LA PASIÓN
Dicen que la Semana Santa es tiempo de sacrificio, de sufrimiento, de recogimiento, de ayuno cárnico, de contricción y de ejercicios espirituales. En resumen, una época para pasarlas canutas. Los hay que se encasquetan un capirote purpúreo en la cabeza y desfilan en silencio durante horas tras un Cristo barroco de rostro desencajado, corona espinada y taparrabos cuasi impúdico, ejercicio tras el cual llegan a casa derrengados; otros prefieren ocultar su rostro de otra manera, y se meten debajo del "paso", cargando sobre sus hombros al susodicho Cristo, y asomando únicamente las J'Hayber por debajo de los faldones del tambaleante mamotreto sobre el cual va erigido el agonizante hijo de Dios.
También los hay que, en el colmo del masoquismo, preceden a la cerúlea y sagrada figura exhibiendo su rostro a los miles de voyeurs que se concentran en las calles de toda la piel de toro; estos interfectos, para eximir los pecados del año, se castigan de una forma realmente desagradable: unos caminan con los pies encadenados y descalzos, otros de rodillas, algunos se fustigan con látigos de siete colas... En algunos casos extremos, hay quienes deciden sustituir al Cristo de madera o cera por su propia persona, y penden sobre el paso clavados a una cruz, con las palmas de las manos y los empeines de los pies atravesados por oxidados pernos del quince, los cuales provocan gran profusión de sangre y dejan los faldones del paso echos un asco de cuajarones de plasma.
Luego están las plañideras, mujeres normalmente de avanzada edad que van rezando interminables letanías durante las siete u ocho horas que dura la procesión.
A todos ellos les recomendaría que, por un año, avanzaran su suplicio unas semanitas, y acudieran a purgar sus culpas al Museo Marítimo, en plena avalancha grupera. ¿Acaso hay peor sacrificio que la atención a una media de mil estudiantes por día en un mostrador pensado para satisfacer, como mucho, los anhelos culturizantes de 50 0 60 jovenzuelos a la hora? ¿Se os ocurre mejor castigo que la sensación de impotencia que uno siente al verse rodeado por una horda compuesta por; varias secciones de púberes franceses tocados con infames capuchones de bufón con la bandera blaugrana y cascabelitos colgando; tres o cuatro batallones de adolescentes belgas ocupando seis veces su diámetro natural por culpa de los malditos sombreros mexicanos que venden en los kioskos de la Rambla; un par de pelotones de bachilleres italianos, todos ellos armados con sus temibles Ray-ban sobredimensionadas y con la mitad de la producción anual de gomina de todo el mundo empastifada en sus negras caballeras, invadiendo tres cuartas partes del vestíbulo mientras recolectan, céntimo a céntimo, todas las monedas necesarias para pagar la entrada; seis batallones de P-3, P-4 y P-5 de una escuela rural leridana (els Cargols, les Tortugues, els Conillets y els Fills de Satán), con esas ínfimas mochilitas que emulan todo el animalario imaginable fabricado con peluche y cremalleras y que parecen llevar adosadas con Loctite a las espaldas, pues no hay manera de arrancárselas sin descuajeringarles las extremidades superiores para que las dejen en las taquillas, las narices infestadas de costras mocosas en todos los tonos de verde que imaginarse puedan, y unas señoritas al borde del ataque de nervios intentando que la criaturillas no mueran aplastados bajo las suelas de las Superga, las Lotto y los Sebago de los pelotones itálicos; y, por último, cuatro o cinco facciones de guerrilleros de la ESO procedentes de reductos y cárteles tan peligrosos como los de Cornellà, Hospitalet y Badalona, con vaqueros de pernera corta, calcetines blancos y bambas policromadas ellos, y camisetas de El Niño, pantalones de cintura baja y tobillera ajustada y manoletinas con medias-calcetín de rejilla ellas, balbuciendo extrañas jergas tipo Neng, ininteligibles para el oído educado en los tiempos del BUP y el COU?
¿Alguien puede imaginar mayor penitencia que la estampa recién descrita, aderezada con el griterío que profiere semejante avalancha en mil idiomas diferentes, al tiempo que, con paso quedo y pose intrasigente, la tríada de capitostes que gestiona el Museo se pasea por el atestado vestíbulo, repartiendo miradas reprobadoras y martirizantes entre los empleados que, sudorosos y tensos como el pellejo nucal de la Obregón, se dejan la vida intentando imponer orden en semejante Torre de Babel?
A todos ellos, repito, los conmino a emular el martirio cristiano en nuestras dependencias; nunca más la Semana Santa volverá a ser la misma para ellos.