UN DIA DE LLUVIA EN EL MUSEO
Durante años había un gremio especialmente sensibilizado por la climatología. Los agricultores, por motivos obvios, se preocupaban por saber el tiempo que haría porque de ese conocimiento dependía su economía. Con el paso de los años, la información meteorológica ha ido ganando importancia en los medios de comunicación, adquiriendo gran notoriedad en los informativos televisivos.
Ahora también el sector turístico vive pendiente de las predicciones del tiempo. Por norma general, como país dependiente del turismo de playa, se desea la presencia del sol. Pero el MMB es la excepción que cumple la regla. Aquí se aplica otra máxima: Cuanto más llueve, más visitantes tenemos. Por lo que ya tenemos otro gremio interesado en escuchar al "hombre (o mujer) del tiempo": los asistentes de sala. Saben que en cuanto caigan cuatro gotas, las primeras hordas de visitantes aparecerán por el museo aunque sólo sea para resguardarse durante dos horas del agua. Y lo que parecía que iba a ser una tranquila tarde, meláncolica si se quiere, por la presencia de la llluvia, deriva en una gran actividad por parte de todos los asistentes.
Los asistentes de sala saben que en los días de tormenta se aplica una especie de protocolo no escrito para estas situaciones. Se habilitan cubos para los paraguas o se hace salir al visitante por donde han entrado, para evitar tener que mojarse al ir a recoger sus pertenencias (¡Qué buenos somos!). Pero sobretodo se activa el "manual" antigoteras. O sea (que pijo suena), asistentes de sala a la carrera en busca de cubos, plásticos o cualquier cosa que sirva para cubrir piezas afectadas por grandes goteras.
Antes sí eran buenos tiempos, llenos de emoción y deporte. Ahora, con los arreglos del tejado, la dirección nos ha privado de una buena dosis de emoción y aventura. Incluso alguno ha notado que ha perdido la forma física y empieza a tener algo más de barriguilla (bueno, la cerveza fuera de horas también ayuda). De tanto en tanto, la presencia de alguna pequeña gotera ejerce de metadona para paliar ese "mono" de actividad frenética.
No todo son momentos de tensión en días de tormenta. La lluvia también ha dejado algunas anécdotas inolvidables. Nos remontaremos a tres ó cuatro años atrás. Cinco de la tarde. Una tormenta descarga sobre Barcelona. Un grupo de estudiantes franceses se ven sorprendidos por la incesante lluvia y deciden resguardarse en el interior del bar del museo (eso sí, después de haber arrasado en la tienda con las "Guardiola ànec"). La profesora pregunta al personal de la tienda por la puerta de salida al jardín. Acto seguido esta pequeña Napoleón reúne a sus jóvenes huestes. Les grita que salgan a la carrera y así se mojen lo menos posible. Pero la pequeña Bonaparte les guía en dirección contraria a la entrada del museo, se encuentran frente a una pared, mirándose los unos a los otros, y tienen que volver a entrar por la puerta de detrás de la tienda. Eso sí, ahora ya estaban totalmente mojados y con el enfado monumental de los empapados alumnos. A la segunda ya acertaron con la dirección correcta. Os aseguramos que en aquel momento tenía mucha gracia.
No queremos despedirnos sin antes dedicar toda esta parrafada a esos sufridos asistentes de sala que han trabajado a destajo en Semana Santa, con gran intensidad en los días que hubo de lluvia. También un recuerdo "cariñoso" para todos aquellos que se fueron de vacaciones en esas fechas. Tampoco nos olvidamos de los que disfrutan viendo a la gente mojarse a través del cristal. Desde la zona del Audiovisual y de la Nau Victoria (Vídeo y Vicky para los más castizos del lugar) se tiene una gran perspectiva. Miente el que diga que nunca lo ha hecho...