que me divierta más que aquí. A veces el dinero no lo es todo. Yo lo llamo enamoramiento; otros, masoquismo. El caso es que os quería hablar del amor y de mis ganas por salir del armario. Claro que, ahora que la puerta está abierta, me gustaría tener más compañía...